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«El alemán prefiere irse a casa pronto, aquí el cafetín y el pincho no existen»

Nati con su marido, Harald, y sus hijos, Valentina y Alexander. /
Nati con su marido, Harald, y sus hijos, Valentina y Alexander.

Natividad Fernández Rojo trabaja en Ratisbona para la industria de automoción: «Tu tierra es tu tierra, la sensación de llegar a casa es indescriptible al margen de los años que lleves fuera»

M. F. ANTUÑA

Algo tuvo que ver el hermanamiento de Bochum y Oviedo para que Natividad Fernández Rojo (Gijón, 1973) acabara viviendo en Alemania. A esta ingeniera industrial que pasó de las Ursulinas al campus de Gijón siempre le gustaron los idiomas, siempre le llamó volar lejos. El caso es que una de sus mejores amigas, que había estado de Erasmus en Bonn, se fue a Bochum. Y Nati hizo la maleta para tres semanas y se quedó seis. «Fue un verano loco, con 23 o 24 años».

Y de aquel enamoramiento del país surgió la idea de lanzarse a la búsqueda de una beca Leonardo cuando estaba en sexto de carrera. Consiguió unas prácticas fin de carrera en Bosch Automotive en Karlsruhe, planteó hacer allí su proyecto de fin de carrera y todo fue, literal y figuradamente, sobre ruedas. Llegaba a su fin el siglo XX y para ella empezaba 2000 con trabajo en Alemania. «Me dijeron 'si quieres te quedas', eché cinco currículos, hice cuatro entrevistas y me hicieron cuatro ofertas de trabajo». La decisión estaba tomada.

Nati se quedó pero cambió de destino. Se fue a Ratisbona, una bonita ciudad medieval con 140.000 habitantes, en la que aún vive hoy. Entró en Siemens Automotive, que más adelante pasó a manos de Continental, y comenzó a trabajar en investigación y desarrollo. Viajaba entonces un montón: por trabajo (Suecia, Sudáfrica...) y también por placer: Centro Europa es un cogollo que permite conocer diferentes países sin grandes desplazamientos. En lo profesional la cosa iba bien y en lo personal, apareció Harald, hoy su marido. Se casaron en 2006 y después llegaron Valentina (cinco años) y Alexander (siete), dos niños bilingües que disfrutan visitando a sus abuelos en Gijón. La maternidad en Alemania, cuenta Nati, es otra cosa. «Aquí las mujeres se cogen tres años, y los doce primeros meses están remunerados». Ella estuvo un año sin trabajar por cada niño y de vuelta al tajo se encontró con que aunque se respeta el empleo, la empresa puede recolocarte en otro puesto. Así que de investigación pasó a ventas y ahora ejerce de jefa de compras. Su caso no es el más común en esta zona de Alemania, donde, sostiene, son muy conservadores. «Solo las extranjeras trabajamos a tiempo completo, el rol de la mujer en España está a años luz, aquí muchas se quedan en casa o trabajan a media jornada», dice.

En el plano estrictamente laboral elogia la seriedad y el compromiso germánico. «Te dan responsabilidad y holgura, confían en ti, siempre hay un margen de confianza, y tu jefe te trata al mismo nivel, es un compañero y la gente no se corta nada con él», apunta. Y da otros datos: «El alemán prefiere irse pronto a casa, comer en media hora y cumplir con su trabajo; el cafetín y el pincho no existen».

Se puede, de esta forma, disfrutar de las tardes libres en una ciudad Patrimonio de la Unesco con muchísimos universartarios y, por ende, con montones de bares. Hay ambientillo, y hasta buena comida, pero nada que se parezca a los chipirones, los guisantes con jamón y las croquetas de mamá, que más de una vez viajan facturados desde Gijón rumbo a la nevera de Ratisbona. La familia es la gran añoranza. «A mí me apetecería volver, pero no he mirado nada», reconoce Nati. «Tu tierra es tu tierra, la sensación de llegar a casa es indescriptible independientemente de los años que estés fuera».

 

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