Una fiesta «mejor incluso que San Juan» llena los bares desde Cimavilla a Fomento

Ambiente, de madrugada, en la plaza del Marqués. A la izquierda, basura en la playa de Poniente tras los fuegos. /  CAROLINA SANTOS
Ambiente, de madrugada, en la plaza del Marqués. A la izquierda, basura en la playa de Poniente tras los fuegos. / CAROLINA SANTOS

«En Fuegos hay que salir, es casi obligatorio», aseguran los más jóvenes. La verbena dejó ocho toneladas de basura

E. GARCÍA GIJÓN.

En la noche de los Fuegos, la ciudad sabe a fiesta y quedarse en casa no es una opción. Salir «es casi obligatorio», apuntaba Beatriz Martínez camino de Fomento, dispuesta a resistir «hasta que el cuerpo aguante». Desde Poniente -donde tras la exhibición pirotécnica de medianoche la orquesta Assia retomó el espectáculo interrumpido una hora antes y Julia Pérez, de 18 años, se estrenaba en «una noche que no tiene comparación ni siquiera con San Juan»-, hasta el paseo de Begoña o el barrio de El Llano, que contaban con sendas orquestas, riadas de personas invadían las calles con sus ganas de pasarlo bien celebrando el día principal de la Semana Grande. En las conversaciones, los fuegos de otros agostos, los de este -«hacía años que no veíamos algo así, con un final apoteósico en el que parecía que caía purpurina del cielo», comentaba Laura Piñera- y otros asuntos.

Al terminar los conciertos, a un forastero le hubiese bastado con seguir el reguero de personas para llegar al centro neurálgico de la noche, la plaza del Marqués, en la que confluían los que salían de cenar, los que llegaban para salir, los que subían a Cimavilla y los que se retiraban pronto, si las tres de la mañana puede considerarse tal. «Es un ritual, una noche especial», justificaba Patricia Morís. La mayoría destacaban el «buen ambiente», aunque algunos hosteleros, que desde la barra del bar ven mejor que nadie, aseguraban que había «menos gente que otros años». No obstante, añadía Carmelo Luna, propietario del bar Soho, «hoy no hay horario. No cerraremos hasta que se marche el último».

Lo hicieron todos, algunos antes y otros después, pero dejando tras de sí un triste recuerdo: ocho toneladas de basura que desde las once de la noche hasta las ocho de la mañana recogieron un total de 59 operarios de limpieza de Emulsa.

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