Martín Vigil y la hipocresía

FAUSTINO F. ÁLVAREZPERIODISTA

Se ha conocido en los últimos días la muerte del escritor y exjesuita ovetense José Luís Martín Vigil, novelista de éxito en las penúltimas décadas del pasado siglo, y autor de libros que alcanzaron una gran difusión, como 'La vida sale al encuentro', 'Sexta galería', 'Los curas comunistas' o 'Tierra brava'. Martín Vigil fue un escritor tenaz en su tarea, discreto en su vida social, alérgico al relumbrón mediático, enigmático por propia voluntad, y envidiado más que admirado por muchos de sus colegas del oficio de las letras a cuyas camarillas siempre fue ajeno. Ahora llama la atención que la mayor parte de los recuerdos que han salido a la luz sobre el personaje, tras difundirse la noticia de su fallecimiento, aludan casi obsesivamente a su condición de homosexual, dejando de lado su calidad literaria o su valentía para abordar historias humanas que tenían, para otros, la condición de tabú, o su mentalidad de adelantado a la doctrina del concilio Vaticano II. ¿Nadie hay en Oviedo o en Asturias capaz de aportar algún hecho, alguna vivencia, algún dato sobre la influencia que en él ejerció aquel novelista que tenía millones de lectores y al que, saliéndoles el tiro por la culata, los maledicentes que se creían ingeniosos llamaban 'Curín Tellado', antes de que a doña María del Socorro Tellado López la bendijesen literariamente Mario Vargas Llosa, Juan Cueto o Andrés Amorós? Reducir a Martín Vigil a un homosexual con sotana o insinuar episodios pederastas en su biografía es, como poco, una mezquindad fruto de la hipocresía, y más en una sociedad en que 'salir del armario', y especialmente en el mundo cultural o artístico, cotiza al alza en la bolsa de lo políticamente correcto.

No traté al padre Martín Vigil más que en una ocasión en que, mediante cuestionario escrito, le hice una entrevista para la inolvidable revista 'Asturias semanal', y que después fue recogida, junto a otro centenar y pico de diálogos, en el libro 'Asturianos de hoy', de 1971. «He puesto -escribía- mi pluma al servicio de la verdad, sólo que decir la verdad es de las cosas más difíciles en una sociedad que se defiende de ella por todos los medios, incluso los legales». Ya residía entonces en Madrid, y a la pregunta de si sentía nostalgia de Oviedo respondió: «Sinceramente, no. Toda mi vida me he dedicado al presente y al futuro, nunca al pasado, y hoy por hoy Oviedo para mí está en el pasado. Confieso, sin embargo, que no soy insensible al bien o al mal de Asturias y de los asturianos, aunque me encuentro más cerca de una ciudadanía del mundo que de una exacerbación de patria chica».

Echo de menos, pues, en esta hora un poco de generosidad con este asturiano fallecido en Madrid a los 90 años, y a quien se le ha negado hasta esa habitual licencia para el elogio en las notas necrológicas. Incluso desde la propia Iglesia asturiana, a la que sirvió, nadie ha dicho ni pío, como si se tratase de un maldito. Sólo el jesuita y periodista Pedro Miguel Lamet ha tratado con grandeza a Martín Vigil, difundiendo su testamento que termina con estas palabras: «Sólo deseo la cremación y la consiguiente devolución de mis cenizas a la tierra, en la forma más simple, sencilla y menos molesta y onerosa. Pasad, pues, de flores, esquelas, recordatorios y similares. Todo esto es humo. Sólo deseo oraciones. De este modo, sólo me llevo lo que me traje: mi alma.».

Nota.- Me entero del fallecimiento en Oviedo de José Manuel Buján, leonés de Toreno, histórico abogado de CC.OO., y en la actualidad magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Asturias. Buján era una persona culta, comprometida y humanísima. Tuve el honor de ser su amigo, y conozco de cerca lo mucho que luchó por los demás. Que la tierra le sea leve, ya que su paso sobre ella también lo fue.