La pistola del falangista

La pistola del falangista

Hasta tres citas diferentes se cuentan en los archivos judiciales sobre un jerifalte falangista cangués que, allá por 1938, fue condenado por intentar matar a su mujer y a un «amigo desleal»

ARANTZA MARGOLLES

Túvole insana querencia a las armas hasta la mitad del siglo que le tocó vivir, que fue el XX. Hoy, casi setenta años más tarde, puede una revisar el imparable historial criminal del hombre, al que llamaremos Tomás, en la brillante pantalla del ordenador, con una búsqueda sencilla de su nombre real enmarcado entre comillas, en la biblioteca virtual del Ministerio de Cultura. Hay al menos cuatro ejemplares del Boletín Oficial de la Provincia de Oviedo que arrojan resultados poco gratificantes para el recuerdo de aquel falangista cangués en cuyo pecho, en 1938 y parafraseando a la famosa canción, «ardió el rencor y no se pudo aguantar».

De tan pasional manera como la que se contará fue como acabó dando con sus huesos en la prisión de Oviedo, en plenos años de la posguerra asturiana, un jerifalte de la FET y de las JONS que, es de suponer, no debió pasar bien el trago de juntarse con los presos políticos que, al otro lado de la contienda, acabaron entre rejas por delitos más inmateriales que el de él. En abril del treinta y ocho, Tomás había matado a su primo y supuesto amante de su mujer y herido a la misma. No era la primera ni sería la última vez que empuñaba una pistola. Lo dice el BOPO: tenía diecinueve años cuando, veinticuatro antes de su crimen, cometió su primera pendencia. Tomás y otro del pueblo -la historia transcurre en Cangas del Narcea- se habían pegado mutuamente, sin que ninguno tuviera más razón que el otro, y fueron condenados cada uno a cinco días de arresto domiciliario.

No un buen partido para la mujer a la que, en un alarde de imaginación, llamaremos Silvina, y que andaba de señorita bien por lo que entonces se denominaba Cangas de Tineo en los años de esta primera condena y que, por motivos inexplicables que no figuran en el papel, ya estaba casada con Tomás en los años de la Guerra, con tres hijos de edades ya respetables, cuarentones ambos, infelices por lo demás. «En el día de autos», concretamente el 17 de abril del 38, «desempeñaba [Tomás] en... el cargo de jefe local de Falange Española Tradicionalista y de las JONS y por tanto con autorización legal suficiente como para usar arma larga y corta de fuego».

Tenía capacidad legal para portar y usar arma y una sospecha que, combinada al anterior extremo, generaba una fórmula mortal: que su primo Benito, conocido mujeriego por lo demás, visitaba a Silvina cuando él estaba ausente y no con intenciones precisamente vinculadas a la familiaridad. Con razón o sin ella para sospechar, aquel día de abril resultó llegar Benito de visita mientras Tomás descansaba en el dormitorio conyugal y, avisado por una de sus hijas, el falangista se enteró de semejante circunstancia. «Ordenó a estos», a Benito y a Silvina se entiende, «que subieran al dormitorio donde él estaba. Una vez allí reunidos, les reprochó el que sostuvieran tales ilícitas relaciones, que ellos negaron». Tomás, incapaz de contraargumentar la negativa, tomó la decisión de disparar.

Dos tiros. Uno muy preciso, el otro ladeado. Benito, con la barriga atravesada de un tiro, apenas si tardó unos minutos en morir; Silvina resultó herida en el brazo izquierdo, y Tomás, aquel día, acabo haciendo noche en la cárcel. El juicio, que tardó seis meses en llegar, se celebró en noviembre del 38 en la Audiencia Provincial, en Oviedo, y la sentencia, muy severa en términos económicos, no fue excesivamente grave en cuanto a la privación de libertad del falangista que, según el Tribunal, había actuado «conturbado profundamente» en su ánimo y «altamente obcecado (...) al ver en su presencia a los que creía causantes de su deshonor».

Cayó un año y once meses por el homicidio y apenas un mes por las lesiones a su esposa, aunque la condena se quedó, descontado el tiempo que pasó en prisión provisional, en poco más de año y medio que Tomás cumplió en 1940. Las diez mil pesetas de indemnización a la viuda de su primo no las tenía en metálico, a tenor del BOPO del año siguiente por el que se le embargaron, para hacer frente al pago, toda una casa y tres propiedades que llevaban sin uso al menos medio año desde que, precisamente al tiempo del juicio, le hubieran sacado a subasta también toda la extensa cabaña ganadera que tuvo en tiempos más felices. Aquello fue por otro pleito, también dentro del ámbito familiar, que se presume bastante mal avenido, que se desgrana también en esta publicación y que se contaba con, a saber: la 'Serrana', vaca con su cría; la 'Artillera', vaca preñada; la 'Montañera', la 'Cantinera', la 'Romera' -la mejor de todas, la más gorda y la más cara, tasada en seiscientas cincuenta pesetas-, la 'Paloma', que también iba con cría incluida; el 'Muley', impresionante novillo; dos xatinos y dos novillas, la 'Pinta' y la 'Negra' y el caballo apelicanado 'Platero'.

¿Sería referencia literaria de aquel otro Platero que, aunque burro, era también color blanco y «peludo, suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos»? Quién lo sabe ya. Tomás cumplió con su exigua condena en 1940 y el destino, quizás acelerado por los disgustos familiares y las propiedades perdidas, acabó llevándole a dar con sus huesos a La Robla, donde en 1952 le perdemos la pista nosotros, espectadores externos, y también la justicia, que le buscaba de nuevo. En aquella ocasión, frisando ya los sesenta años, no sabemos las circunstancias concretas, había amenazado de muerte a Silvina esgrimiendo un arma de fuego y ambas partes fueron llamadas a declarar en el Juzgado de Paz de Noreña. De él, en ignorado paradero, no hemos podido saber nada más allá de esa última referencia y la impresión, tal vez fundada, de que aquel caballo apelicanado no podía ser en modo alguno referencia que se le hubiera ocurrido a nuestro protagonista por gusto general a la literatura ni, con mucho menos, a la obra de nuestro insigne Nobel Juan Ramón. Raro sería.

 

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