«Y, a veces, hablamos de cáncer»

«Y, a veces, hablamos de cáncer»
Chabela Peón, Guadalupe Vega, Carmen de Gaínza, Paula Yuste, Covi Magarzo, Maribel López, Asun González, Mati Prado, Chelo Ibáñez, Ana Peribáñez, Áurea Fernández, Belén García y Mila González. Sentadas, Silvia Fernández, María Terán, Yolanda Norniella, Marián Alonso y Carmina García, «jovencita de 92 años». / PALOMA UCHA

La Casa de la Vida celebra una década de terapia colectiva contra la enfermedad| Llevan meses ensayando para el desfile que se celebrará este jueves, en la sala Albéniz

EUGENIA GARCÍA GIJÓN.

Si las ventanas están abiertas, al subir hacia Begoña por la calle Covadonga ya se oye el alboroto. Desde el salón del primer piso se transportan los ecos de decenas de voces femeninas que disertan sobre lo divino, lo humano, la política, los hijos, los maridos. El sexo. «Y, a veces, incluso, hablamos de cáncer». Es la Casa de la Vida, un hogar con muchos miembros que ya tiene diez años y cuyas paredes han escuchado lo indecible. Aquello que parece demasiado banal para una consulta de un médico y también lo que no se dice en casa para no preocupar, pero que se enquista si no se suelta.

Al traspasar el umbral se hace aún más audible el clamor. Las 'chicas' son guerreras. Unidas en batallón contra un enemigo común que combaten con cafés, buenas meriendas, mejor conversación «y algún vinín, no te creas». La cosa es soltar la lengua poco a poco, sin prisa, al ritmo que haga falta. Al fin y al cabo, «cada una vive su cáncer como quiere, para eso es suyo». La lógica aplastante es de Carmen de Gaínza, al frente de este grupo de amazonas que llegan al piso con el diagnóstico debajo del brazo, luchando por expulsar de la cabeza esa oscura palabra de seis letras y buscando apoyo o dónde comprar una peluca o adquirir un sujetador que no parezca «de esos deportivos».

«A partir de oír la palabra cáncer la paciente deja de escuchar lo demás. Pasa a preocuparse por cuánta comida tiene que dejar en el congelador el día que se vaya a operar, dónde puede colocar a los niños, cómo le dice a sus padres lo que tiene. Menos en ella, piensa en todo lo demás». De Gaínza recuerda a la perfección la reflexión que el cirujano Javier Pelletán trasladó al Lions Club Gijón hace una década. También su encargo: «Necesito que exista un sitio fuera del hospital donde puedan hablar de lo que les preocupe». Se pusieron manos a la obra y crearon la Bruno Salvadori Lions Fundación. «Ese piso ye pa mi», se dijo De Gaínza al ver el cartel en la esquina con Begoña, y al día siguiente la sede física de la Casa de la Vida ya estaba apalabrada. «Al principio casi tuvimos que entrar con excavadora». Tocó ir a tiendas de bricolaje, pintar, conseguir muebles. Y como un hogar lo hacen sus miembros, la directora decidió que nadie mejor que quien había pasado por lo mismo podía aconsejar a las recién diagnosticadas.

Comenzaron unas seis, entre ellas, Guadalupe Vega. En 2004 le vaciaron las dos axilas. Asegura que el cáncer «es una enfermedad crónica». Nunca dirá «estoy curada», pero sí que salió adelante. «No tuve la ayuda de la Casa y fue un camino muy duro. Lo pasé fatal, pero a base de mucho sacrificio, fuerza de voluntad, amigos y familia lo conseguí». Desde entonces pone todo su empeño en ayudar a las demás ofreciéndoles el apoyo que a ella le hubiese gustado tener. En la Casa de la Vida, dice, «estamos abiertas a todas, como si vienen un día y no quieren volver jamás. Los tiempos de cada una son propios».

«Me abrí por completo»

Para Belén García llegó hace cuatro años. En una revisión en Cabueñes le detectaron un tumor en el pecho izquierdo. Pasó por pruebas, biopsias, operación, «todo ese periodo desagradable». Y antes de darse la radio decidió comprobar por sí misma qué era aquel piso del que le habían hablado. «Aquí me abrí por completo», asegura. A ella, que siempre había sido presumida, le traumatizó perder parte de un pecho, que «no quería enseñar ni loca». Acabó por rechazarse por completo. En el piso encontró una psicóloga que la reconcilió consigo misma. «Me dijo que tenía que acostumbrarme a mirarme en el espejo y a quererme, con mis cicatrices». Este verano, desvela orgullosa, logró un avance muy importante: «¡Me cambiaba de bañador en la playa!». Belén tiene claro que «lo que no tienes que hacer es quedarte en el sofá». Mejor es atravesar el umbral del número 32 de la calle Covadonga y dejar en la puerta los preocupaciones.

Con esa idea subió al primero Chelo Ibáñez. La enfermedad le quitó los ganglios y su trabajo ideal como enfermera pediátrica. «Te cambia tu cuerpo, te cambia tu mente y hasta tu puesto de trabajo», lamenta. El miedo, sobre todo al principio, atenaza. «Razonándolo parece una tontería: te quitan el tumor y se acabó. Pero el mismo día que me noté el bulto hice mi testamento». En sus compañeras encontró «un apoyo indispensable». Juntas desfilarán en apenas dos días. Ni altas, ni bajas, ni guapas, ni feas; con un pecho, con dos o ninguno: son las valientes de la Casa de la Vida y este jueves, a las 20 horas, en el Albéniz volverán a demostrarlo. ¿Y los próximos diez años? «Esperamos ayudar a mucha más gente».