San Miguel de Lillo «no es un párking»

La entrada a San Miguel de Lillo, vallada. / PABLO LORENZANA
La entrada a San Miguel de Lillo, vallada. / PABLO LORENZANA

El Ayuntamiento instalará nuevas barreras antiaparcamiento en la entrada del monumento prerrománico y renovará la señalética del entorno

A. A.OVIEDO.

La de pretender aparcar a las puertas de allá donde vayamos es una cuestión muy nuestra; sin embargo, en el monumento prerrománico de San Miguel de Lillo no volverá a ocurrir. Al menos eso es lo que se han propuesto desde el Ayuntamiento, que instalará, justo a la entrada de la iglesia, nuevas barreras antiaparcamiento. Además, también se renovará la deteriorada señalética del entorno. Unas medidas dirigidas a reducir esa escena tan veraniega en la que los vehículos se agolpan sobre la línea amarilla que separa el jardín de San Miguel del alquitrán.

En ese sentido, la Policía Local ya ha cercado la zona con vallas de plástico y cintas durante los pasados días para impedir el posible estacionamiento. Lo primero, repintar las marcas amarillas del trazado y cambiar las señales.

No obstante, los vecinos del núcleo residencial del entorno de Santa María del Naranco, que aplaudieron la medida municipal, también señalaron otras soluciones a los «problemas» del monte. «Aquí arriba lo que tienen que hacer nuestros gobernantes es adecuar unos accesos decentes para que la gente suba andando y no con el coche, porque ya era desproporcionado lo que se estaba armando allí. San Miguel de Lillo no es un párking», explicó, en declaraciones a este diario, Jesús Cabada, secretario de la Asociación de Vecinos Fuente de los Pastores.

Las actuaciones, a su vez, coinciden con el tramo final de las labores de restauración del interior del edificio que están llevando a cabo los profesionales de la empresa Ártyco y que, entre otras cosas, han sacado a la luz varios murales en la bóveda sur y tres escudos en el ábside pertenecientes a familias ovetenses de la época medieval. Los trabajos culminarán a lo largo del próximo mes de septiembre, después de dieciséis meses de trabajo en dar un lavado de cara a Lillo.