La muerte de Philip Roth tiñe de luto un Princesa de las Letras que «sabe» a Nobel

La muerte de Philip Roth tiñe de luto un Princesa de las Letras que «sabe» a Nobel
Philip Roth posa con su Manhattan al fondo, en una imagen de archivo. / REUTERS

Eterno candidato al premio de la Academia Sueca, que hace aguas, logró el galardón asturiano en 2012

PACHÉ MERAYO OVIEDO.

Dos noticias se cruzaron ayer en el Reconquista con el prólogo del Premio Princesa de Asturias de las Letras. Las dos son ausencias. Una, la de Philip Roth, que se fue para siempre, y otra, la del Nobel que volverá el año que viene, pero que este deja un evidente vacío en el calendario cultural del mundo. Las dos atañen a cuantos aprecian la cultura, pero especialmente al jurado que en otro tiempo, en 2012, otorgó el mismo título que hoy se falla en Oviedo al autor norteamericano, considerado uno de los más importantes de la literatura estadounidense de la segunda mitad del siglo XX. A ese jurado que es conocedor de que el Princesa de las Letras que comunicará hoy al mediodía tendrá sabor a Nobel, precisamente porque el octubre que viene no habrá Nobel que llevarse al palmarés de la literatura universal.

Será el Princesa «la gran noticia literaria del mundo», decía ayer el escritor y periodista Sergio Vila-Sanjuán, que seis años atrás puso firma en el acta que aupaba a Roth como ganador. También coincidieron en aquella mesa de 2012 otros dos miembros del jurado que ayer inició las deliberaciones para este de 2018 en el salón de Consejos del Reconquista: la periodista Blanca Berasátegui y el filólogo Fernando Rodríguez Lafuente, para el que el hecho de que el premio de la Academia Sueca haya hecho aguas este año, viste de buena noticia el acontecimiento que hoy testificará Asturias. De hecho, aseguró que «este Premio Princesa de las Letras será, sin duda, el Nobel». De ese modo rompían, pletóricos de orgullo, tanto Vila-San Juan como Lafuente, el luto que llevaba tiñendo la mañana y que sin duda dio motivos de tristeza a cuantos ayer iniciaron el debate frente a las 35 candidaturas de 21 países, entre las que está el elegido o la elegida. Philip Roth no era, claro, ninguno de esos 35, pero estuvo sin estar entre ellos. Fue centro de atención inesperado en esa mesa donde la vida y el debate transcurría horas después de conocer que había muerto en Manhattan de una insuficiencia cardiaca, a solo dos meses de cumplir 85 años.

Se recordaba de él no solo su obra narrativa, que forma parte de la «gran novelística estadounidense, en la tradición de Dos Passos, Scott Fitzgerald, Hemingway y Faulkner», como decía el acta que le hizo Príncipe de las Letras (en 2012 aún no era princesa). También se habló de su personalidad. La personalidad de un gigante. Lo hizo la directora de la Fundación, Teresa Sanjurjo, recordando que, como una intervención quirúrgica le impidió venir aquel otoño a recoger su galardón, ella fue personalmente a dárselo. En Nueva York conoció a un genio que tenía tanto que escribir que no se permitía dejar el tiempo en triviales menesteres. «Por eso compraba todas las camisas, todos los pantalones y todas las chaquetas iguales».

«Supo combinar la reflexión existencialista con el retrato social y político de su tiempo»

Era un ser excepcional, como excepcional era su literatura, «fluida e incisiva», capaz de describir toda una «compleja visión de la realidad contemporánea». Una literatura de la que él mismo decía se tensiona «entre el hambre de libertad personal y las fuerzas de la inhibición». Una manera de hacer que a Rodriguez Lafuente le hace colocarle entre la «terna de los más grandes de la letras de la segunda mitad del siglo XX, como Auster (también Premio Príncipe) y Don Delillo» y que para Vila-Sanjuán está en la mejor tradición «existencialista que supo combinar su reflexión con el retrato social y político de su tiempo».

Nacido en Newark, Nueva Jersey, el 19 de marzo de 1933, era un estadounidense de origen judío, una condición que le persiguió en sus descripciones ajenas y él la mantenía alejada de las propias. Aunque se hizo famoso y reconocido mundialmente con sus novelas, especialmente por su trilogía americana ('Pastoral americana' (Premio Pulitzer 1998), 'Me casé con un comunista' y 'La mancha humana'), también escribió cuentos y ensayos. Títulos como 'El lamento de Portnoy' le definen maestro. Uno de los mayores de su siglo, que en 2010, tras publicar 'Némesis', advierte que «ya no tenía más que decir» y se jubila. «Un acto de suma valentía» para Leonardo Padura, que ayer, como todos los jurados del Premio Princesa de las Letras, se lamentaba de la «enorme pérdida» de este magnífico explorador literario de la sexualidad y la autocomprensión, de monólogo íntimos y humor rebelde.

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