Un zumbido mortal. Theresa Prieto, la vampira de Jove

Un zumbido mortal. Theresa Prieto, la vampira de Jove

El Portal de Archivos Españoles guarda en su haber documentos dignos de protagonizar una noche de Halloween: uno de ellos, original del año 1500, cuenta la historia real de Theresa Prieto, a quien la Inquisición acusó de chupar la sangre de los niños de Jove, en Gijón, mientras dormían.

Arantxa Margolles Beran
ARANTXA MARGOLLES BERAN

Llegaba, como los mosquitos, con un zumbido imperceptible para los niños gijoneses cuyas madres habían conseguido ya dormir. La estriga, encorvada sobre sí misma, envuelta en un inmenso cardado de oscuro pelo grasiento y despeinado, penetraba en las casas cuando caía sobre ellas la madrugada y, sin que nadie reparase en su extraña presencia, se metía en los jergones de los críos pobres. Aparecían muertos al día siguiente, con las caritas pálidas y frías y solo dos pequeñas heridas para acusar a su asesina: las dos marcas de aguijón, a un extremo del cuello, desde las que la estriga había chupado la sangre de su víctima.

No es un cuento más para contar frente al fuego crepitante de las hogueras de Halloween. Fue una historia real que ocurrió, hace más de quinientos años, en Gijón.

El pleito: Theresa Prieto, bruja y vampira

Real, al menos, si creemos las palabras de los vecinos de Jove que, allá por 1480, denunciaron a una mujer llamada Theresa Prieto a Juan de Acebal, a la sazón fiscal y pleiteante que conduciría la primera causa asturiana en el renovado Tribunal de la Inquisición, que se acababa de reestablecer en el reino de Castilla, precisamente, en el día de Difuntos de 1478. Ahora, recién nombrados los primeros inquisidores, la vía quedaba abierta para juzgar a aquella extraña vecina de Jove a quien sus vecinos acusaban de usar «el oficio de bruja o estriga, andando de noche por las casas ajenas, para entrar en ellas haciendo mucho daño a los fieles cristianos, chupándoles la sangre, mayormente a las criaturas, y otras cosas muy feas contra la Santa Madre Iglesia».

El documento, de apenas seis páginas, se ha conservado durante más de medio milenio y hoy se puede consultar en las páginas de Pares, el Portal de Archivos Españoles en el que hace un tiempo se colgaron miles de páginas correspondientes a las causas vistas en el Tribunal de la Inquisición. Quien pueda desentrañar los misterios que encierra la intrincadísima letra con la que el escribano anotó los detalles del proceso descubrirá el que probablemente sea el juicio más brutal de toda la historia asturiana.

Del bachiller Brecianos a Caro Baroja

Quien no pueda, tampoco lo tendrá difícil. El caso de Theresa Prieto era de tal interés que ya hace décadas ocupó parte en la obra del antropólogo Julio Caro Baroja o, por estos lares, en la del historiador de historiadores Juan Uría Riu. La historia tenía su intríngulis, porque de lo que se acusaba literalmente a Prieto, es decir, de ser una «estriga», hunde sus raíces en una mitología paralela a uno y otro lado de Europa, y el castigo que recibió nos retrotrae a épocas oscuras de la justicia peninsular. Juzgada por el bachiller Brecianos, Theresa Prieto fue sometida a tortura para obligarla a confesar sus delitos, pero no funcionó. Y eso que la forma en la que intentaron hacerle «cantar» fue brutal: atada de pies y manos, retorciéndose sobre sí misma y puesta de espaldas, fue obligada a ingerir litros de agua de forma continua durante, al menos, una hora.

No dijo palabra ni asumió su culpa. Aún así, el Tribunal dictó sentencia: la estriga fue condenada a muerte. De la peor forma posible.

«Hasta que se apartase el ánima de las carnes»

Por decisión judicial, Prieto debía haber sido torturada hasta la muerte en la siguiente ciudad a la que la llevasen, que no sabemos cuál fue -solo que no pudo ocurrir aquí, en Asturias, tan lejos de los tribunales inquisitoriales para fortuna de muchos posibles futuros juzgados que, por distancia, se libraron de serlo: los archivos solo cuentan, que sepamos, con cinco casos relativos a nuestra tierra- pero sí lo que debía tener: un rollo o forca que aguantase el peso (no debía ser mucho) del cuerpo de Theresa Prieto.

Allí se ordenaba que la llevasen «caballera en asno, atados los pies y manos con una soga de esparto a la garganta», públicamente y ante el sonrojo de verse de tal guisa ante la población, hasta la forca de piedra donde colgasen a la bruja o estriga gijonesa. «Allí había de estar colgada, hasta que se le saliese el espíritu vital y se le apartase el ánima de las carnes» y, tras expirar, habría de quemarse su carne hasta hacer de ellas cenizas. En un plano más prosaico de las cosas, el quid estaba en que a Theresa Prieto la matarían y, antes de hacerlo, le confiscarían todos sus bienes. Los que fuera que tuviera en Jove. Pero no acaba ahí la historia.

¿Qué fue de Theresa Prieto?

No parece que la estriga hubiera dejado descendencia cuando fue juzgada y torturada, pero no se hagan cruces los vecinos de Jove de hoy día, casi quinientos cuarenta años después: alguno podría llevar en sus venas la sangre de aquella bruja gijonesa que, aunque condenada, se libró de las llamas. El documento que hoy se conserva, de hecho, es de 1500, casi dos décadas después de haberse comenzado el proceso y mediante el cual Prieto recurre la sentencia de muerte, que aún no se había ejecutado. Y gana el recurso: en su arresto y durante su estancia en prisión, aseguraba la gijonesa, no se la había informado «ni de los cargos, ni de nada». Su buena actitud y disposición ante los tribunales hizo el resto: a finales de noviembre de 1500, Theresa Prieto salió en libertad, el hatillo al hombro, rumbo a Asturias.

Allí dormían, incautos, los niños que nunca habían conocido a la estriga de Jove, partida a tierras de Castilla veinte años atrás. Cada noche. Con la ventana abierta. En el sueño profundo.

De repente, un zumbido que fundía la madrugada a la más absoluta de las oscuridades.

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Gijón, Jove

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