Una ópera de raíz española

‘Il trovatore’, música celestial con fondo de tragedia para el segundo título de la temporada de Ópera en Oviedo | La función del día 11 se retransmitirá en directo en la plaza del Ayuntamiento de Oviedo y en el Centro Asturiano

Alberto Piquero
ALBERTO PIQUEROGijón

Perteneciente a la llamada ‘trilogía popular’ de Giuseppe Verdi, que se configura junto a ‘Rigoletto’ y ‘La traviata’, ‘Il trovatore’ es una de las creaciones más aclamadas de la historia operística, desde su estreno en el Teatro Apollo de Roma, en 1853. Con libreto de Salvatore Cammarano, que completaría Emanuele Bardare, la historia del infeliz amor entre Azucena y Manrico, que tuvo su origen en la tragedia del mismo nombre escrita por el dramaturgo español Antonio García Gutiérrez, nuca ha dejado de conmover al público, pese a que durante el siglo XX hubiera críticos que mantuvieran ciertas reticencias, opinando que el mejor Verdi ha de encontrarse en una época posterior.

Será el segundo título de la temporada operística de Oviedo, tras el ‘Siegfred’ wagneriano, levantando el telón de la primera función el próximo 5 de octubre. Es una coproducción de la Ópera de Oviedo y el Gran Teatre del Liceu de Barcelona. Para esa apertura, los papeles protagonistas estarán encarnados por Julianna di Giacomo (Leonora), Luciana d’Intino (Azucena) y Aquiles Machado (Manrico).

Su director musical, Ramón Tebar (Valencia, 1978), una de las figuras sobresalientes del panorama operístico internacional, explicaba a EL COMERCIO los motivos por los que esta obra ha tenido juicios de amplio registro acerca de su música, definiéndola algunos en términos de carácter oscuro, tenebroso y nocturno, a la vez que celestial, según publicaba ‘La Gazzeta Musical’ de Roma en la fecha decimonónica de su puesta primera en escena. «‘Il trovatore’ tiene un poco de todo. El panel de fondo es el misterio y su transcurso sucede en la noche, pero tiene momentos muy brillantes, como el del final del IV acto y muchos otros».

En el conjunto de la ‘trilogía popular’, Tebar observa mayores semejanzas con ‘La traviata’ que con ‘Rigoletto’, «por las escalas rítmicas» del último acto de aquella. Admitiendo, por otro lado, que «el libreto puede ser el menos creíble de las tres», aunque destacando su partitura, «musicalmente fantástica». Se atribuye a Caruso o a Toscanini, dependiendo de las fuentes informativas que se elijan, la afirmación de que para estar a la altura del pentagrama de Verdi resultaban indispensables las cuatro mejores voces del mundo. Tebar considera que esa valoración obedece al hecho de que la exigencia para las cuatro voces solistas «mantiene un idéntico nivel, no las hay principales y secundarias».

Respecto de los días que lleva ensayando con Oviedo Filarmonía, aprecia la rapidez de las lecturas de la orquesta y «una actitud muy abierta».

Joan Anton Rechi, director de escena, ha elegido los grabados de la guerra de Goya como elemento simbólico de referencia. Entiende Rechi que si las partituras son por definición siempre iguales a sí mismas, en cambio la escenografía plantea la necesidad de la renovación constante. «Es uno de los retos a los que debemos enfrentarnos. ‘Il Trovatore’ posee una grandeza que permite diferentes lecturas y relecturas, poner el foco en un aspecto u otro». Si bien, respetando su esencia, «siendo fiel a su espíritu».

El escenógrafo y director de escena y el director musical de ‘Il trovatore’, Joan Anton Rechi y Ramón Tebar. / A. P.

En este caso, admitiendo al igual que Ramón Tebar que acaso una de las debilidades de la ópera verdiana radique en el libreto, explorando perspectivas y adentrándose en el texto original de Antonio García Gutiérrez, encontró que las vicisitudes de la guerra (entonces, durante el siglo XV, la revuelta de Jaime de Urgel contra Fernando de Antequera) estaban muy presentes. Y comprendió que las situaciones menos verosímiles descritas por Cammarano, hallaban justificación en ese entorno belicoso. «En ese contexto, adquieren sentido». Por otro lado, la traslación cronológica, del siglo XV al XIX, la justifica en razón de que «acercando los hechos en el tiempo, aunque no del todo, se suscitan de forma más intensa los sentimientos de los espectadores y favorece la identificación con los personajes».

Una perspectiva añadida es la presencia del propio Goya en escena, «básicamente, a modo de espectador, contemplador de una tragedia que no puede impedir y albergando compasión por todos los personajes, transparentando los acontecimientos».

Los grabados de Goya se establecen a la manera de «un gran lienzo», al que se agregan «proyecciones y tules espaciales donde se focalizan instantes que se quieren remarcar». Y en la atmósfera, la luz que alumbra Albert Faura y el vestuario de Mercè Paloma, que enriquecen «los colores del universo goyesco, ocres, terrosos... Incluso hay quien dice que también está presente la pintura tenebrista de Caravaggio».

La representación asturiana en ‘Il Trovatore’, remite precisamente a la figura de Francisco de Goya, cuyo papel corresponde al actor Carlos Casero, quien todavía en los primeros días de ensayo prefería no extenderse en apreciaciones. Resumía en una frase: «Es el artista dentro del cuadro».

De lo que se puede dar testimonio tras asistir a estos preliminares es acerca del extraordinario clima humano que se respira entre los componentes del inminente estreno, que entre bambalinas conciertan diálogos muy animados. Lo expresaba así Ramón Tebar: «Se siente un calor familiar, como si todos nos conociéramos, lo que no ocurre a veces en los grandes teatros, que son más impersonales».

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