«Me amenazó con violar a mi hermana pequeña, quemar a mi abuela y matarme»

Los acusados de liderar el clan, de camisa blanca y abrigo azul marino, a la entrada de la Audiencia Provincial de Asturias ayer por la mañana antes del juicio.
Los acusados de liderar el clan, de camisa blanca y abrigo azul marino, a la entrada de la Audiencia Provincial de Asturias ayer por la mañana antes del juicio. / PABLO LORENZANA

Dos víctimas del clan de los Sandulache, acusado de trata de blancas, relatan en el juicio episodios de violaciones y palizas

CECILIA PÉREZ OVIEDO.

Un escenario de agresiones, humillaciones y aberraciones es el que dibujaron dos de las víctimas del clan de los Sandulache, que a la par comparecen como acusadas en el juicio que arrancó ayer en la Sección Segunda de la Audiencia Provincial al haber sido 'las carceleras' del resto de víctimas por imposición, se defendieron, de los líderes del clan.

Su testimonio evidenció la crueldad empleada por C. A. S. y S. S, los hermanos Sandulache, acusados de liderar la mayor organización criminal de trata de seres humanos que operaba en Oviedo y en dos clubes de alterne de Lugones y de Siero desde 2010 a 2013 cuando se desarticuló la banda criminal. Ellos, junto a otros dos compinches y las dos víctimas, también acusadas por la Fiscalía por un delito de trata de seres humanos, se enfrentan a más de 600 años de prisión.

Los primeros en testificar fueron los hermanos Sandulache. Comparecieron tranquilos aunque solo contestaron a las preguntas de sus abogados. Una defensa ejercida por Ricardo Álvarez-Buylla y por Alexandra Pop. Negaron todos los delitos y solo reconocieron haber mantenido «una relación amorosa» con las dos víctimas que comparecieron en la vista oral. Los otros dos procesados también negaron los hechos. Negaron las palizas a las jóvenes y haber recibido algún tipo de orden de los hermanos Sandulache a los que solo les unía una relación de «amistad».

«Nos obligaron a comer dinero con agua para poder tragarlo mejor»

La de ayer fue la primera de las ocho sesiones en las que se dividirá el juicio que se prolongará hasta el 19 de marzo. Una vista oral dura en la que se escuchó con todo detalle la brutal lista de presuntas agresiones que sufrían las jóvenes, obligadas a ejercer la prostitución en cuanto pisaron territorio nacional después de abandonar Rumanía en busca «de una vida mejor».

Sufrieron, contaron, violaciones, abortos, palizas indiscriminadas, cortes en los brazos con catanas y hasta las obligaron a comer dinero, detallaron durante el juicio las dos jóvenes. Víctimas y acusadas al mismo tiempo. La Fiscalía solicita para ambas una pena de ocho años y medio de prisión por un delito de trata de seres humanos. Fueron obligadas por los hermanos Sandulache a ejercer la prostitución y a algo más. Eran las carceleras del resto de chicas, nueve en total. El Ministerio Público las señala como las encargadas de controlar al resto de jóvenes, llevar las cuentas de todas las actividades realizadas e informar de cómo «había ido la noche». Ellas se defendieron argumentando que los hermanos Sandulache les obligaron a ello: «Yo solo les decía a las chicas que hiciesen lo que pedían para que no me pegaran», explicó una de las acusadas.

Su relato estremeció a la sala y su gran nerviosismo al contestar a las preguntas de la Fiscalía ante los dos hombres que arruinaron su vida. Su testimonio no dejó indiferente a nadie. «Vine a España de Rumanía con Cristian porque éramos novios. Me enamoré y solo quería formar una familia», explicó ante la sala. Su historia se truncó en cuanto llegó a Oviedo. Sin documentación, sin teléfono propio y amenazada de muerte, relató cómo fue obligada a ejercer la prostitución por el que consideraba su novio. «Me daba palizas y amenazaba con violar a mi hermana que tenía diez años menos que yo, con quemar viva a mi abuela y con cortarme en pedazos y meterme en un saco».

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El tema del dinero era lo que más preocupaba a los cabecillas de la red. El control sobre las once jóvenes era total. «Teníamos que informar todos los días de cómo había ido el trabajo y entregar el dinero en mano o se lo metíamos en su mesita». Hubo noches en las que recaudaron 10.000 euros, en jornadas laborales de más de doce horas. «Nuestro horario en el club era de cinco de la tarde a seis de la mañana».

A veces el dinero no era suficiente y eso tenía consecuencias: «Una noche solo recaudamos 700 euros. Nos dijeron que eso no era dinero, entonces nos trajeron agua para que pudiéramos tragarlo mejor y nos obligaron a comérnoslo», relató entre llantos. Hasta el punto que el propio C. A. S. llegó a gritar a las chicas que «si no valéis para putas id a pedir».

Esta testigo, víctima y también acusada, aseguró que «éramos propiedad privada» y que los acusados llegaban a ponerlas a todas «en fila» para propinarles puñetazos y patadas. Negó tener ningún tipo de «ventaja» sobre el resto de las chicas por ser novia de uno de los cabecillas. «Era la que más palizas recibía, no tenía derecho a llorar, ni a gritar, tenía que llorar en silencio». Relató que fue obligada a abortar cuando «estaba embarazada de quince semanas». También lo hicieron otras chicas porque a todas, dijeron, les obligaban a mantener relaciones sexuales sin preservativo con los clientes. También después de recibir las palizas, la novia de C. A. S. era obligada por él a mantener relaciones sexuales contra su voluntad. «No pensaba que me violaba. Creía que era algo normal».

Durante el juicio, otra de las acusadas, relató como a una de las chicas la llegaron a cortar el brazo con una catana. A otra, «al soportar mejor los golpes» porque en Rumanía había sido competidora de lucha libre, «la pegaban con más fuerza». Una de esas palizas la llevó hasta el hospital, dejándola una semana sin poder moverse de la cama y con graves secuelas en un oído. Una vez finalizado el juicio los acusados abandonaron la sala, libres porque eludieron la prisión preventiva al pagar una fianza. Se despidieron con una mirada amenazante de las dos jóvenes que relataron su particular infierno.

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