«La música va directa al corazón, salta barreras de lenguas, raciales y sociales»

El director musical del Teatro de la Zarzuela, rodeado por Paz de Alvear, jefa de Redacción de EL COMERCIO en Oviedo; el violinista Alfredo Rodríguez; Kenia Martín; José Luis Prado; su esposa, la chelista María Rodríguez; Lola Lucio; Alberto Piquero y Diego Medrano. /  ALEX PIÑA
El director musical del Teatro de la Zarzuela, rodeado por Paz de Alvear, jefa de Redacción de EL COMERCIO en Oviedo; el violinista Alfredo Rodríguez; Kenia Martín; José Luis Prado; su esposa, la chelista María Rodríguez; Lola Lucio; Alberto Piquero y Diego Medrano. / ALEX PIÑA

El músico invitado a las Conversaciones de EL COMERCIO evocó su trayectoria artística y reflexionó acerca de las artes en España El director musical del Teatro de la Zarzuela, Óliver Díaz, despidió el año con EL COMERCIO

ALBERTO PIQUERO OVIEDO.

Como tantos otros, Óliver Díaz Suárez, el director musical del Teatro de la Zarzuela nacido en Oviedo en 1972, aunque crecido en el barrio gijonés de La Calzada, ha vuelto a casa por Navidad. La particularidad es que también lo hace para dirigir en el Teatro Campoamor, acompañado por Oviedo Filarmonía, los conciertos de Año Nuevo que se ofrecerán al público mañana y el martes, con un programa en el que se disfrutará de la suite de 'El Cascanueces', las danzas húngaras de Brahms y, por supuesto, de la tradición vienesa. Al tiempo, ha encontrado generosamente un espacio para ser el protagonista de las Conversaciones de EL COMERCIO, celebradas en el Club de Tenis de Oviedo, donde ha hablado con la natural sencillez que le caracteriza acerca de su biografía y carrera profesional, aportando sabias reflexiones en torno al estado de la música clásica en España.

Comenzando por la obertura, el diálogo empezó acudiendo a su infancia, preguntándole si aparte del largo aprendizaje musical que ha transitado, ya en los orígenes existían condiciones favorables. «Mis primeros recuerdos son los de una familia humilde, en la que mi padre era obrero de UNINSA, pero muy interesada por la cultura. Mi madre era una lectora voraz, y mi padre, al margen de su trabajo, era baterista de la orquesta Stelaris y muy aficionado a la pintura». Fue esta segunda pasión la que quiso transmitirle a su hijo, «pero yo era incapaz de pintar y él se desesperaba un poco», comenta Óliver barnizándolo de humor. Pero pronto se descubriría cuál era su talento: «En mi casa lo cuentan añadiendo exageración novelística, creo yo (bromea). Al cumplir los dos años, un tío que tenía una sastrería en la plaza de América, me regaló un piano de juguete. Y parece que logré acertar las notas de 'Noche de paz'». El destino estaba echado. Hasta tal punto, que «a los diez años, en otra orquesta de mi padre, Trébol, comencé a tocar el piano. Guardo fotografías. En los lugares a los que íbamos, la Sala Acapulco o el Club de Regatas de Salinas, no entendían bien qué hacía aquel chiquillo allí».

Lo cierto es que desde los siete años estudiaba en la Escuela de Música de Gijón y en Trébol era el único que sabía leer partituras, lo que incluyó el que hiciera sus primeras tareas de arreglista. Una profesora, Marta Cabeza, aconsejó a sus progenitores que le alentaran en una vocación que ya iba adquiriendo silueta virtuosa.

LAS FRASESSINFÓNICA DE GIJÓN«La Osgi tenía gente joven y muy talentosa, pero un giro político frustró el proyecto» TEATRO DE LA ZARZUELA«El balance de estos dos años es maravilloso, rodeado por un ambiente que rezuma asturianía» POLÍTICA Y CULTURA«La cultura no da réditos a corto plazo, mientras que en la política se buscan de manera inmediata» SENTIMIENTO«La música alberga el poder inigualable de compartir sensaciones y sentimientos» VALOR Y PRECIO«Se discute si una orquesta es cara, pero no lo que aporta la música en valores a la sociedad» DESTINO«Acostumbro a decir, porque es verdad, que he tenido suerte en momentos decisivos»

Y al cabo, tras finalizar los estudios de piano, armonía, composición e instrumentación y contrapunto en los conservatorios de Gijón y Oviedo, quiso ampliar el diapasón. «No había salido de Asturias, ni siquiera a Madrid, pero pensaba en irme a Viena o a Estados Unidos. Me animé y escribí a la embajada norteamerica, que me remitió una documentación de las diez mejores universidades que podían acomodarse a mi petición. Y sabiendo de inglés lo justo, o menos, me presenté en el Instituto Peabody, de la Universidad John Hopkins (Baltimore, Maryland), para hacer las pruebas. Acostumbro a decir, porque es verdad, que he tenido mucha suerte en momentos decisivos de mi vida. Y así ocurrió, me acogió el jefe del departamento de piano, Julián Martín». Serían tres años que requirieron que «mis padres pidieran un préstamo de dos millones de pesetas, porque solo la matrícula ya se elevaba por encima. Sobreviví tocando los domingos en iglesias, lo que suponía ingresar unos quinientos dólares al mes». Pero la situación continuaba siendo precaria. La buena estrella y, sin duda, su valía artística, vinieron de nuevo en su ayuda. «Quedó vacante la plaza de correpetidor y asistente en la ópera de la universidad, que obtuve. Las dificultades se atenuaron mucho».

Explica que el siguiente paso obedeció a los consejos de algunos 'locos' muy queridos, Julián Martín, su mujer -la violonchelista María Rodríguez- y sus propios padres. El horizonte era estudiar dirección orquestal en la prestigiosísima Juilliard School, al cuidado de Otto-Werner Mueller, maestro entre otros, de Shostakovic o Rossen Milanov. Y aún consta que es el único español que ha accedido a esa especialidad en tan legendaria institución.

Corría el año 2002, que también sería el calendario marcado para que se pusiera al frente de la Orquesta Sinfónica de Gijón, desde cuya instancia agregó durante una década el programa educativo de iniciación musical, tan recordado, que en colaboración con Pachi Poncela llevó a las mañanas dominicales del Teatro Jovellanos bajo el título de 'Música, maestro', «inspirado por los ciclos de Leonard Bernstein», evoca ahora.

Que la Orquesta Sinfónica de Gijón no consiguiera permanecer en cartelera, lo intenta aclarar poniendo interrogantes al lado: «¿Hay espacio para tres orquestas sinfónicas en Asturias (incluyendo, claro está, a la OSPA y a Oviedo Filarmonía)? No lo sé, aunque en Alemania, por ejemplo, en perímetros más reducidos, no existe ese tipo de problemas. Eso, sí, cada orquesta debe buscar su lugar. Y luchamos por ello, entre vaivenes. Crecimos. Había gente muy joven y muy talentosa. Se alcanzó un nivel digno en los intérpretes, al que se sumaba el entusiasmo. Muchos de ellos se han repartido por orquestas, en Madrid o en Bilbao. Sucedió que un giro político frustró el proyecto y lo puso patas arriba».

Se dice que a veces las mejores historias se alimentan de renglones torcidos. Óliver Díaz, que a partir de la extinción de la Orquesta Sinfónica de Gijón ha desembocado en la dirección musical del Teatro de la Zarzuela, podría considerarlo en esos términos. Sin embargo, a pesar de que admite que «nunca sabes si hay mal que por bien no venga», siente sobre todo la pérdida de aquella aventura ilusionante, en cuyo germen estuvo un colega suyo, Mariano Rivas, y a cuyo desarrollo se dedicaron notables energías.

El Teatro de la Zarzuela estuvo en su trayectoria por primera vez en 2011. No imaginaba que un lustro escaso después, sería lugar de residencia. «Dirigí allí, en 2011, 'Luisa Fernanda'. Nerviosísimo. Me pesaba la responsabilidad de todos los grandes que habían pasado por aquel escenario. Si en ese momento me anuncian que terminaría siendo el director musical del teatro, me habría dado un pasmo. Además, salvo los elementales arreglos de 'chapa y pintura', se conserva igual que en su inauguración en 1856. Si esas paredes hablaran...».

El balance que efectúa de estos dos años en este cometido, lo establece bifurcándose en esa suave ironía que cabe traducir a modo de modestia, «si quieres tener una vida larga y tranquila, jamás dirijas un teatro» (frase que escuchó a otro director), y el reconocimiento pleno de la satisfacción: «Es un balance maravilloso, en el que estoy muy arropado. El director general, Daniel Bianco, además, tiene antepasados asturianos. Y el director técnico, Antonio López, es natural de Oviedo. De manera que se rezuma asturianía. Y nos peleamos todo lo que haya que pelearse como si estuviéramos en familia».

En cuanto al estado de la música clásica en España, quiso anticipar una idea general: «La cultura no da réditos a corto plazo, mientras que la política, pendiente de sus citas electorales, los busca de modo inmediato. Para que la cultura fructifique es preciso propagarla en toda una generación». Por otro lado, entiende que «cuando se discute si una orquesta es cara, no se pondera lo que la música aporta en valorers a nuestra sociedad, frente a la incomprensión en la que vivimos, la violencia, la falta de sensibilidad...». Declarándose un seguidor de las emociones futbolísticas, planteaba una cuestión sugerente: «¿Cuántos de los que llevan la barbarie a los estadios de fútbol o incendian contenedores en cualquier esquina son lectores habituales, aprecian la música clásica, la danza o las artes?». Agregaba líneas de la filosofía antigua: «Platón ya nos dejó el mensaje de que la música y la danza eran pilares sobre los que edificar una sociedad más perfecta. Y las civilizaciones que han prosperado en forma evidente han tenido muy en cuenta la protección de las artes».

Del sistema educativo presente en nuestro país y su relación con tales aspiraciones, indica un ejemplo particular poco halagüeño: «En mi época de EGB y BUP, nos iniciábamos en la flauta de pico y estudiábamos la historia de la música. Nos parecía escaso. Hoy es todavía menor la atención».

Con todo, su juicio es que «deberíamos estar implicados todos en que fuera una educación más óptima». Así rememora la etapa de 'Música, maestro', «en la que antes de las sesiones, mediante unos cuadernos didácticos, se trasladaba a los chavales lo que iban a escuchar en los colegios e institutos». Y una experiencia reciente en el Teatro de la Zarzuela, incorporando a jóvenes para el redescubrimiento de los clásicos, le ha confirmado que el pentagrama es fértil si se le riega: «Hemos hecho una adaptación de 'La revoltosa', con pequeños retoques en el texto, que la actualizan, y miles de chicos llenaron el teatro. Se me caían las lágrimas. Seiscientos chicos han sacado la tarjeta joven para acudir regularmente al teatro».

Puesto a transparentar lo que la música significa para él mismo, le brota de modo instantáneo que «va directa al corazón, salta las barreras de las lenguas, las raciales o las sociales. Alberga un poder inigualable, que es el de compartir sentimientos, sensaciones, que no necesariamente deben ser los mismos. Cada cual a partir de su propia experiencia, pero teniendo en común la emoción, las pasiones que todos hemos vivido. Quizás al escuchar la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky o el Adagio de Barber, no tengamos iguales vibraciones que las de sus creadores; pero quién no ha sufrido frustraciones, impotencia o el dolor de una pérdida. La música nos relata historias, bien que sean de recepción libre y abierta. Ocurre que, al final, une sentimientos».

Miembro del jurado de las Artes de los Premios Princesa de Asturias, en el epílogo se jugó a una pequeña provocación: «¿Dylan y Mozart son incompatibles o complementarios?», se le preguntó. «Complementarios». Armonía. Es su identidad.

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