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«Bogotá es el polo opuesto a Viena»

Irene con su marido, Bernhard Langer, y sus perros, en Villa de Leyva, Colombia./
Irene con su marido, Bernhard Langer, y sus perros, en Villa de Leyva, Colombia.
Asturianos en la diáspora

Irene Prado llegó en 2000 a Austria y ahora vive temporalmente en Colombia | Gijonesa diplomada en Empresariales, ejerce desde hace quince años como broker de la industria forestal

M. F. ANTUÑA

Ahora su vida está en Colombia; pero pronto, a lo largo de este año, Viena volverá a ser su lugar en el mundo. Irene Prado Miguel (Gijón, 1973) se diplomó en Empresariales en León y un buen día decidió que quería mejorar su alemán, pidió una beca para ir a trabajar a Viena, se la concedieron y en el año 2000 se instaló allí. «Desgraciadamente, las cosas se torcieron en España a los pocos años por la crisis y ya nunca pude volver».

Emplea el término desgraciadamente, pero en realidad Irene ha sido muy feliz en Viena. La capital austriaca le entusiasma. «Es una de las ciudades más románticas de Europa». Las razones son múltiples: la oferta cultural, la belleza, los cafés, los puestos de ostras, los bailes de invierno en los palacios, los tranvías... «Emana tranquilidad e inspira creatividad». Y tiene un punto extra: «Produce vino y tiene viñedos dentro de la ciudad». Allí encontró trabajo, amigos y amor. Vienés es su marido, Bernhard.

Dese hace 15 años es broker de la industria forestal: «Compro y vendo contenedores de materia prima para la producción de todo tipo de papeles y cartones, desde papel higiénico hasta papel de periódico, pasando por cajas para fruta o televisores, o tickets de compra o recibos de cajero automático... incluso dinero o cigarrillos. Por poner un ejemplo, compro unos contenedores de algún tipo de papel en Corea, y los revendo en Jamaica». El caso es que el trabajo la tiene viajando más de seis meses al año. «Por muy estresante que sea, en cierto modo, compensa», dice.

No se queja, pues, aunque sí pone pegas a la forma de trabajar de los austriacos. Son profesionales bien formados, extremadamente puntuales, duros, exigentes y organizados. Y tanto prurito, a veces, resulta demasiado: «Su nivel de tolerancia es mínino. Si un comercio cierra a las seis de la tarde, a las 5.59 ya están echando el candado y son capaces de cerrarte la puerta en plena cara aunque vayas a comprar un Rolex». Y además, la discriminación laboral y salarial para las mujeres, existe: «Considero que las oportunidades profesionales para las mujeres en España, sobre todo para puestos de alto nivel, son mayores que en Austria, a pesar de lo liberales que quieran venderse».

Los austriacos son cultos, viajeros y animados y la oferta cultural de su país «es interminable». Con un humor sarcástico y muy peculiar, hacer amigos austriacos requiere esfuerzo, pero tiene recompensa. Sostiene Irene que muchos españoles dicen no integrarse y culpan a los austriacos de ello, cuando ellos tampoco le ponen ganas al reto. «Cuesta mucho hacer amigos e integrarse, y la única forma de hacerlo plenamente es dominar el idioma y ponerle mucho empeño para que ellos sientan que eres uno de los suyos. Una vez llegado a ese punto, pueden llegar a ser los amigos más fieles y más divertidos y, además, de por vida».

Esa ciudad que tanto ama le pilla ahora muy lejos. «Mi marido es vienés, pero trabaja para Suiza, y yo para Austria y, por trabajo, tiene que pasar mucho tiempo en Latinoamerica por lo que hemos tenido que estar allí ubicados los dos últimos años». Su eje está en Bogotá, en un apartamento que comparten sus tres perritos recogidos en la calle: dos colombianos y una mexicana. «Esta Semana Santa los traeremos ya por fin y definitivamente a Europa, ya que a partir de 2018 viajaremos menos y podremos reubicarnos en Austria o Suiza».

Con 8 millones de habitantes, «Bogotá es el polo opuesto de Viena: desorganizada, escandalosa, insegura y con mucha polución». Pero «la gente es muy alegre y abierta y se adaptan mejor a las situaciones adversas que los austriacos. No pierden la calma por muy grave que sea la cosa».

Pero Irene prefiere Viena. Y Asturias, «un paraíso en todos los sentidos», del que añora hasta el ruido: «Cuando llegué a Viena no podía dormir porque no había ruido por la noche». El carácter asturiano, las tradiciones, la comida están siempre en mente. «Esta tierra tiene algo especial que no es comparable a ningún sitio donde haya estado antes». Y ha visitado casi cien países. Dicho lo dicho: «Tanto mi marido como yo estamos locos por volver». Sabe que económicamente es cuestión complicada y sabe también que ya no podría vivir sir visitar Viena al menos una vez al año. «Después de 17 años se ha convertido en mi segunda casa».

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