«Alguien tiene que pagar por lo que pasó, darme por muerto no es normal»

«Alguien tiene que pagar por lo que pasó, darme por muerto no es normal»
Gonzalo 'el Chino' Montoya en la cocina de su casa familiar del Postigo Bajo, en Oviedo. / MARIO ROJAS

«En la cárcel hay mucha droga, mucho trapicheo y muchas peleas. No es para nada como lo pintan. Cada dos por tres había un navajazo»

PABLO SUÁREZ GIJÓN.

Hace más de una semana que salió de la cárcel, donde había entrado por robar chatarra. Pero Gonzalo Montoya (Oviedo, 1988) sigue tratando de acostumbrarse a la sensación de despertar en casa rodeado de sus hijos, quienes llegaron a pensar que no lo volverían a ver. Especialmente después de que hasta tres médicos confirmasen su muerte, que al final no fue tal. Ahora, 'el Chino', como le conocen en su entorno, confía en deshacerse de los malos recuerdos y comenzar un vida nueva.

-¿Cómo se encuentra una semana después de salir de prisión?

-Estoy bien, gracias a Dios. Aprovechando el tiempo con mi familia, llevando a los niños al parque... Al principio estaba muy nervioso y desorientado, pero ahora ya me voy soltando poco a poco.

-¿Y la búsqueda de trabajo?

-Ya me apunté al INEM y ahora estoy a disposición del que quiera contar conmigo. A mí me gustaría trabajar de carpintero o algo relacionado con la mecánica. Es el tipo de trabajo que se me da bien, pero no tengo problemas en trabajar de lo que sea. Si es un trabajo duro, lo haré. Ahora estoy cobrando la cancelación, que ronda los 400 euros y con la que, junto a lo que cobra mi mujer, podemos pagar los gastos. No obstante, no me importaría perderla si a cambio tengo un trabajo estable. También quiero ahorrar para sacarme el carné de conducir.

-¿Cree que le puede ayudar el hecho de ser conocido por lo que le ocurrió?

-Puede ser. Lo que espero es que alguien que tenga buen corazón me vea y me haga una prueba para convencerle. Iría con los ojos cerrados a cualquier oportunidad que me surgiese.

-¿Sigue sin recordar nada de aquello?

-Sé lo que me ha contado mi familia. Mi memoria de aquello termina en el momento en que me tomé las pastillas con alcohol. Sí creo recordar el instante en el que abrieron la bolsa de cadáveres y pude coger aire. Luego me llevaron al HUCA y no sé cuanto me tiré ahí. Aquello fue un milagro. Soy creyente y creo que fue mi abuelo el que me ayudó a despertar. Cuando abrí los ojos tenía a mi mujer cogiéndome la mano.

-¿Persiste en su intención de llevar el caso a juicio?

-Sí, claro. Mi abogado está en ello. Estamos pendientes de recibir las actas de algunas pruebas que se me hicieron y que no les interesa que salgan a la luz, por lo que tratan de ocultarlas. En esos informes queda reflejado el error de los médicos. Darme por muerto no es normal. Alguien tiene que pagar por eso. Fueron tres los profesionales que confirmaron mi muerte. Incluso se pusieron en contacto con mi familia para decidir qué se hacía con mi cadáver.

-Usted siempre mantuvo que le deberían haber dejado libre después de lo que sucedió.

-Sí. Eso fue muy injusto. Cuando 'fallecí' yo ya tenía pedido el indulto, por lo que después de aquello me lo tenían que haber concedido definitivamente. Se portaron muy mal. Es verdad que vino a verme el subdirector de la prisión y varios funcionarios, pero al final me comí hasta el último día de condena.

-¿Por qué cree que volvió a la cárcel?

-Me tenían manía. El sistema tiene muchos errores y en la cárcel siempre pagan justos por pecadores

-¿Considera que ser gitano pudo influir?

-Claro que sí. Hubo mucho racismo en esa decisión. Me tiré los tres años y seis meses sin un solo permiso, mientras que a los payos se les concedían constantemente. Cuando los veía marchar unos días fuera con sus familias para mí era muy duro. Me comía mucho la cabeza y me tiraba semanas sin comer, 'chinándome' los brazos. Es cierto que tuve un par de peleas con unos chavales, pero porque me tuve que defender. No está justificado el no haberme concedido permisos. Casi me ahorco tres veces. (Se emociona).

«La cárcel es muy dura»

-Se refiere al centro penitenciario como si fuese un lugar caótico.

-Eso es un primer grado camuflado. Esa cárcel no es como la pintan. En enfermería yo estaba muy cómodo, porque estaba mucho más cuidado. En cambio, los módulos 7 y 8 son un barrio sin ley. Hay mucha droga, mucho pastilleo, mucho alcohol, mucha pelea, mucho trapicheo... Hay de todo. Cada dos por tres había un navajazo. Hay gente que se hace muchos pinchos. Con una lata de atún ya le puedes cortar el cuello a alguien. Tenías siempre que llevar un bolígrafo encima por si te atacaban. Todavía tengo pesadillas de aquello.

-¿Y el trato de los funcionarios?

-Muchos bien y otros mal. Los había muy racistas y luego también estaban los que eran más comprensivos. Encontré apoyo en alguno, como en don Rafael, que siempre me preguntaba por los niños, me ofrecía llamar a mi familia... Respecto a cuando hay conflictos, los funcionarios tienen miedo y solo salen cuando terminan las peleas.

-¿No ayuda la cárcel a madurar y estructurar el futuro?

-No. La cárcel no tiene ningún lado bueno. No se la deseo ni a mi peor enemigo. Es muy dura. Todo el día la misma rutina. Muy lejos de la familia. No obstante quiero decir que en la cárcel también me encontré a buenas personas. Gitanos, payos, mercheros, colombianos, rumanos... Muchos me ayudaron en mis momentos de crisis nerviosas o cuando me daban ataques venían corriendo a meterme la cartera en la boca. Pero perdí mucho tiempo de pasar con mis hijos.

-¿Desde su punto de vista cree que es posible mejorar esta situación?

-Desde que a mí me pasó aquello ha cambiado un poco. Ahora en los vis a vis cachean mucho para evitar la entrada de drogas y pastillas. Deberían realizar cacheos integrales. Mucha droga la meten en la mano o en los playeros y es el inicio de un problema que termina en consumo, deudas y presos pinchando a otros. Lo que no me gusta es que en el módulo 7 y 8 hay menos control que en otros módulos. Dejan a los presos administrarse ellos mismos la medicación.

-¿Tuvo problemas con las drogas?

-Yo no consumo. Llevo sin consumir desde cinco años antes de entrar a la cárcel. Estoy completamente limpio. Ahora, además, tomo medicación.

-¿Es ahora feliz?

-La verdad es que sí. Tengo una mujer que no me la merezco y unos hijos muy cariñosos.