La Smart Straws, una pajita que detecta drogas en la bebida

La Smart Straws, una pajita que detecta drogas en la bebida

La han diseñado unas estudiantes de un de Secundaria de Florida con el objetivo de evitar que se produzcan agresiones sexuales

IRMA CUESTA

Es probable que ni Susana Cappello, ni Carolina Baigorri, ni Victoria Roca, alumnas del Gulliver Preparatory School de Miami (Florida), imaginaran jamás que antes de cumplir los 18 se harían famosas. Pero el hecho es que, desde hace unos días, estas tres chicas de Florida no dejan de conceder entrevistas explicando en qué consiste esa pajita que han inventado y que, en contacto con cualquier bebida, cambia de color si en ella se ha vertido éxtasis líquido o ketamina, depresores del sistema nervioso a los que coloquialmente se conoce como drogas de violación porque inhiben la voluntad y en ocasiones para cometer robos y agresiones.

La realidad es que en Estados Unidos manejan informes que apuntan que, cada año, 200.000 chicas son drogadas sin ellas saberlo; encuestas que aseguran que uno de cada dos estudiantes universitarios conoce a alguien que ha sufrido un episodio de este tipo. Más que suficiente para que la sociedad se haya propuesto encontrar la mejor manera de protegerse.

Las pajitas ideadas por las chicas contienen dos tiras reactivas que se vuelven azules cuando se sumergen en una bebida que tenga una de estas drogas y la idea es conseguir que en el futuro sean capaces de detectar muchas otras. Desde luego, no es el primer invento de este tipo: hace dos años, estudiantes de la Universidad de Carolina del Norte diseñaron un esmalte de uñas que cambia de color en contacto con algunas de las sustancias más usadas en estos casos. El problema es que había que ir metiendo el dedo en cada copa y, por supuesto pintarse las uñas cada vez que una decidía salir de fiesta.

También en Estados Unidos, Mike Abramson lleva años buscando dinero para comercializar sus productos: copas y vasos que también cambian de color al entrar en contacto con el GHB o éxtasis líquido, la ketamina y el Rohypnol. Mike ha contado que se le ocurrió la idea después de que él, y tres de su mejores amigos, vivieran una dura experiencia de ese tipo. Su DrinkSavvys, la firma con la que espera colocar en el mercado sus inventos, está a punto de despegar.

¿Leyenda urbana?

Mientras en EE UU parecen tener claro que es un asunto a tener en cuenta, en España los profesionales se dividen entre quienes opinan que hay mucho de leyenda urbana en relación a este tipo de sucesos y quienes mantienen que, a la vuelta de dos o tres años, los españoles también seremos testigos de cómo el problema se generaliza. Especialistas en Medicina Legal llevan tiempo insistiendo en que es necesario sensibilizar al personal sanitario y a jueces y fiscales. Afirman que una de las razones por las que cuesta tomar conciencia de su envergadura es la ausencia de datos pero, aún así, Andrés Santiago, jefe de Medicina Legal del hospital San Carlos de Madrid, hace tiempo que puso sobre la mesa un estudio preocupante: de 306 casos de agresiones sexuales registrados en Madrid entre 2010 y 2012, un tercio (107) podrían haber sido víctimas de este tipo de sustancias capaces de anular la voluntad de quien las toma.

Es fácil recordar el caso de la chica violada por cuatro individuos en San Fermín, o el de la joven de 18 años que el pasado enero, cuando estaba tomando algo en una discoteca del centro de Bilbao, despertó forzada, posiblemente por tres sujetos distintos, tras haber perdido la conciencia durante horas. El problema, apuntan los médicos, es que ese tipo de sustancias se eliminan rápidamente, de manera que es complicado encontrar rastros de la droga en la víctima cuando han pasado unas horas.

El hecho es que, en unos pocos meses, y sólo en Bilbao, la policía ha registrado tres casos sospechosos de burundanga, el nombre con el que se conoce popularmente a la escopolamina. Casos que quizá, de haber utilizado algo similar al invento de Susana, Carolina y Victoria, podrían haberse evitado.

Las estadísticas que maneja el Instituto Nacional de Toxicología tampoco tranquilizan: entre el 20% y el 30% de las agresiones sexuales en España se producen tras lograr la sumisión de la víctima mediante sustancias como la famosa escopolamina, las benzodiacepinas, las drogas de abuso o, el más común, el etanol (alcohol etílico).

Sin embargo, son muchas las voces, como la del psiquiatra forense y especialista en drogas José Cabrera, que mantienen que aquí es más una leyenda urbana que otra cosa. «En EE UU es posible que puedan darse casos, son 300 millones de personas y da para mucho, pero en España apenas hay casos reportados del uso de hipnóticos como el flunitrazepan y el midazolan en bebidas en ambientes de discoteca o en ambientes de prostitución, para adormecer a los clientes. La realidad es que no hay estadísticas fiables. No obstante, el que existan mecanismos rápidos de detección de sustancias por medio de reactivos, tiritas coloreadas, o las propias pajitas de la bebida no es desdeñable», asegura Cabrera en la misma línea que la doctora Angelines Cruz, investigadora de la Universidad de Santiago de Compostela, que tras realizar un estudio al respecto concluyó que las llamadas drogas de la violación, como la escopolamina y el GHB, no son habituales en España.

Lo que nadie discute es que poder acceder a algo tan simple como una pajita para tratar de detectar la presencia de una droga es realmente ingenioso. «El sistema es sencillo. De la misma manera que la policía usa determinados reactivos para los controles de drogas, estas chicas han incorporado algunos de ellos a sus pajitas convirtiéndolas en detectores de sustancias. El operativo es el siguiente: metes la pajita, que lleva adherido un indicador y automáticamente te dice si hay o no ese tipo de sustancias en el vaso. El problema es que a mayor número de indicadores capaces de detectar mayor número de sustancias, este tipo de dispositivos es menos fiable, pero lo dicho, es un invento realmente ingenioso. Es más fácil meter una pajita en un vaso que decirle a cualquier, espera que voy a meter este papel a ver si me has echado algo en la copa», explica Ricardo Díaz, catedrático de Ingeniería Química de la Uned.

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