De la braña hasta la Casa del Puerto, con orgullo vaqueiro

La Reina de la Trashumancia, Danessa García, sale de la braña de Las Tabiernas. / FOTOS: B. G. H.
La Reina de la Trashumancia, Danessa García, sale de la braña de Las Tabiernas. / FOTOS: B. G. H.

Danessa García, la Reina de la Trashumancia, lideró la bajada del monte como se hacía antaño, a caballo y con todos los enseres

BELÉN G. HIDALGOTINEO.

«Los vaqueiros vanse, vanse. Las vaqueiras choran, choran». Es el lema de esta Fiesta de la Trashumancia, que llevó a la Casa del Puerto la tradición vaqueira de Tineo. A media mañana en la braña de Las Tabiernas se acicalaba a los bueyes para 'xuncirlos' al carro, como antaño. Tocaba dejar la braña tras todo un verano. Y como los vaqueiros de entonces, había que alzar con todo. «En el carro llevamos lo que representa aquella forma de vida, en la que no había de nada. Llevamos la 'escudilleira', con todos los utensilios de cocina; la cabecera de la cama, las mullidas y el xugu, la freidera para hacer la manteca, el medidor de la leche, el tronzón de la leña...», describía Juan García Gayo, más conocido como Juanín de Las Tabiernas, el encargado de organizar desde hace más de treinta años esta fiesta. También viajaron con toda la comitiva las cabras y las pitas.

No tardó en llegar la Reina de la Trashumancia, Dannesa García, de Casa Manín. «Mi padre hacía la trashumancia desde aquí, en Las Tabiernas, hasta Silvallana», recordó con orgullo. Era una niña cuando vivió la última trashumancia. «Me costó entender que las vacas entrasen por la misma puerta que las personas y recuerdo la llariega en la que cocinaba mi abuela».

Tras un abundante kilómetro de recorrido, la reina llegó a la Casa del Puerto, donde esperaba para oficiar la misa el sacerdote, Alfredo de Diego, que recordó cuando los vaqueiros entraban a la iglesia por una puerta diferente, pues eran «personas tristemente marginadas». El cura recordó con el poema 'Mi vaquerillo', de José María Gabriel y Galán, la «dura vida» de los trashumantes.

Duras también fueron las mujeres que alumbraron a sus hijos en casa «a la luz de la llariega». Este año la organización rindió tributo a Herminia Calzón, de Cezures, y Maruja Parrondo, de Tineo, dos de aquellas madres cuyo esfuerzo «pasó desapercibido por la sociedad».

Emocionada, Herminia Calzón, rememoró cómo casi da a luz a su hijo en un prau porque era julio y «andaba a la hierba». Su hija, en cambio, llegó al mundo en pleno invierno y el parto tuvo que ser atendido por el médico, «que tuvo que venir desde La Espina hasta Cezures en caballo. Se hacía eterno». Eso sí, ser madre, confesó, «es lo más bonito que me pasó en la vida».

Madre orgullosa de cinco varones es la otra homenajeada, Maruja Parrondo, que dio a luz en su casa, cerca de la capilla de San Roque. «Ahora ser madre es una bicoca. Entonces no había agua corriente ni pañales. Recuerdo ir a lavar a la fuente con unos calambrizos que metía miedo», comentaba. Sus vecinas le asistieron en los partos, ayudadas por la matrona, a la que aún recuerda como doña Olvido.

Ya por la tarde, los Hermanos Cossío, de Cantabria, recibieron la 'Payetsa de Plata' y cantaron sus canciones, centradas en el duro trabajo del campo. Pero antes, todos disfrutaron de una comida con sabor vaqueiro a base de pulientas, frixuelos y arroz con leche.