El Comercio

«A los españoles refugiados nos acogieron con los brazos abiertos, pero lo olvidamos»

Olive Ka y Araceli Ruiz contaron sus experiencias como mujeres refugiadas de la guerra en casa de la asturiana.
Olive Ka y Araceli Ruiz contaron sus experiencias como mujeres refugiadas de la guerra en casa de la asturiana. / Joaquín Pañeda
  • Dos mujeres narran a EL COMERCIO la diferencia entre irse y llegar a España en busca de ayuda

  • Araceli Ruiz huyó en 1937 de la Guerra Civil a Moscú. 70 años después, Olive Ka tuvo que abandonar Ruanda con su hermano para escapar del genocidio

'Todas somos refugiadas'. El Instituto Asturiano de la Mujer pide este año 'Un paso atrás para coger impulso' durante el Día Internacional de las Mujeres. En esa mirada atrás, el Consejo de Mujeres de Gijón ha querido convertir a las personas que deben huir de sus países en las protagonistas del 8 de marzo. Ha elaborado un manifiesto de ocho puntos que será leído el próximo miércoles. Un texto en el que se exigen mejoras para los refugiados. Una etiqueta que muchas mujeres en el mundo llevan todos los días del año. Araceli Ruiz lleva 80 años con ella clavada en el alma. Olivia Ka, diez. EL COMERCIO las ha reunido a ambas para que, con ese 'paso atrás para coger impulso', compartan unas experiencias que, pese a su dureza, no les han quitado la sonrisa.

«Mi hermano me lo pregunta siempre. ¿Cómo puedes reír con lo que nos está pasando? Pero es que yo tengo fe y eso me ayuda». Una fe que Olive Ka (Gisagara, 1985) lleva «hasta en el móvil, tengo la biblia descargada». Para cumplir siempre la promesa que le hicieron a su madre. Una maestra ruandesa que, tras el genocidio firmado por la mayoría hutu, el que acabó con su marido y parte de su familia, supo que ni ella ni sus hijos tendrían futuro en una Ruanda que en 1994 mató al 75% de la población tutsi. Por eso, dejó a su hijo pequeño con una familia y envió a los dos mayores a Europa. «Nos dio una biblia que tenemos siempre con nosotros» cuenta Olive. Un libro que no suelta, porque teme que sea su último contacto con una madre que sabe escondida en otro país y bajo otro nombre para sobrevivir.

«¡Bienvenidos españoles!»

«Yo tardé treinta años en ver a la mía. Y cuando la vi, fue un mes en La Habana, gracias al Che Guevara, porque Franco no nos dejó volver», le cuenta Araceli Ruiz (Palencia, 1924), a Olive mientras le coge la mano, para compensar que no haya tenido la joven el recibimiento que a ella le dieron en Moscú. Porque Araceli cumplirá en julio 93 años. Y en septiembre, 80 como refugiada.

En 1937 fue una de los conocidos como Niños de la Guerra. De hecho, ella preside ahora la asociación que los aglutina. Fueron 3.000 los españoles menores de entre 5 y 13 años que acogió la entonces URSS. Ella salió, con sus hermanas, en el barco que se llevó a 1.100 desde El Musel. «El día de la marcha nos dijeron que teníamos que estar muy callados y, al conductor del autobús, que fuera con las luces apagadas. A oscuras atravesamos un Gijón destrozado por las bombas. A oscuras entramos en el barco de carga. Todos en la bodega. Cuando partimos, empezó a llorar un niño. Uno de los pequeños. '¡Ay, mi deu!', decía».

Las dos estallan en risas. «Pobre pequeñín», lamenta Olive, «tuvo que pasar mucho miedo sin su mamá», apunta la joven. «Sí, lo peor fue dejar aquí a nuestros padres. Pero en San Petersburgo nos recibieron con banderas, flores. Nos daban hasta caviar. Nos decían ¡Bienvenidos hijos del heroico pueblo español!», explica Araceli ante el pasmo de Olive. «¿Ha dicho caviar?». Carcajadas.

Porque a Olive Ka no la esperaban miles de personas con banderas de bienvenida. Ni le dieron caviar. En realidad, no la esperaba nadie. Fue en 2007, también un septiembre. 70 años después de que Araceli embarcara en El Musel hacia una vida mejor en Moscú, Olive y su hermano llegaron en avión a Bélgica. «Fuimos de los africanos con suerte, los que tuvimos la fortuna de que una familia, en este caso española, nos pagara el billete».

Pero errores en la documentación hicieron que Bélgica «nos quisiera deportar. No entendíamos nada. Pedimos asilo político y nos tuvieron un mes encerrados en un edificio del aeropuerto. Fue horroroso». Araceli se revuelve. «¿Cómo que os querían deportar? ¿A un país en guerra?», se espanta. «A un país en el que hoy, oficialmente no hay guerra, pero donde seguimos estando en peligro. Donde mi hermano y yo no tenemos ni casa, ni familia», remacha Olive.

Tras pasar un mes encerrados en el aeropuerto belga, la llegada a España no fue mucho más glamurosa. «Nos metieron rápidamente en una furgoneta de Cruz Roja. Eso sí, tanto las personas de Cruz Roja como las de Accem son maravillosas». Con Accem logró casa durante un año. Y dinero de bolsillo que, pese a ser escaso, a ella le parecía una fortuna. «Es que en Ruanda lo sería. Con un euro, en nuestro pueblo tendríamos para comprar un kilo de carne de cerdo y otro de arroz». Su hermano ya tiene permiso de residencia, se casó con una asturiana, pero Olive Ka sigue pendiente de trámites. «Hablo ruandés, francés, inglés y castellano. Estudiaba Empresariales en Ruanda cuando me fui. Aquí he hecho cursos de gestión hostelera, pero sigo a la espera de poder trabajar».

Una ingeniera, de asistenta

Araceli vuelve a revolverse. Sin perder la sonrisa, sentencia: «A los españoles refugiados nos acogieron con los brazos abiertos. Pero está claro que lo hemos olvidado. No entiendo lo que está ocurriendo. Este país parece que sigue hipnotizado por Franco».

Lo dice ella porque no comprende «cómo puede la derecha haber gobernado y llevar, ahora, otros ocho años haciéndolo. No tienen políticas que favorezcan a los trabajadores», señala. Aunque, reconoce que a ella su país natal tampoco la recibió como esperaba. «En Rusia nos dieron estudios y profesión. Tengo el título de ingeniera, pero cuando volví a España, en 1980, solo me ofrecieron apuntarme al INEM».

Tenía 56 años, era viuda y le quedaban dos hijas vivas. «Al final, los empresarios de Celuisma me ofrecieron trabajar cuidando a su padre. Fueron maravillosos conmigo, pero es verdad que trabajé mucho, siempre interna. No le pasó eso a mis compañeros. Ellos sí lograron aquí buenos puestos, pero a la mujer siempre se la ha valorado menos».

Asiente Olive Ka. «Ser mujer es más difícil. Te tratan de otra manera», trato que se complica «cuando eres de otro color». En España no ha encontrado, asegura, graves muestras de racismo. «Pero sí una vez me gritaron, desde un coche, que porqué no me iba a mi país. Eran desconocidos a los que yo no había hecho nada». Y también apunta la eterna pseudobroma de que le froten la mano y le pregunten: «¿No destiñes?», cuenta ella con carcajadas.

Araceli no da crédito. «¿Te dicen eso? ¡Cuanta educación nos falta aún!» lamenta, sobre todo cuando compara «con lo que a nosotros nos decían en Rusia. Cierto que éramos niños, pero nunca hubo una mala palabra, solo muestras de cariño. Muchas familias nos querían adoptar, pero el Gobierno dijo que no, que éramos españoles y que seríamos devueltos a nuestros padres cuando acabara el mal».

Pero 'el mal' duró 40 años. En los que Araceli Ruiz se licenció como ingeniera, hizo cursos de enfermería, se casó «con un mozu muy guapu e inteligente. De El Entrego, Laureano Fernández, que también iba en el barco» y tuvo cuatro hijos con él. «Dos, el crío y la última, me murieron», como Laure, su amor «brillantísimo. Era abogado y criminólogo, le dieron un gran puesto porque valía mucho». Al hablar de él es el único momento en el que Araceli traga saliva. Le duele recordar que, al final, 'el mal' duró más que su amor. «Toda la vida esperando a que muriera Franco para poder volver y, al final, mi marido murió antes. En septiembre de 1975 falleció en Moscú. Un mes después, el padre de Araceli lo hizo en Gijón. «Los dos antes del 20 de noviembre».

'¿Quién te hizo llorar, mi niña?'

Es Olive la que ahora acaricia a Araceli. Ella tampoco tiene padre, ni pareja. Ni hijos. «De momento, estoy sola», explica mientras Araceli le dice: «Pero si eres guapísima», mientras le enseña su última creación, una manta tejida a mano por ella misma en tonos azules y con una bandera de Asturias. «Es para mi bisnieto, Pelayo, que acaba de nacer», presume.

Olive también crea. No con la aguja, como hace Araceli con sus mantas y sus cuadros de punto de cruz. Lo hace con el ordenador. En 2016 publicó su primer libro. '¿Quien te hizo llorar, mi niña?', en el que decidió plasmar, de forma novelada, su experiencia como refugiada. «Me sirvió para dejar lo malo a un lado, para que quedase en el libro y no en mi corazón». Editado por Punto Rojo, esperaba ella lograr algún recurso, «pero, de momento, apenas se ha vendido. ¿Quién soy yo para lograr vender un libro?», bromea.

«¿En castellano?», le pregunta Araceli, «porque lo hablas muy bien. Nosotros tardamos dos años en hablar correctamente el ruso», recuerda. «Yo hablé español en seis meses, pero no tiene mérito: al no tener a nadie aquí que hable mi idioma o el francés, no tuve más remedio», se ríe. En un castellano preciso está escrito un libro que Araceli quiere que lea todo el mundo. «No entiendo a este país, que se ha olvidado de que nosotros también fuimos refugiados». Una crítica que eleva a toda la Unión Europea. «En septiembre de 2015 creí que me moría de pena: Aquella imagen del niño, Aylan, ahogado en una playa turca donde buscaba refugio su familia. ¿Cómo Europa puede permitir esto? No es admisible», sentencia.

Olive se refugia en su fe para pensar que otro mundo es posible. «Recuerdo que, cuando nos metieron en una furgoneta en Bélgica, bajo la amenaza de deportación, mi hermano cogió la biblia, que se le abrió. Cuando vio la página empezó a gritar. Era la carta de San Pablo a los romanos: 'Cuando vaya a España, iré a vosotros, porque espero veros'. En ese momento supe que llegaríamos».

Araceli la escucha, pero no comparte su fe. «Yo no creo ni pegándome. ¿Qué ha hecho por mí Dios? ¿O esta iglesia? Solo veo malicia en ella. Eso sí, me gusta mucho visitar los templos, tienen una arquitectura preciosa», dice guiñando un ojo a Olive, que vuelve a reír a carcajadas. «A veces es difícil creer», reconoce.

Pero creer le permite soñar con volver a las navidades de su adolescencia, en las que todos se juntaban ante una mesa en la que, de forma excepcional, podían comer carne. A Araceli, no creer le permite soñar con que su país sea tan acogedor como fue Moscú para ella. «Eso sí, con más calor. Que llegábamos a 45 grados bajo cero», bromea. «¡Si cuando estamos a 19 grados ya me parece que hace mucho frío!», remata Olive. Vuelven las carcajadas de dos mujeres que, cada día, dan un paso atrás para coger impulso.

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