Tibio cierre a la temporada de ópera

Anne-Catherine Guillet, en el papel de Mélisande, y Edward Nelson, en el de Pelléas. / FOTOS: ÓPERA DE OVIEDO
Anne-Catherine Guillet, en el papel de Mélisande, y Edward Nelson, en el de Pelléas. / FOTOS: ÓPERA DE OVIEDO

'Pelléas et Mélisande' ofreció una ensoñación detallista y delicada de la obra de Debussy

RAMÓN AVELLO OVIEDO.

Hasta hace unos años, el peso de la tradición belcantista de Oviedo había dejado al margen de las temporadas de ópera obras maestras. Indudablemente, en los últimos tiempos ha habido una ampliación y una normalización del repertorio operístico universal, pero seguían existiendo silencios, lagunas incomprensibles, como 'Pelléas et Mélisande', la ópera de Claude Debussy que, por su concepción vocal e instrumental, abre el camino de la lírica francesa en el siglo XX. Ayer, como cierre a la 70 Temporada de Ópera de Oviedo y en conmemoración del centenario de la muerte de Debussy, en el Campoamor se representó por primera vez en Asturias una esteticista versión de 'Pelléas et Mélisande', nueva producción de la Ópera de Oviedo, procedente de la Ópera de Niza.

Como novedad, también, el empleo del asturiano antes del inicio de la función, una iniciativa que recibió muestras de protesta del público, que entró en calor a medida que avanzaba la obra, con el tensión en in crescendo.

El libreto de 'Pelléas' sitúa la acción en un reino imaginario, con un espacio y tiempo onírico e indeterminado, en el que se mueven los personajes aferrados a su destino.

La concepción escénica de René Koering, subrayada por el diseño de la escena de Virgile Koering y la iluminación de Patrick Méeüs, posee numerosas licencias, ya desde la presentación de Mélisande en bicicleta, y actualizaciones un tanto innecesarias en una ópera de fondo tan intemporal.

La escena, muy austera, casi minimalista, divide en un recinto en ángulo y, detrás de él, se ven las escenas que sugieren el bosque, la luna, el mar..., apoyándose en proyecciones audiovisuales, lo que le confiere un carácter esteticista muy delicado.

Otra característica de la dirección escena es esa tensión progresiva en las escenas, especialmente, en la concepción del papel de Golaud, el más dinámico y más humano de los protagonistas.

Para Debussy, la orquesta es otro personaje que, además de envolver, expresa y explica la obra. Las cualidades orquestales de su música -líneas espaciadas, maestría e individualización en las maderas, economía de medios y reflejo poético de la naturaleza- están siempre presentes en la ópera.

El director canadiense Yves Abel no solo estuvo al frente de la OSPA en temporadas pasadas de ópera ('La Bohème', 'El barbero de Sevilla', 'Otello'), sino también en conciertos de abono, en donde presentó con la orquesta asturiana obras de Dutilleux o Respighi. Abel conoce bien a la orquesta asturiana, lo que se percibe en una dirección segura y atenta al detalle. Y no solamente dirige a la formación, sino que está glosando de una manera muy plástica lo que sucede en la ópera y, para eso, juega mucho con las dinámicas, con los contrastes, con las descripciones de fenómenos de la naturaleza como la tempestad, pero también con las emociones internas de los personajes. A destacar, los instrumentos de viento madera, que estuvieron francamente bien, especialmente el oboe.

El Coro de la Ópera de Oviedo posee un papel reducido al final del tercer acto, en el que fuera del escenario canta unas vocalizaciones que simbolizan el arrullo y las sirenas del mar.

Este recurso de voces sobre una vocal lo había utilizado Debussy en uno de sus 'Nocturnos', llamado 'Sirenas', que, sin duda, se refleja en Pelléas.

En este caso, es un 'eo, eo, eo' repetido, como si fuese un canto de los marineros, homófonos, que cantan contraltos, tenores y bajos.

Respecto a los intérpretes, la soprano belga Anne-Catherine Guillet debutó ayer en Oviedo en su papel de Mélisande, demostrando que es una buena intérprete dramática, que se mueve bien en el escenario y que vocalmente tiene facilidad para las notas agudas, aunque le faltan un poco de densidad en el registro grave y también potencia. Hizo su papel con bastante solvencia y fue muy aplaudida.

El joven barítono Edward Nelson, aunque es norteamericano, posee una dicción y un acento francés excelentes. Nelson ya interpretó el papel de Pelléas en una 'tórrida' versión de la Ópera de Oslo, de la que se puede ver un fragmento en la página web de la Ópera de Oviedo. En el Campoamor, su recreación del personaje resultó muy atractiva.

También debutaba en Oviedo y es un barítono que incluso en el registro más agudo conserva el timbre típico de barítono. Defendió airoso un papel difícil vocalmente porque tiende a las notas agudas, pero que emite con color y facilidad.

El personaje de Golaud, celoso, violento, apasionado, estuvo firmemente interpretado por Paul Gay. Fue el más aplaudido. Un barítono de potencia que hace un papel tenso, dramático. De hecho, es la figura central que mueve la acción. Y lo hizo con buena línea de canto, muy buena dicción y expresividad.

Mazim Kuzmin-Karavaez interpretó a un peculiar Arkel. Es un barítono correcto y, aunque Debussy lo concibe como un viejo rey, se le pinta con trazos poco apropiados, a caballo entre don Corleone y un crupier.

Eleanora de la Peña, en el papel de Yniold, tiene pinceladas naif, ingenuas, pero da mucha vida al hijo de Golaud. Y, asimismo, brilló el resto del elenco, con David Sánchez y Yulia Mennibaeva a la cabeza.

En general, el público recibió la obra con cierta tibieza. Especialmente, por algunos anacronismos en la dirección de escena, llegando a un pequeño amago de pateo. Se trata de una obra difícil, pero que cada vez que se oye gusta más. Especialmente, todo ese mundo de colores y sugerencias contenidas en la partitura de Claude Debussy.

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