El aumento de trastornos en hijos de padres separados atasca las consultas de salud mental

Una madre se columpia junto a su hijo en un parque infantil. / P. SEVILLA
Una madre se columpia junto a su hijo en un parque infantil. / P. SEVILLA

Los especialistas afirman que «la demanda ha crecido de manera exponencial» por los efectos reactivos que padecen los niños

LAURA MAYORDOMO GIJÓN.

Cuando una pareja se separa se rompe un vínculo sentimental, pero cuando hay hijos de por medio, lo que no debería romperse nunca es el vínculo familiar. Sin embargo, «frecuentemente eso no ocurre». Venancio Martínez, pediatra en el centro de salud de El Llano (Gijón) y presidente de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (Sepeap), habla con conocimiento de causa de un fenómeno cada vez más habitual en las consultas. El de tener que atender a niños con cuadros de ansiedad, «e incluso depresión», a raíz de la separación poco amistosa o el traumático divorcio de sus progenitores. Son casos que tratan de resolverse en la propia consulta del pediatra. «Lo ideal es tener una cita conjunta con los dos progenitores para hacerles ver la importancia de anteponer la salud del niño a sus intereses particulares, la importancia de reforzar la relación con el otro progenitor y con la familia de éste y la importancia de que no creen problemas innecesarios». ¿Es efectiva esa intervención? En la mayoría de las ocasiones «no», lamenta.

Asturias volvió a ser en 2017 una de las comunidades con mayor tasa de divorcios y separaciones en relación a su población, solo por detrás de Cataluña, Comunidad Valenciana y Canarias y empatada con Madrid, Baleares y Cantabria. Las estadísticas del INE relativas a ese año -las últimas disponibles- señalan que el 22% de los 2.360 divorcios y separaciones que se registraron en Asturias se clasificaron como «contenciosos». Pero la realidad es que incluso en las disoluciones matrimoniales de mutuo acuerdo «con el tiempo acaban apareciendo problemas y una utilización de los hijos», señala Martínez.

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«Los adultos se enzarzan en batallas en las que no respetan la salud mental del niño porque anteponen sus intereses», abunda el psiquiatra y jefe de salud mental del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), Julio Bobes. Y si bien la capacidad de adaptación de los niños a la nueva situación suele ser aceptable, la tensión bajo la que viven en ocasiones «tiene consecuencias». Entre las más leves, la aparición de tics, episodios de enuresis o la pérdida del control de esfínteres. También un menor rendimiento escolar. Pero en las consultas de salud mental «empezamos a ver niños estresados» como consecuencia del divorcio de sus padres.

A la privada

Dice Bobes que la demanda de atención especializada ante trastornos derivados de las rupturas matrimoniales «ha crecido de forma exponencial» en los últimos años. Cree que ha tenido mucho que ver también que «ahora el nivel de aceptación de las sentencias o de las medidas provisionales dictadas por el juez es muy inferior al de hace, por ejemplo, una década». Y eso se traduce en la solicitud de «informes de todo tipo», periciales y evaluaciones que han «atascado» las consultad de salud mental en la sanidad pública y lleva a muchos padres a recurrir a profesionales privados para agilizar los trámites. Porque son consultas que requieren de mucho más tiempo. «Un niño no es como un adulto, que habla y te cuenta sus problemas. Aquí la exploración es indirecta», abunda el psiquiatra. Así que la capacidad del sistema público de absorber esta demanda «es limitada».

Mientras la prevalencia de las enfermedades mentales graves se mantiene estable y relativamente baja -como ejemplo, los trastornos del espectro autista solo afectan al 0,5% de la población infantil-, «ahora son los trastornos adaptativos y reactivos los que más tiempo nos consumen», reconoce Julio Bobes.