Su lugar en el mundo: Marga Llano

«Estoy aprendiendo a ser adulta»

Marga Llano, en la escalera del parque de la Providencia, un lugar muy especial para ella. / DAMIÁN ARIENZA
Marga Llano, en la escalera del parque de la Providencia, un lugar muy especial para ella. / DAMIÁN ARIENZA

«Me apasionan los árboles y las montañas. Nunca subí al Urriellu, pero caerá», dice esta mujer de teatro | Marga Llano es nómada por naturaleza y una gran viajera de la realidad y la ficción

M. F. ANTUÑAGIJÓN.

Nómada de territorios reales y ficticios, Marga Llano nació en Tineo en 1977, pero vivió en Lugones, en Ferrera, en Pola de Siero, en Villamayor y desde que con veintiún años llegó a Gijón ha pasado por nueve mudanzas. «Tengo muchos lugares en mi vida, pero Tineo es el germen de la familia», advierte esta todoterreno de la escena que es actriz, dramaturga y directora y que tiene aún territorios vírgenes por explorar -«me gustaría dirigir cine»-, porque es una de esas mentes inquietas incapaz de detenerse en un solo lugar.

La hija mediana de Maribel y Malé no fue una niña teatrera, pero las historias le bullían en la cabeza. Se recuerda siempre escribiendo y un buen día, en el instituto de la Pola, Belén la del Cafetín, profesora de Lengua y Literatura, montó una clase de teatro. Era una asignatura de libre elección. Se apuntó y descubrió que se le daba bien la cosa. «Mis padres fueron a verlo y se quedaron gratamente sorprendidos». Luego tocó visitar la Escuela Superior de Arte Dramático, ver una clase de Estrella García, otra de Joaquín Amores, preparar las pruebas, pasarlas y empezó una formación que, en su caso, fue doble. Tiene dos titulaciones la presidenta de la Asociación Clúster de la Industria Creativa, Cultural y Audiovisual de Asturias (ACICCA): Interpretación y Dirección de Escena. «Toda la vida escribí. Tengo libretas de cuando tenía siete años. Y, cuando empecé a interpretar y entendí de qué iba la cosa, porque yo no sabía lo que era al teatro, pensé que quería dirigir e interpretar mis propias obras». Es casi jugar a ser Dios: «Es crear un poco tu propio universo, y los actores tienen la generosidad de prestarse a tus locuras. Son como marionetas». Dice Marga Llano que para entrenar a un equipo de fútbol hay que haberse vestido de corto y para dirigir teatro, hay que haber pisado tablas.

-¿Usted es más de lugares reales o ficticios?

-Soy de lugares reales y en cada lugar real voy viajando por un camino de baldosas amarillas. A veces me pueden tanto la imaginación y las emociones que me sorprendo soñando despierta.

Ese gusto por vivir en el alambre de esos dos mundos paralelos tiene pros y contras. «Es bueno para crear. Es como empecinarte en no dejar de ser un niño. Pero, en lo práctico, en la vida, no, te llevas demasiados batacazos». Así que ahora, con los cuarenta ya cumplidos y madre de dos hijos, abre una nueva ruta: «Estoy aprendiendo a ser una persona adulta».

Enamorada del cine, no le importaría pasar un rato por ese mundo oscuro de 'Blade Runner'. Tiene clarísimo que, por mucho que le guste la tragedia griega, ese no es su lugar («me caen muy mal, eran muy machistas los griegos, les echo la culpa de muchos de nuestros males actuales»). Le entusiasman los espacios espirituales, todos esos enclaves donde la fuerza telúrica se revela de una manera brutal, y tiene claro que los destinos que le quedan por transitar son infinitos.

«Tengo que ir a Lalibela, en Etiopía, necesariamente, y hay unos cuantos santuarios que tengo que visitar. Me apasionan las religiones, los distintos tipos de culto».

Mientras llegan esos descubrimientos futuros, mira al pasado y se detiene en el Japón al que acudió para trabajar con una compañía de títeres, a la playa de las Noventa Millas, en Nueva Zelanda, donde condujo a cien kilómetros por hora sin carné, y a aquel árbol kaurí neozelandés que le aportó una paz indescriptible y mágica. «Es un ser vivo casi eterno, es la eternidad viva. Los árboles me apasionan, y también las montañas. Nunca subí al Urriellu, pero algún día tocará».

El peso del pasado en Roma, el tesoro místico de Orense, Covarrubias o Cáceres alimentan un periplo vital en el que Gijón ocupa un lugar primordial y principal: «No me gustan las ciudades grandes. Gijón es la máxima extensión urbanita que puedo soportar», dice. Y elige para fotografiarse la Providencia. A la capilla le gusta ir a rezar, a la escalera del parque, a disfrutar y mirar. «En mi casa la llamamos la escalera al cielo».