Voces en el marco de 'El desastre de la guerra'

Manrico, con Leonora -muy aplaudida-, en presencia del Conde Luna, protagonistas anoche en el Teatro Campoamor de la primera función de 'El Trovador'. / ÓPERA DE OVIEDO

La escena dedicada a Goya rodea una aplaudida versión de 'El Trovador' en la que Luciana D'Intino y Julianna di Giacomo recibieron las mayores ovaciones

RAMÓN AVELLO OVIEDO.

El dramaturgo chiclanés Antonio García Gutiérrez ambientó su tragedia romántica 'El Trovador' en las guerras civiles entre el Conde de Luna y el Conde de Urgel, que sucedieron a finales de la Edad Media en el Reino de Aragón. Actualmente, la torre del Palacio de la Aljafería, sede actual de las Cortes de Aragón, en Zaragoza, se conoce popularmente como la 'Torre del Trovador', porque supuestamente estuvo allí preso Manrique o Manrico, uno de los protagonistas de la ópera de Verdi. Cuatrocientos años después de estas guerras fratricidas, a cuarenta kilómetros de Zaragoza nació Francisco de Goya. El genial pintor aragonés dibujó con motivo de la Guerra de la Independencia una serie de dibujos que sirvieron de bocetos para las series de grabados 'Los desastres de la guerra'. A Goya, que fue espectador y cronista de la violencia humana más desatada, se le hace, también en la representación que ayer llegó al Campoamor, testigo de la violencia que enmarca la acción de 'El Trovador' en esta nueva coproducción de la Opera de Oviedo y El Liceo de Barcelona.

Luciana D’Intino, como Azucena. / ÓPERA DE OVIEDO

El director de escena Joan Antón Rechi parte de este nexo geográfico y conceptual en principio atractivo, entre 'Los desastres de la guerra', de Goya, y la atmósfera de fragmentación social del libreto de la Ópera. Los grabados del de Fuendetodos son el fondo sobre el que se desarrolla la acción. Escénicamente, hay cierto estatismo, incluso se podría hablar de minimalismo aliviado por la fuerza plástica de los dibujos del pintor. Como una licencia al libreto, Goya observa la accion e incluso participa en ella, pero esto no puede evitar que haya una excesiva sobriedad en la que incluso a veces parece que se está ante una ópera en versión de concierto.

En 'El Trovador', Verdi crea un paisaje sonoro variado en el que se combinan cierto tenebrismo en los metales con una atmósfera pintoresca en los pasajes con fondo zíngaro. Pero también la obra contiene pasajes en los que sonoridades individualizadas, como la flauta o el clarinete, apoyan y refuerzan la melodía vocal. Ramón Tebar, al frente de Oviedo Filarmonía, integra con corrección todas estas facetas. Tiempos pausados -quizá debido algunas veces a pequeños problemas de desajuste al principio del primer acto-, buen control de las dinámicas y, en general, una versión correcta.

Una escena con el Coro de la Ópera. / ÓPERA DE OVIEDO

Conviven diferentes tipos de coro en 'El Trovador'. Desde los soldados que escuchan en la primera escena a la narración de Ferrando a los gitanos que trabajan la forja; desde los monjes que entonan el 'Miserere' a las religiosas que cantan a 'capella'. Los coros de Verdi para 'El Trovador' son una mezcla de monjes, guerreros y gitanos. Y en todas estas facetas se desenvuelve con soltura el Coro de la Ópera de Oviedo. El punto culminante de su intervencion fue el famoso coro de zíngaros que abre el segundo acto, cantado con afinación, sonoridad compacta y apoyado, aquí sí, por una escena en la que la iluminación de dorados y colores terrosos resaltaba el trabajo de los gitanos.

Vocalmente, 'El Trovador' es una ópera de grandes exigencias vocales para los cuatro protagonistas principales. Los cuatro se mueven en cierta bipolaridad entre la delicadeza lírica y la garra dramática, lo que hace compleja su interpretación. Entre los secundarios, Darío Russo es un bajo de potencia. Su papel de Ferrando fue, en la escena del primer acto, muy contundente. Y María José Suárez estuvo muy correcta como Inés, la dama de confianza de Leonora.

Podría decirse que grandes interpretaciones sostenidas a lo largo de la ópera hubo dos, la de Luciana D'Intono, como Azucena, y la de la soprano Julianna Di Giacomo, como Leonora. Aquiles Machado recreó un Manrico doliente, con una muy buena intervención en el tercer acto con el 'Ah si ben mio', cantado con un fraseo muy 'legato' y un lirismo de ley. Fue su momento más aplaudido. En los primeros actos, sin embargo, se veía que se estaba reservando.

Simone Piazzola, como el Conde Luna, tiene un registro medio-bajo potente, pero su tesitura no es muy homogénea, especialmente la voz empalidece en el registro agudo y le falta un poco de contundencia vocal para un papel tan complejo. Sin embargo, el aria 'Il balen de tuo sorriso' lo cantó con una belleza incuestionable.

Pero como dijimos, las triunfadoras fueron ellas. Luciana D'Intino perfila una Azucena muy dual. Hay un fondo lírico, pero también una contundencia trepidante, un poco enajenada, con la que da vida a la gitana. Fue muy aplaudida en 'Stride la bamba', cantada con mucho 'vibrato', como si el fuego estuviese crepitando. Finalmente, Julianna Di Giacomo fue, vocalmente, una Leonora de gran atractivo. Es una soprano claramente dramática, con mucha coloratura y sabe coronar muy bien el canto. La escena no convenció del todo a pesar de su fuerza visual, pero estas dos voces sí.

Fotos

Vídeos