«Somos dos atletas de alta competición»

Jorge de León y Carlos Álvarez, en el Campoamor. / ALEX PIÑA
Jorge de León y Carlos Álvarez, en el Campoamor. / ALEX PIÑA

El barítono malagueño y el tenor tinerfeño se subirán de nuevo esta tarde a las tablas del Teatro Campoamor «con tensión, pero sin dejarse dominar por los nervios»Jorge de León y Carlos Álvarez son los dos protagonistas masculinos de la ópera 'Andrea Chénier'

A. VILLACORTA OVIEDO.

«Que quede claro que nos profesamos un odio manifiesto», bromean, a modo de presentación, el barítono Carlos Álvarez (Málaga, 1966) y el tenor Jorge de León (Tenerife, 1970), colegas, grandes de la lírica y, sin embargo, amigos que se ríen, se siguen las bromas y se admiran mutuamente. Los dos protagonistas masculinos de 'Andrea Chénier', la revelación de esta cuarta temporada de la Ópera de Oviedo, desprenden una complicidad dicen que poco usual en este mundo. Porque, más que ser compañeros, forman «una familia artística». Una categoría que solo alcanzará a entender del todo quien lleve una vida como la suya, con unas agendas que tienen fechas fijadas hasta 2021, recorriendo los mejores coliseos del mundo, «lo cual te permite tener una seguridad, pero también implica una gran responsabilidad, porque hacer planes con tanta antelación supone que ese día y a esa hora tienes que estar en perfecto estado».

«Somos dos emigrantes de lujo, autónomos, nómadas. Y, en esos momentos en los que te encuentras desubicado, tienes a la gente que siempre te ofrece un apoyo y un consejo si se lo pides. Esa familia artística es fundamental para nosotros».

Con ese espíritu cantan estos días Álvarez (todo un veterano en la temporada de ópera) y De León (habitual de la zarzuela ovetense) para meterse en la piel de Carlo Gérard y el poeta que da título a la obra cumbre de Umberto Giordano estrenada en La Scala en 1896. «Lo único que me da coraje es que los tenores siempre son los héroes y nosotros los barítonos, los malvados por antonomasia», sigue con el falso enfrentamiento el malagueño, que iba a para médico cuando lo dejó todo por la música.

También Jorge de León abandonó su puesto como policía municipal para consagrarse a su gran pasión y, desde entonces, no ha hecho más que cosechar triunfos y galardones, incluido el Premio Lírico Campoamor al cantante revelación.

Pero es que, además de una biografía paralela, ambos cantantes compartieron este mismo título en Málaga hace una década, así que Oviedo supone su reencuentro en mitad del fragor de la Revolución francesa.

«Estamos felices de subirnos juntos de nuevo sobre un escenario haciendo 'Andrea Chénier'. Lo paradójico es que se trata de una obra en la que no tenemos prácticamente ningún tipo de relación excepto en el tercer acto, durante el juicio. El resto es siempre desde la distancia, pero nos la tenemos jurada», apunta el tenor malagueño. Y es que, precisa, Maddalena -interpretada por Ainhoa Arteta- «es el objeto de nuestro deseo, del de los dos. Y, en el caso de Carlo Gérard, mi personaje, resulta que la mujer que desea se enamora del hombre al que él mismo admira. Terrible. Y todo ello, en medio de una revolución que se lleva por delante los ideales, las actitudes éticas. Así que Gérard, que es poliédrico y sufre una profunda evolución psicológica a lo largo de la obra, intenta mantener la compostura, pero no lo logra. Se deja llevar por dos deseos: el deseo sensual hacia esa mujer y el deseo de justicia por el que se rebela. Y no consigue concretar ninguno de los dos».

Frente a él se sitúa, encarnado por De León, el rol inspirado en el poeta André Chénier (1762-1794), ejecutado durante la Revolución. «Es muy idealista, un romántico que protesta frente a la injusticia y que, en un momento determinado, no puede callarse». Un personaje que, en palabras de Josep Carreras, es todo «un caramelo». Eso sí, precisa el tinerfeño: «Un caramelo delicioso, pero con mucha potencia, mucha menta». Toda una prueba de fuego que comienza con un 'improvviso', un arranque «en frío» que solo será el principio de una partitura «muy exigente, un drama con mucha pasión y mucha fuerza que lleva al cantante al límite».

De vuelta a la vida real, esa en la que intentan disfrutar cada minuto de cada función «como un regalo», en la que los dos se sienten unos privilegiados («¿cuánta gente hacer lo que le gusta y además le pagan por ello?»), también se perciben diferencias entre los dos. Y, así, mientras que Carlos Álvarez defiende que el barítono perfecto «sería una mezcla entre Leonard Warren, Bastianini y MacNeil», Jorge de León no se decanta por ningún tenor en concreto, sino que bucearía «en la técnica antigua» para inspirarse: «Hay grabaciones fantásticas». Y si el tinerfeño tiene al personaje de Radamés, de 'Aída', como uno de los estandartes de su brillante carrera, el malagueño de trayectoria apabullante tiene igual de claro que, «si tuviera que hacer una función todos los días, sería de 'Rigoletto'».

Pero, sobre lo que les diferencia, uno y otro comparten un carácter libre de supersticiones y manías que les ha llevado a salir airosos de situaciones complicadas. Como aquella vez en la que Jorge de León tuvo que saltar al escenario del Real casi en vaqueros a hacer una sustitución. Fue su debut, un boom. «Y fue precisamente con 'Andrea Chénier'. Yo estaba estudiando al piano cuando suena el teléfono y me dicen: 'Ponte la ropa y baja corriendo que vas a entrar porque el cantante se ha puesto malo'. Eso, un día. Y, al siguiente, el público empezó a gritar porque se acoplaron los micrófonos de una grabación que se estaba haciendo para la radio».

O como aquella otra que Carlos Álvarez vivió una de las peores pesadillas que un cantante pueda imaginar: «Perdí la voz encima del escenario haciendo un 'Roberto Devereux' en Viena. Yo me había enfermado durante los ensayos y solo pude hacer la primera función, pero el sustituto se enfermó, vino otro sustituto que también se enfermó y el teatro acudió a mí cuando todavía no estaba recuperado del todo y perdí la voz durante el aria. La verdad es que eso no se lo deseo a nadie. En ese momento, piensas: 'Me está sucediendo esto. ¿Qué hago? ¿Me voy, me quedo?'». ¿Y qué hizo? «Pues, al final, la vergüenza torera hizo que me quedase, pero no pude terminar la función, claro. Fue una falta de medida. Pensando que le podía hacer un favor al teatro, al final, el que se fastidió fui yo. Bueno, pero son cosas que pasan entre la gente que se sube a un escenario. A la que no se sube, no le pasan».

Y concuerdan también en el veto a los móviles. «Yo abogo porque, en los espacios cerrados de trabajo, el teléfono se quede fuera, confiscado, por respeto y por atención que se le debe», defiende Álvarez. «Va en contra de la atmósfera. Estamos creando una situación escénica y necesitamos concentración», le respalda de León.

En eso los dejamos, preparados para volver a subirse a las tablas del Campoamor este misma tarde tras un estreno aclamado por público y crítica. «Vivimos cada función con la tensión necesaria. Hay que tener en cuenta que somos atletas de alta competición y tenemos que tener el cuerpo preparado desde el minuto uno», pero «sin dejarse dominar por los nervios: porque hay una Ley de Murphy en los escenarios que dice que ponerse nervioso solo implica que todo puede ir a peor».

Carlos Álvarez: «Y, para terminar, puedes poner que, en realidad, no nos hablamos, pero que somos muy buenos actores».

Jorge de León: «O que todavía no hemos llegado a las manos, pero que todo se andará».

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