La noche que siempre es la misma y distinta

La noche que siempre es la misma y distinta
Decenas de personas eligieron el Puerto Deportivo para contemplar el espectáculo. / JOAQUÍN PAÑEDA

«Lo mejor, el final. El mejor en mucho tiempo», fue el comentario más escuchado tras el espectáculo

PABLO ANTÓN MARÍN ESTRADA GIJÓN.

La Noche de los Fuegos -como la de San Xuan- es siempre la misma y distinta. Mágica para los ojos asombrados de los niños y con una chispa de ese fulgor saltando a la mirada de quienes un día lo fueron. Que es la misma lo repiten esos otros, incapaces ya de deslumbrarse por nada o demasiado agriados por todo. Y que es distinta lo hubiésemos podido comprobar si la siguiésemos como en un barrido de cámara instalada en un dron. Desde allá arriba habríamos visto cómo una hora antes de la medianoche del martes fluían ríos de gente desde los barrios de la ciudad hasta la línea de costa.

Y una vez sobre ella -figurémonos que nuestros ojos son los de esa cámara en el dron- comenzaríamos a recorrer la fiesta desde Poniente hasta la playa de San Lorenzo. De allí abajo llegaban los ritmos 'folixeros' de la orquesta Assia con la inconfundible voz de Luismi jaleando al personal y, sobre la arena, corros de jóvenes y no tan jóvenes celebrando la alegría de estar juntos unos Fuegos más. Y por el paseo de Fomento, de nuevo los ríos humanos avanzando hacia las atalayas más animadas para disfrutar del espectáculo.

Todo igual y distinto que cada víspera de Begoña en Xixón. Los puestos de helados hacían, por fin, su agosto. Los restaurantes y las terrazas estaban llenos a rebosar y un grupo de jipis millenials, con sus perros, sus flautas y una guitarra, coreaban cerca de 'Las letronas' una irreconocible canción de Nirvana. A esa hora llegaban a la plaza del Carmen autobuses con overbooking, partía del puerto deportivo una flotilla de embarcaciones de recreo hacia la concha de San Lorenzo y se registraban importantes retenciones de carricoches en las calles aledañas al Muro.

Nuestro dron había llegado en su barrido hasta la misma Escalerona y visionaba a la multitud que la había tomado como una Bastilla para asistir al festival pirotécnico en asiento de grada. Las ventanas encendidas de los edificios de la avenida Rufo Rendueles iluminaban un cielo despejado en el que las estrellas apenas eran pálidas cabezas de alfiler y hasta Venus, allá en lo alto, pasaba desapercibida a pesar de haberse puesto su mejor traje de verano.

En la arena

Cinco minutos antes de las doce sonó un chupinazo y las farolas del Muro se apagaron. Un nuevo disparo aumentó la tensión cuando faltaban solo dos minutos para el comienzo de la verbena áerea. Nuestro dron aterrizaba sobre la playa para quedarse allí, como hicieron centenares de espectadores, a aprovechar el desahogado observatorio ofrecido por la marea baja. Y desde ese punto admiró el primer sauce llorón y la primer suite de palmeras doradas alzándose sobre el perfil de la iglesia de San Pedro.

A partir de entonces sería un incesante pasmo con cada nuevo número de artificios: gusanos colgantes, lágrimas, racimos de uvas, nubes deslizantes, meteoros que estallaban en nuevas palmeras y manantiales de luz fugaz. Todo igual y distinto que cada noche de Fuegos. Incluso el comentario que más se escuchaba cuando todo acabó: «Lo mejor el final». Y alguien lo matizaba: «No. El mejor final en mucho tiempo».

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