El pequeño Thiago, una lección de vida con solo tres años

Viviana Bustos y su hijo, Kevin Alexis, a la puerta de su casa en El Natahoyo. / JOAQUÍN PAÑEDA
Viviana Bustos y su hijo, Kevin Alexis, a la puerta de su casa en El Natahoyo. / JOAQUÍN PAÑEDA

«No puedo llorar, él era alegre y se lo debo», dice su madre Viviana Bustos, una luchadora que dejó Ecuador en busca de un futuro mejor

OLAYA SUÁREZ GIJÓN.

«Es una luchadora, una mujer trabajadora que siempre ha tirado para adelante con una sonrisa en la cara, aunque su vida no ha sido fácil...». Viviana Bustos sabe lo que es capear temporales, sortear las curvas del destino y tratar de enderezar la trayectoria. Aunque esta vez, el quiebro ha sido descomunal.

Ecuatoriana de 39 años dejó su Quito natal hace casi dos décadas para labrarse un futuro en España. Como muchos de sus compatriotas, al cumplir la mayoría de edad se vio obligada al exilio durante la crisis que sumió al país latinoamericano en un continuo éxodo. Tanto, que en el aeropuerto Mariscal Sucre la valla que separaba la pista de despegue de la vereda donde los familiares agitaban las manos de despedida se leían los versos de una canción de Julio Jaramillo: 'Lejos de ti parece que le falta luz a mis ojos y a mi cuerpo, vida'.

Paradojas del destino, palabras muy parecidas pronunciaba de forma entrecortada la propia Viviana el martes, recién estrenado el año, cuando en la puerta de su casa de alquiler la calle Independencia, en El Natahoyo, explicaba cómo se sentía al acabar de perder a su hijo de tres años, atragantado con una uva durante las campanadas. «Se ha ido la mitad de mi vida», acertaba a decir. Hacía poco más de trece horas que la tragedia se había cebado con la familia durante la celebración de la Nochevieja. Viviana acompañada de su otro hijo, de 15 años, su madre, su hermano y otros familiares, hacía una declaración de intenciones: «Tengo que ser fuerte y no flaquear. No puedo llorar, él era alegre y se lo debo; ahora un ángel mira por mí y por mi familia».

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Pero quién conocía a Thiago y conoce a su madre asegura que el niño era el vivo reflejo de su progenitora. Había heredado su júbilo, su alegría y la forma de afrontar su existencia: con una sonrisa permanente en la cara. Cuentan sus profesores del colegio público Atalía donde cursaba primero de Infantil que el pequeño siempre tenía un gracias y un por favor en la boca. Y precisamente ha sido la palabra gracias la que más ha pronunciado su madre durante estos días tan complicados.

Muestras de gratitud

Pese al drama que le ha tocado vivir ha aprovechado cada oportunidad para mostrar su profunda gratitud a todos aquellos que intentaron a la desesperada salvar la vida del niño: a la vecina que escuchó los gritos de socorro desde su ventana y bajó rápidamente para practicarle los primeros auxilios, a los policías locales que le efectuaron las labores de reanimación, a los sanitarios del Hospital de Jove que durante una hora trataron de sacarlo de adelante y a todos los que, de una forma u otra le han tendido una mano. Como a la asociación de ecuatorianos de Gijón, que mostró su intención de hacer una colecta para ayudar a la familia. Viviana no quiso dinero. Únicamente aceptó la ayuda de emergencia municipal para sufragar los gastos del tanatorio y la incineración, pero no quiso ni un euro en efectivo. Sabe lo que es vivir con lo justo a fuerza de echar horas y horas de trabajo como empleada del hogar, pero ha evitado por todos los medios sacar el más mínimo rédito de su infortunio.

Hace apenas dos semanas fue sometida a una delicada operación quirúrgica para extirparle el útero. Ese problema parece ahora menor. «Eso ya no me duele, me duele el pecho por la pérdida de mi niño...», explicaba ella misma. Era ahora, después de años de lucha y esfuerzo, cuando más feliz estaba. Dio a luz a Thiago en Ecuador y sufrió el desarraigo en sus propias carnes cuando tuvo que dejar al bebé allí al cuidado de sus familiares y regresar a Gijón para incorporarse a su trabajo. Después de un año ahorrando, por fin pudo traérselo con ella. Disfrutaba con sus dos hijos, con Kevin Alexis, un adolescente de 15 años que se ha convertido en su principal pilar, y con Thiago, «la alegría de la casa, un terremoto que llenaba todo de felicidad». El padre del niño reside fuera de España y no pudo llegar a la despedida. Sí lo hizo parte de la familia paterna, afincada en Madrid, que se desplazó a Asturias nada más conocer la fatalidad.

A Thiago le recordarán siempre como en su última noche, feliz, disfrutando de un asado en el patio trasero de la casa, bailando y cantando. Un niño agradecido y espabilado que pese a su corta edad le ha dado una lección a todos: disfrutar y exprimir la vida al máximo. Y que sea lo que sea, lo bueno o lo malo, te pille bailando.