Los Fuegos pelean contra las nubes

Los motivos pirotécnicos iluminan la estatua de Pelayo. :: Jorge peteiro

La traca final y las medusas de fuego fueron lo más aplaudido durante un despliegue que se prolongó 25 minutos y medio

Iván Villar
IVÁN VILLARGijón

Los peores augurios remitían a 2016, el último año en el que las nubes se impusieron a los fuegos. Porque a medida que caía la noche, el cielo, más color ceniza que plomo, ni abría ni mostraba intención de hacerlo. Eran ya las diez y orbayaba, refrescando en parte un final de jornada bochornoso, con 21 grados y una humedad próxima al 90%. Los parkings empezaban a colgar el cartel de completo y sidrerías y restaurantes rebosaban. También en los pantalanes del Muelle comenzaba el ajetreo de quienes eligieron hacer su fiesta en alta mar. Como los de tierra firme, con un ojo puesto en el cielo.

El chispeo seguía a las once, la hora marcada para cerrar al tráfico el Muro, con el público más madrugador acotando ya su espacio en el murete y los bancos del paseo, en las gradas de los Jardines del Náutico y en primera línea de la barandilla. Los menos, con su toalla tendida en la arena de San Lorenzo, amplia por la bajamar. Aunque tampoco este espacio tardaría en empezar a poblarse, al tiempo que arriba lo hacía incluso una mediana de la calzada que decenas de personas convirtieron en un improvisado banco corrido. No faltaba, arriba, algún turista despistado. «Los fuegos estos, ¿desde dónde los tiran?», preguntaba a una heladera. «Desde aquella montaña de allí», respondía ella para no complicarse con las explicaciones. A medida que pasaban los minutos, las riadas de gente que bajaban por todas las calles que desembocan en la bahía iban ganando caudal. Y el gesto, casi automático, de muchos al llegar al paseo era buscar la chaqueta, pues la brisa que soplaba fresca desde el mar invitaba a seguir el espectáculo en manga larga. El agua seguía cayendo tímida cuando, cinco minutos antes de la medianoche, se escuchó el primer disparo de aviso -desde minutos antes también sonaron, y se vieron, dos pequeña ráfagas de fuegos, ajenos a la celebración oficial, lanzados desde Somió-.

Por segundo año consecutivo, el Ayuntamiento eligió para iluminar la noche más esperada de la Semana Grande a la empresa valenciana Ricasa (Ricardo Caballer Sociedad Anónima), cuyo debut en 2018 fue recibido con muy buenas críticas por parte del público. Experiencia no le falta, pues a una trayectoria que se encamina ya hacia el siglo y medio (138 años) se suman constantes galardones nacionales e internacionales que hacen que su teléfono no deje de sonar para acudir no solo a todo tipo de festivales –pasado mañana se ocuparán de la clausura del Concurso Internacional de Fuegos Artificiales de San Sebastián con un espectáculo piromusical– sino también a destacadas citas deportivas –sus fuegos pusieron luz y sonido a la final del Mundial de Sudáfrica que ganó la selección española–. Para Gijón apostaron por un espectáculo «potente y exclusivo» en el que se quemaron 1.600 kilos de pólvora. Enormes flores verdes, rojas y azules abrieron los lanzamientos y ya pusieron al público sobre aviso de lo que estaba por venir: una sesión de baja visibilidad, con la bruma y el humo tapando gran parte de las figuras, especialmente las más altas. «Qué mal se ven», no tardaba en lamentar la gente. Y es que buena parte de las formas prometidas se veían a la mitad, cuando no se quedaban en destellos de colores perdidos entre el humo. Algunas de las palmeras más altas solo mostraban su tronco. No todas las partes del espectáculo se vieron afectadas por igual. Pudieron verse en todo su esplendor las veloces espirales que subían hasta media altura, frente a las que se recortaba la silueta de San Pedro. También dos potentes volcanes que escupían fuego rojo y blanco. Y el humo tampoco acalló el silbido de los silbatos que estuvieron saliendo desde el cerro durante casi un minuto.

Más Fuegos

Cuando el espectáculo iba ya por la mitad, el problema de la visibilidad mejoró en parte y pudieron apreciarse sin problema corazones y caras sonrientes que se expandían por el cielo. También las medusas, pequeñas bolas de fuego con tentáculos que subían y bajaban como si estuvieran flotando en el agua, sorprendiendo al público y convirtiéndose en uno de los momentos más aplaudidos.

Casi en el tramo final llegaron los sauces, que encadenados, como si treparan unos por otros, pintaron el cielo de dorado antes de dar paso a una sucesión de peonias de todos los colores, acompañadas del ruido de zumbadoras. Algunos artificios alcanzaron los 192 metros de alturas. Cuando el espectáculo se encaminaba ya hacia su final, casi un tercio del material pirotécnico aún aguardaba su turno en las carcasas dispuestas en los alrededores de 'El Elogio del Horizonte'. Correspondía a 1.500 fuegos que escalaron hacia el cielo gijonés casi al unísono, pues desde la primera orden de disparo de esta serie hasta la última únicamente transcurrieron once segundos. El mismo tiempo que duró una estruendosa sucesión de flashes que enalteció al público que rompió en aplausos. 25 minutos y medio después del primer disparo, terminaban los fuegos y empezaba la noche.

Artefacto desviado

Un artefacto desviado, no obstante, impactó contra una vivienda en Cimavilla, sin provocar daños personales. Sí afectó a una de las antenas del inmueble. Personal de Protección Civil se desplazó a la zona.