El asturiano que participó en una revolución más dura que mayo del 68

El asturiano que participó en una revolución más dura que mayo del 68
Ilustración: DANIEL CASTAÑO.

Pedro Carcedo participó de una rebeldía mucho más dura, más real y anterior a aquel mayo francés

ALEJANDRO FERNÁNDEZ

Han pasado cincuenta años desde que miles de jóvenes parisinos buscaran la playa escondida bajo los adoquines. Aquella «revolución divertida» quedó en el imaginario de todos, provocó literatura, idealismo, interpretaciones y mucho romanticismo revolucionario. Sin embargo, en aquellos años, la rebeldía no habitaba solo en el corazón de los estudiantes y los obreros parisinos: el Partido Comunista de España crecía, se multiplicaba, tejía sus redes y llevaba cabo a acciones contra Franco en aquel París de vino y rosas. La historia que sigue es la de un asturiano que participó de una rebeldía mucho más dura, más real y anterior a aquel mayo francés.

De Sobrescobio a Suiza

Pedro Carcedo (Sotu d'Agues, Sobrescobio. 1945) tuvo, desde la infancia, las cosas claras: no quería quedarse cuidando el ganado en aquellos montes asturianos. Poco tenían estos que ofrecerle. Así se lo hizo saber a su padre que, cabreo de por medio, tuvo que ceder ante aquel «guaje» tan decidido. Maleta hecha y, poco después, el mundo – y la incertidumbre de los horizontes indefinidos-, se abrió ante Pedro y sus dieciséis años. Casi sin darse cuenta se vio trabajando en una fábrica de esferas de relojes, en Suiza. Allí tomó su primer contacto con la reivindicación: la empresa no cumplía ni con las horas, ni con los contratos de los españoles, y aquel chaval anima a todos sus compañeros a sindicarse, como ya había hecho él.

Pedro Carcedo y Jaques.
Pedro Carcedo y Jaques.

La actividad sindical de Pedro no sentó bien a la dirección de la fábrica que, tras varias llamadas de atención, decide enviarle una carta con dos exigencias: cese inmediato de su actividad sindical y una disculpa. La respuesta se la pueden imaginar. Ni lo uno, ni lo otro. Tras esta doble negativa, quince días a la calle. Pedro termina dejando el trabajo y buscando otros, sin ningún éxito debido a su reputación y los informes desfavorables de la anterior empresa. Pagó esta actitud teniendo que marchar a París a buscar, de nuevo, trabajo.

París, 1966

La crudeza de la experiencia suiza y una tradición familiar de luchas obreras -su padre había participado en la «Güelgona del 62»- van cincelando, poco a poco, la conciencia y el compromiso político del emigrante. Será en París donde empiece a militar en las Juventudes Socialistas, pasándose –desencantado-, seis meses más tarde, a las filas del PCE. Allí compaginará su trabajo en una cristalería con la vida y la actividad política junto a sus nuevos camaradas. Y allí ocurrió todo.

Aquella tarde transcurría con tranquilidad en el local de Colonel Fabien donde los jóvenes comunistas ocupaban su escaso tiempo libre en la complicada tarea de «cambiar el mundo de base». Las acciones de «El Partido» en Francia eran continuadas, según cuenta el propio protagonista hoy, cincuenta y dos años después de aquel desconocido previo a mayo del 68. Se trataba de denunciar internacionalmente que en España existía, en sus propias palabras, «una represión de la hostia». No puede detallar exactamente cómo se fraguó el plan: las operaciones venían preparadas desde arriba. Pedro y sus compañeros ejecutaban lo establecido. Eran doce o trece, hombres y mujeres jóvenes. Reciben la información –media hora antes- de la mano del Secretario de Organización de las Juventudes: hay que ocupar el consulado español en París. Las órdenes, escasas pero precisas, pedían respeto al personal. Lo demás, todo patas arriba.

Fuego al consulado

La consigna, limitada a lo importante, detallaba el tiempo del que disponían antes de que llegara la policía: doce minutos. Después, sálvese quien pueda. La disciplina militante de aquellos jóvenes españoles en París elimina cualquier rastro de duda y se lanzan a la acción. Llegan, juntan a todo el personal en una pequeña cafetería, les explican que no tienen nada contra ellos y, después, desbarajuste total. Armarios, mesas, sillas, documentación. Todo patas arriba en aquellos doce minutos que no parecieron tales. Al salir, nervios y atropellos. Intentan prender fuego al consulado, aunque lo máximo que consiguen, con las sirenas ya sintiéndose a lo lejos, es que arda la puerta. Lo que habían de hacer después de esto también lo detallaba la orden: a correr, cada uno por su lado y, si alguno cae, nadie sabe nada.

Pedro Carcedo y Jaques.
Pedro Carcedo y Jaques.

Breve pero intenso, así acabó aquella primera rebeldía precedente a mayo del 68 con sabor asturiano. Después de aquello, Pedro pasó dos meses más en París. Volverá a Suiza, donde pasará los siguientes cuarenta años, hasta su regreso a España tras la jubilación. Aún mantiene amistad con sus viejos camaradas del Partido del Trabajo de Suiza, como Jaques, que todos los años visita, en Asturies, a este héroe de la otra 'resistance'.

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