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«Las humanidades no son adornos»

Mary Beard, junto al vicerrector Francisco Borge, a su entrada en el salón de actos de la biblioteca del Milán.
Mary Beard, junto al vicerrector Francisco Borge, a su entrada en el salón de actos de la biblioteca del Milán. / ÁLEX PIÑA
  • Mary Beard conquistó el campus del Milán con su eterna sonrisa y su discurso ágil sobre historia y feminismo

Mary Beard conquista. Con su sonrisa perenne y con su discurso lúcido, ágil y divertido. Ayer se plantó en la biblioteca del campus del Milán, donde no cabía un alma y muchas se quedaron de pie, inauguró una placa que luce en el suelo con su nombre, soltó un elocuente «it's wondelful» al verla, cogió su teléfono móvil, la fotografió, la pisó con sus zapatos dorados y minutos después hablaba de historia, de feminismo, de romanos y de humanidades ante un auditorio encantado de escucharla.

La historiadora británica compartió escenario por Rosa Cid, directora del grupo de investigación Deméter y profesora de Historia Antigua; María Isabel Núñez Paz, profesora de Derecho Romano, y Laura Bécares, doctoranda. Se dejó interrogar por ellas y por un buen número de profesores de la Universidad de Oviedo instalados entre el público.

Empezó Beard rememorando el porqué de su afición por la historia, que nació con solo cinco añitos en una visita al British Museum con su madre. «Vi los mármoles del Partenón y me quedé boquiabierta», confesó antes de hablar de aquel trozo de tarta de 3.500 años de antigüedad que se conservaba dentro de una urna que un empleado abrió para ella. Aquello desató su curiosidad y abrió las puertas a una vocación que se hizo profesión y pasión en Cambrigde. Recordó a sus profesores, las influencias de Moses Finley y de Joyce Reynolds, una colega que hoy cuenta 97 años y a la que todavía da a corregir sus textos. No se olvidó de Keith Hopkins, quien le trazó el camino para conseguir que la historia sea entretenida. «Me decía 'esto está muy bien Mary, pero aburre soberanamente, tienes que hacer que sea interesante'». Y vaya si lo hizo. Cuatro millones de espectadores vieron su último documental sobre Pompeya.

Logró contar la historia con gancho y logró meterse a fondo en asuntos cotidianos y hasta hace bien poco inéditos. Empezando por tratar de revelar el papel de las mujeres en la historia y también el de las clases humildes. En ambos casos -apuntó- todavía queda mucho trabajo pendiente, mucho por escribir. 'La cultura clásica de una historiadora y feminista' era el título del acto celebrado en el Milán, de modo que era obligado hablar del papel de la mujer en el ayer y en el hoy. Las cosas han cambiado, pero no lo suficiente. «Cuando me siento optimista pienso que he vivido una revolución, al menos socialmente», reconoce, para añadir a continuación que quedan muchas asignaturas pendientes. «Hoy cuando se dice que una mujer es ambiciosa es una crítica, no es un cumplido, cuando para un hombre sí lo es. No hemos ganado la lucha y dudo mucho que yo viva para verlo. Cuando ser ambiciosa sea un cumplido, la habremos ganado».

La misoginia existe. Y más aún en internet: «Hay mucha basura misógina en las redes sociales». Beard se confesó víctima en muchas ocasiones de ella. Pese a todo y pese a otros muchos aspectos negativos, subrayó que «las ventajas sobrepasan a los inconvenientes» y se erigen las redes como otro medio más para llegar, para contar la historia, que es de lo que se trata.

La devaluación de las humanidades centró también su discurso. Considera Beard que los avances científicos requieren de una base ética y filosófica. «Las humanidades no son adornos. Son fundamentales en el avance de la sociedad». Y los aplausos resonaron en la abarrotada sala.

Habló también de la historia de los pobres, de su pasión por Pompeya, reveló que «los romanos comían muchos oricios», animó a los historiadores a trabajar con «los ojos muy abiertos» y se fue como había llegado, con una inmensa sonrisa.