Premios Princesa | «En Gdansk me siento en casa»

Antonio Muñiz con su hijo Noe en brazos, que pronto cumplirá un año, y Kinga, su pareja. / E. C.
Antonio Muñiz con su hijo Noe en brazos, que pronto cumplirá un año, y Kinga, su pareja. / E. C.

Antonio Muñiz cumplirá pronto dos años en la ciudad Princesa de la Concordia | Es el único asturiano registrado por el Consulado español en la localidad báltica, donde ha nacido su hijo Noe

M. F. ANTUÑAGIJÓN.

El Consulado de España en Varsovia solo tiene un asturiano registrado en Gdansk. Se llama Antonio Muñiz (1986) y es mitad ovetense mitad luanquín. Pero no cuentan como asturiano, y cree su padre que deberían, a Noe, su hijo, que hará un año en noviembre y que en Navidad pisará por primera vez Asturias. Ellos dos viven en la ciudad Princesa de la Concordia junto a Kinga, la madre del bebé, y la mujer por la que este asturiano tomó rumbo a Polonia, la razón por la que sufrir, aunque sean solo un par de días al año, temperaturas de 14 grados bajo cero. «Antes de venir me compré el mejor abrigo que encontré, pero a veces no me alcanza», bromea Antonio, periodista formado en Valladolid, que trabajó en la capital castellana aquí y allá y que, después de una temporada de parón, voló a Londres. «Me fui con un amigo a la aventura, y allí hay mucha gente de Polonia, trabajé con varios polacos y conocí a mi pareja».

Ella tenía que volver a su país para finalizar los estudios y él siguió su estela. En diciembre hará dos años: «Dejé mi trabajo en Londres y aquí encontré bastante fácil, en una de esas empresas internacionales que necesitan gente que hable inglés». Emplea también el castellano en la oficina, pero, sin embargo, aún no se maneja con el polaco. «La única barrera para mí es el idioma, porque además aquí la gente, como en España, no habla inglés, solo los muy jóvenes y no todos». Y el polaco es de todo menos un lengua sencilla. Quiere ponerse a ello y aprobar esa asignatura pendiente, pero un bebé en casa lo cambia todo y el tiempo se reduce. «Ahora precisamente he empezado las clases, es muy difícil, tiene sonidos que nosotros no tenemos», afirma. Por lo demás, la adaptación al país fue fácil y grata. «En Gdansk me siento más en casa que en Londres, es gente seria, pero no porque sean bordes, sino porque son así, pero buena gente, hospitalarios». El único defecto: «Que les da por comer muchas cosas ácidas y yo echo de menos la fabada», bromea.

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No niega que cuando se enteró del Premio Princesa de la Concordia para su ciudad de acogida se alegró y afirma que tuvo una notable repercusión. Y no niega tampoco que lo merece: «Es una ciudad muy chula, tiene un centro histórico muy bonito, con las calles empedradas, el edificio del antiguo Ayuntamiento, la fuente de Neptuno, la basílica construida en ladrillo más grande de Europa...», relata. Hace un recorrido por esas postales de una población en la que nunca faltan las grúas de los astilleros en los que nació el movimiento Solidaridad de Lech Walesa. «Ya no funciona nada, pero lo han querido conservar como un elemento característico de la ciudad», señala. Cuenta para él Gdanks con el tamaño perfecto: es grande, pero no demasiado y, a la vez, tranquila. «Tiene un poco de todo, incluso un bosque enorme, es bonita y con mar». Y lo del mar, para un asturiano, no es cuestión baladí. Hay también una vida cultural intensa, con su Filarmónica, su Ópera Báltica y sus múltiples teatros. Además, tiene la particularidad de que está conectada a otras dos ciudades que se complementan: una más cultural, otra más de turismo y playa, y Gdansk, la combinación de ambas.

Así las cosas, de momento, no hay planes de regresar a España: «Ni a Asturias ni a ningún otro sitio, pero más adelante, nunca se sabe».