«El Sanatorio Marítimo es un buen ejemplo de lo que somos»

Etayo y Ahodegnon, durante la entrevista. /
Etayo y Ahodegnon, durante la entrevista.

El superior de la Orden de San Juan de Dios y el consejero de la misma en la Curia de Roma apelan «a la esperanza, no al fatalismo»

ALBERTO PIQUERO OVIEDO.

Nacida en 1572, en Granada, la Orden Hospitalaria San Juan de Dios, Premio Princesa de Asturias de la Concordia, lleva en consecuencia casi medio milenio asistiendo a los desheredados del mundo. Ayer explicaron a EL COMERCIO sus dos máximos representantes, Jesús Etayo Arrondo, superior general de la Orden, y Pascal Ahodegnon, consejero de la misma en la Curia de Roma, algunas de sus vicisitudes y esperanzas. Jesús Etayo también incluyó entre sus agradecimientos y reconocimientos la labor del Sanatorio Marítimo de Gijón, que, con setenta años de existencia, es «un buen ejemplo representativo de la Orden».

Medio milenio de solidaridad cristiana y humana es también la evidencia de un tiempo equivalente ante la presencia del dolor. ¿El mal no dejará nunca de existir?

Jesús Etayo: Por supuesto, el sufrimiento es un hecho real. Pero creemos que tiene límites y que podemos vencerlo. Para eso luchamos. Nuestros valores apelan a la esperanza y no al fatalismo.

Sus principios se sostienen sobre la atención a los enfermos y a las personas que sufren, comunicándoles el amor de Dios. ¿Cómo se transmite el amor de Dios a quien padece en términos extremos?

Jesús Etayo: Estando junto a él. Y haciendo todo lo posible por aliviarle y curarle, si es posible. Siempre, acompañándole. Ese es el modo de transmitir el amor de Dios.

Pascal Ahodegnon: Lo más importante es estar presente, sin palabrerías. Eso es lo que hacen los hermanos de la Orden y los colaboradores.

¿Un ejemplo serían los hermanos Miguel Pajares y Manuel García Viejo, fallecidos a causa del ébola por su asistencia a los enfermos?

J.E.: Sin duda, pero no son los únicos. Han fallecido dieciocho personas de la familia de la Orden, entre ellos once colaboradores. Nuestro cuarto voto religioso es el de la hospitalidad, que en estos casos se cumplió hasta dar la vida.

¿Que el ébola haya llegado a países del mundo desarrollado significó una mayor atención a lo que estaba sucediendo en África?

P.A.: Que la epidemia llegara a las puertas de Europa despertó una mayor solidaridad internacional. Y acaso también fuera una enseñanza para comprender que no se ha de esperar a situaciones de urgencia. En ese sentido, quiero agradecer al pueblo español su enorme solidaridad. Gracias a todo ello, la epidemia se ha erradicado de los tres países en los que se originó: Liberia, Sierra leona y Guinea Conakry. Pero puede quedar algún foco y un solo brote basta para desencadenar de nuevo el contagio. De modo que podemos tranquilizar a la población: estamos en un momento menos dramático, sin dejar de mantener la alerta.

J.E.: Que llegara el ébola al mundo occidental sirvió para darse cuenta de que, si no somos solidarios, la repercusión nos abarca a todos. Se creó una mayor sensibilidad e incluso la Organización Mundial de la Salud se movilizó de manera más clara.

Usted, señor Ahodegnon, es consejero de la Orden en la Curia de Roma. ¿Qué ha supuesto la figura del Papa Francisco desde su presencia en el Vaticano?

P.A.: Ha llegado en un momento en el que el mundo iba en dirección contraria a la que ha propuesto, la cual consiste en prestar atención a la globalización de la solidaridad, a las circunstancias que se producen en las periferias -no sólo las del mundo subdesarrollado, sino las que se viven en las grandes ciudades de los países desarrollados-, un respaldo a los marginados y a la nueva pobreza creciente. En la Orden somos muy conscientes de cuánta es la marginación y el abandono. El Papa Francisco es un fermento contra ese estado de cosas.

J.E.: El Papa Francisco nos invita a «cuidar de la fragilidad del mundo». Ha traído un aire fresco a la Iglesia. Y ha logrado conectar especialmente con grupos que se habían separado un poquito o que caminaban por senderos paralelos.

Usted, señor Etayo, está vinculado a las cuestiones de la Bioética. ¿Es posible establecer puntos de vista comunes al respecto desde posiciones ideológicas diferentes?

J.E.: No es fácil. Máxime, en este tiempo en el que predomina el relativismo y cada cual defiende sus posiciones particulares. Pero creo que se pueden buscar espacios comunes, de mínimos, en los que caben las coincidencias. Si los distintos grupos y filosofías quieren prevalecer sobre los demás, será más difícil. Un espacio común es la hospitalidad misma, que, aunque tiene una fonética parecida, es justo lo contrario de la hostilidad. No importa si los motivos que nos mueven son religiosos o humanitarios, en esa categoría ética podemos encontrarnos todos, en ayudarnos y acoger a los demás.

Cáritas acaba de hacer un juicio crítico, precisamente, al escaso acogimiento europeo a los refugiados. ¿Cuál es su opinión?

J.E.: Vuelvo a la recomendación del Papa Francisco de cuidar la fragilidad del mundo. Los refugiados son los más frágiles y hemos de hacer lo posible por atenderles y proporcionarles una vida digna, más allá de las problemáticas políticas que se suscitarán.

 

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