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«Portugal está perdiendo parte de su identidad por culpa del turismo»

«Portugal está perdiendo parte de su identidad por culpa del turismo»
Daniel Paz, en la costa portuguesa.

El ovetense Daniel Paz trabaja en una compañía energética en el país vecino

Azahara Villacorta
AZAHARA VILLACORTAGijón

«Tengo miedo de que me quiten el carnet de asturiano porque ya se me ha debido olvidar hasta escanciar», bromea Daniel Paz, ovetense del 75 que, cuando terminó la Universidad, se fue un año a Inglaterra «a darle un poco al inglés» para, después, regresar a España y terminar encontrando trabajo en Madrid. Así que el exilio de este economista viene de lejos y ahora lo encontramos por Cascais junto a su mujer y a sus dos hijos.

Allí trabaja desde hace dos años para una compañía energética en el área de operaciones comerciales y allí tiene pensado quedarse por lo menos un par de ellos más. Pero es que, anteriormente, había estado otros cuatro en otro departamento de la misma compañía, así que ya puede considerarse portugués de adopción.

«La primera vez que vine, entre 2008 y 2012, la adaptación me costó un poco más por el idioma, porque no había estudiado nunca portugués», admite. Y, además, cometió el típico error de principiante: «Siempre pensamos que, como el idioma leído es fácil de entender, a la hora de hablar será lo mismo, pero fonéticamente es una lengua muy compleja y también es verdad que, una vez que consigues comunicarte con el 'portuñol', avanzar hasta conseguir hablarlo bien resulta complejo».

Ayudó bastante que, «a pesar de que notas algunas diferencias culturales, la forma de vida es muy parecida», afirma. A lo que se suma otro punto a su favor: «Que estás muy cerca de España y, además, con vuelos directos a Asturias».

Así que, si tiene que enumerar los aspectos positivos de nuestros vecinos, no alberga dudas: «Lo que más me gusta del país son los portugueses. Su carácter tranquilo y, sobre todo, que son muy educados en el trato. De hecho, al poco tiempo de llegar, en el supermercado, oía que, cuando alguien pasaba cerca de mí con el carrito, susurraba una frase que no entendía muy bien. Luego, con el tiempo, me di cuenta de que lo que te decían era 'com licença', que es una especie de 'con permiso', y ahora es mi hija quien lo dice cuando va por casa».

En segundo lugar, coloca la comida: «Aparte del bacalao, que me encanta, el pescado en general preparado a la brasa esta buenísimo. Eso sí: no entiendo por qué no hay lentejas en el súper». Y, en el tercer puesto del podio, las playas, «aunque el agua está muy fría casi durante todo el año y lo del baño te echa para atrás».

Con esas tres grandes bazas a su favor, hay, en cambio, muy pocas pegas que ponerle a Portugal: «Si acaso, el transporte, que es mejorable. En general, se utiliza mucho el coche, muchas carreteras son de pago y los servicios públicos fuera de Lisboa y de Oporto no funcionan muy bien».

Y, como causa ajena, uno de los grandes males que acechan a las ciudades en estos tiempos: «La gentrificación, que se ha notado mucho en los últimos años. El país se está poniendo muy de moda como destino turístico y realmente se esta mejorando e invirtiendo mucho en infraestructuras, lo que es muy bueno a efectos económicos, pero, por otro lado, se está perdiendo parte de su identidad. Por ejemplo, el aire decadente de Lisboa, una ciudad que parece que ya no es para los lisboetas, sino para el turismo. Y en Oporto ocurre algo parecido. Hay hasta tuc-tucs por el centro», lamenta.

Desde esa atalaya lusa, a los españoles «nos ven como a gente que habla muy alto y muy abierta. Siempre me comentan que les gusta mucho eso de que salgamos tanto y estemos en la calle y lo de tomar unas cañas cuando terminamos de trabajar». Un punto de observación desde el que Dani Paz observa a España «con claroscuros»: «Parece que va tirando para delante, pero al mismo tiempo estamos sufriendo muchos cambios, sobre todo en el panorama político, y creo que todavía no acabamos de entenderlos. Por comparar, aquí el último gobierno surgió de una coalición de izquierdas que, a pesar de que no se esperaba que durara mucho, continúa gobernando y, según parece, haciéndolo bien. En España, aquello de estar casi un año sin ponernos de acuerdo para formar ejecutivo no tuvo nombre». Y, en el plano laboral, es bastante pesimista: «Tal y como está el panorama, tendremos que trabajar hasta los 75».

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