El valor de la política

Contribuyó de forma decisiva a la lucha por la democracia, primero, y al progreso de Gijón y de Asturias, después

francisco carantoña álvarez
FRANCISCO CARANTOÑA ÁLVAREZ

España se ha vuelto un país duro para quienes se dedican a la actividad política. La crisis económica, la corrupción y la mediocridad de muchos de los nuevos dirigentes, derivada de la perversa tendencia de los partidos a convertirse en clubs cerrados destinados a la promoción de sus asociados, han conducido a que se generalice un descrédito muchas veces injusto. Sin embargo, es un país democrático, uno de los más libres del mundo, que ha prosperado enormemente en las últimas décadas. Algo se deberá a quienes, desde los ayuntamientos hasta el Gobierno central, lo han gestionado. Al menos, a buena parte de ellos.

Vicente Álvarez Areces entró en la política cuando de ella solo podía obtener persecución e incluso la cárcel. No hay forma más noble de practicarla que en la oposición a una dictadura. Sufrió detenciones, un expediente académico y hasta prisión por haber sido uno de los líderes del pionero 68 de Santiago de Compostela, de nuevo por apoyar, en 1972, a los obreros de Bazán, que habían sido tan duramente reprimidos en Ferrol: dos de ellos murieron por las balas de la Policía. No se libró de la represión cuando ejerció como profesor en Galicia y en Asturias.

Lo conocí en 1974, cuando mi padre lo contrató para que me diese clases particulares de matemáticas, creo recordar que por recomendación de Viliulfo Díaz y sin que su conocida militancia en el PCE supusiese un obstáculo. Nunca intentó atraerme al partido, aunque él sabía de mi activismo contra la selectividad, que entonces pretendía imponer el ministro Martínez Esteruelas, y yo que era comunista. Siempre cordial, la relación profesor-alumno se fue acercando a la amistad. En su casa coincidí con Gil Guerreiro, que me había dado clase el año anterior, también nos encontrábamos en la Sociedad Cultural Gijonesa y en la carbayera de Los Maizales, en los días de la cultura. En uno de ellos descubrió que mi izquierdismo me llevaba por camino diferente al suyo cuando me vio con 'Mi vida', de Trotski, que acababa de comprar. De todas formas, a él lo asocio con otro libro: aprendí ese año matemáticas y lógica por medio de la ingeniosa 'Introducción a la lógica formal', de Alfredo Deaño, la única obra de esa materia que recuerdo con cariño. Poco después me hice amigo de Carlos Deaño, hermano menor del malogrado lógico, entonces también camarada. Algo más tarde, a comienzos de los ochenta, Juan Cueto me presentaría a Mercedes Cabrera, todavía no conocida como brillante historiadora, como «la viuda de Alfredo Deaño». Espero que se me disculpe esta asociación de recuerdos personales, ligados por Tini y Deaño, porque todavía está vivo el luto por el 'filósofo del Piles', como cariñosamente lo llamaba mi padre.

Tini Areces, Juan Cueto, Paco Prendes, también tristemente fallecido ayer, cada uno a su manera, pertenecían a una generación que, desde los años sesenta, contribuyó a crear la España democrática y moderna, incluso cuando todavía eran muy jóvenes y permanecía el dictador en el Pardo. A pesar de que están de moda los revisionismos iconoclastas de diverso signo, tengo la impresión de que ya se la echa de menos.

En 1978 llegó la crisis de Perlora, la salida del PCE y una larga etapa de transición para Tini Areces, que todavía era independiente cuando en 1987 ganó la alcaldía al frente de la candidatura del PSOE. Volví a tener un contacto más estrecho con él a comienzos de los ochenta, cuando el ayuntamiento lo hizo miembro de una especie de comité de sabios que debía orientar a los jóvenes inexpertos a los que había puesto al frente de la Universidad Popular, cuyas actividades había inaugurado precisamente Juan Cueto en 1982. Nunca lo perdí del todo, aunque mi traslado a León en 1983 me alejó inevitablemente de muchos de mis amigos gijoneses.

No creo que ningún gijonés, por muy alejado que esté de sus ideas políticas, pueda poner en duda que transformó la ciudad y no solo el urbanismo. José Manuel Palacio había hecho cosas importantes, especialmente en los barrios, pero el cambio que introdujo Tini fue también cultural. Gijón se modernizó y, desde el 'Elogio del Horizonte' a la Semana Negra, cambió su imagen, pasó a convertirse en una referencia incluso fuera de España.

Como presidente del Principado, se le ha criticado por los grandes proyectos, pero precisamente por ellos será recordado. Asturias tiene muchos problemas, pero el HUCA ayuda a reducir los de la sanidad; el Niemeyer contribuye a dar vida a Avilés; El Musel ampliado es un activo que demostrará su importancia para economía asturiana; la AS-II desdoblada será cada vez más útil para unir a Gijón y Oviedo.

Tenía ideas y energía para llevarlas a cabo. Era pragmático, pero probablemente eso colaboró a hacerlo eficaz. Sin duda cometió errores y se puede discrepar de sus decisiones políticas, pero contribuyó de forma decisiva a la lucha por la democracia, primero, y al progreso de Gijón y de Asturias, después. Podía sentirse satisfecho.