Más allá de Tito Bustillo

Más allá de Tito Bustillo

Alejandro Fernández Martínez
ALEJANDRO FERNÁNDEZ MARTÍNEZ

A raíz del reciente descubrimiento en Altamira, la «Capilla Sixtina del Arte Paleolítico», de tres nuevas manos grabadas en la pared, recuperamos tres interesantes yacimientos del paleolítico en el oriente asturiano: La Cueva del Buxu, La Güelga y, por último, la cueva de La Covaciella. Los enclaves escogidos para esta breve recopilación responden únicamente a su menor difusión entre el público general. Por ello, omitimos la Cueva de Tito Bustillo (así como El Pindal o El Sidrón), cuyas particularidades serán seguramente conocidas y cuyo descubrimiento ha sido narrado hace escasos meses y en forma de película-documental por el director riosellano Pablo Casanueva.

«Un temblor milenario estremecía la sala»

«[…]estábamos ya en el corazón de la cueva, en la oquedad pintada más asombrosa del mundo. Recostados sobre las grandes piedras del suelo, pudimos abarcar mejor, ya que es baja la bóveda, aquel inmenso fresco de los maestros subterráneos de nuestro cuaternario pictórico. Parecía que las rocas bramaban. Allí, en rojo y negro, amontonados, lustrosos por las filtraciones del agua, estaban los bisontes, enfurecidos o en reposo. Un temblor milenario estremecía la sala. Era como el primer chiquero español, abarrotado de reses bravas pugnando por salir. Ni vaqueros ni mayorales se veían por los muros. Mugían solas, barbadas y terribles bajo aquella oscuridad de siglos. Abandoné la cueva cargado de ángeles, que solté ya en la luz, viéndolos remontarse entre la lluvia, rabiosas las pupilas […]»

Sobrecogedora tuvo que ser, a juzgar por sus palabras, la experiencia de Rafael Alberti al entrar por vez primera en la Cueva de Altamira. A los relucientes relieves, brillantes por las filtraciones que permiten las paredes calcáreas y que son aprovechados para realzar el contorno jorobado de los bisontes, se unen ahora tres manos más que estaban sin inventariar. Aprovechamos este descubrimiento para repasar tres particularidades del arte paleolítico en el oriente de Asturias.

La cueva del Buxu (Cardes, Cangues d'Onís).

Al igual que pasó en Altamira, será la casualidad (en parte) la que lleve al descubrimiento de esta Cueva. Buscaba Cesáreo Cardín, prospector del Conde la Vega del Sella, allá por 1916, la conocida Cueva de «Les Inxanes», en el mismo pueblo de Cardes. Desorientado, acabó por entrar en otra: la del «Buxu» (buxu-boxe: boj, en asturiano), en la misma localidad y muy cercana a la que, en realidad, estaba encomendado a examinar. De inmediato informa del hallazgo al Conde de la Vega del Sella que, junto con el reputado prehistoriador Hugo Obermaier, comenzarán el estudio de la Cueva, cristalizado en una primera publicación sobre la misma en 1918.

La Cueva del Buxu, situada a 200 metros sobre el nivel del mar y a unos 15 km de la costa cantábrica, se enmarca dentro de un conjunto de yacimientos del paleolítico superior que formaría parte de una misma «unidad territorial» formada alrededor de la cuenca fluvial del río Sella, en palabras de Mario Menéndez, su principal investigador. Situada frente a un «valle ciego», esta gruta posee unas condiciones estratégicas para su habitabilidad: cercana al río, constituye a su vez un emplazamiento que permitiría protegerse del frío proveniente de los glaciares asentados en los Picos de Europa y conformaría, también, un adecuado entorno para el desarrollo de distintas técnicas cinegéticas. Con ocupaciones estacionales, fundamentalmente en primavera y verano, la habitación de esta cueva ha sido establecida entre el solutrense superior y el magdaleniense. Sabemos también, a raíz de los restos encontrados en las diferentes campañas arqueológicas, que las comunidades que la habitaron desarrollaron una especialización en la caza de ciervos, rebecos y cabras, así como en la pesca de salmones.

En cuanto a las manifestaciones artísticas de este yacimiento se encuentran los 25 signos, 30 figuras animales y una posible figura humana, conformando el arte parietal de la cueva. Están realizados en pintura roja y negra, además de los grabados. Destaca también un «signo vulvar» de color rojo que recuerda a los presentes en el «Camarín de Las Vulvas», lo que reforzaría la idea del contacto con Tito Bustillo. Se erige como pieza particular en el arte de El Buxu la escultura de un pájaro «anseriforme» (con forma de oca), tallada en un colmillo de oso de las cavernas y que debió de ser utilizada como colgante, a juzgar por la perforación en la base. Constituye esta pieza la escultura más antigua hallada hasta el momento en la Península Ibérica.

La Cueva de La Güelga (Nieda-Narciandi, Cangues d'Onís)

Enfrente del lugar en el que se halla la Cueva del Buxu, en otra ladera situada entre los pueblos de Nieda y Narciando y muy próximo al cauce del río Güeña, nos encontramos el yacimiento de La Güelga (Buelga: rastro/huella, en asturiano) dentro de un conjunto de abrigos conocidos como La Brava. Excavada arqueológicamente desde 1989 (en tres campañas), no se ha inventariado arte rupestre, pero destaca una riquísima colección de arte mueble. Resaltan dos piezas halladas en la misma: una tibia con ciervas grabadas y lo que parece ser un instrumento musical, una flauta.

La primera, una curiosa pieza de once centímetros de largo, se trata de un fragmento de tibia de un ciervo adulto, en cuya superficie grabaron los hombres y mujeres del paleolítico tres ciervas en distintas posiciones. En cuanto a la segunda, se trata posiblemente de un instrumento de viento (una flauta) realizado sobre un hueso de ave. Los investigadores la encontraron rota en multitud de fragmentos, por lo que fue necesaria una posterior reconstrucción que la hizo reconocible.

La Covaciella o Covariella (Carreña, Cabrales)

Será otra vez la casualidad la que precipite el hallazgo de la cueva. Una voladura durante las obras de ampliación de la AS-114, a la altura de «El Golondrón», abrieron el acceso a una galería subterránea hasta entonces oculta. Corría octubre de 1994. La noticia de la existencia de posibles pinturas rupestres se extendió rápidamente, provocando la llegada y acceso a la cueva de numerosas personas de forma incontrolada. En cuestión de horas se produjeron algunos daños que borraron lo que una obstrucción natural de la cavidad había resguardado durante siglos. Desde dicha oclusión hasta su descubrimiento en los años 90 del siglo pasado, no hubo presencia humana en el interior de la misma, hecho que, sin duda, favoreció la buena conservación de las pinturas. Además de diversos grabados y algunas pinturas más, la representación más característica del arte rupestre en esta cueva la componen cuatro bisontes del panel principal, considerados los mejor conservados de toda la cornisa cantábrica.