Boinás, una mina de conocimiento

Boinás, una mina de conocimientoGráfico

El conjunto arqueológico es una gran oportunidad para entender la explotación del oro en Asturias

JOSÉ L. GONZÁLEZ

Durante más de 2.000 años, Boinás, en Belmonte de Miranda, mantuvo oculto bajo las rocas un preciado secreto: los astures eran capaces de desarrollar la minería compleja del oro antes de la llegada de los romanos. La ley de Patrimonio obligó en los años noventa del siglo pasado a la empresa minera que explotaba entonces la zona a realizar un control arqueológico. Las catas, las dataciones y los estudios posteriores revelaron que ya en los siglos III y II antes de Cristo había minería compleja del oro en la zona, una explotación que iba más allá del aprovechamiento del mineral desprendido de la roca que se podía encontrar en superficie.

El descubrimiento removió los cimientos de la historia de la región; probaba que los asturianos disponían de los conocimientos y técnicas necesarios para desarrollar una actividad que se ligaba a la ocupación romana.

En 2016, la Fundación Valdés Salas, con la colaboracón de la empresa Orovalle, se interesó por la promoción cultural que las actividades de la minería del oro podrían dar a la zona y puso en marcha el proyecto Beriso: el estudio de tres zonas arqueológicas ligadas a esta actividad en el entorno de Salas y Belmonte.

El inicio del proyecto fueron las excavaciones en Boinás, en el montículo en el que se creía que se ubicaba el castro de Pena Aguda. Los trabajos de campo desarrollados el pasado verano cumplieron con su objetivo. Las excavaciones revelaron la existencia de un «asentamiento fortificado que contaba con una pequeña muralla perimetral y cuatro fosos defensivo», explica el director de las excavaciones Rubén Montes. Pero, de nuevo, una sorpresa esperaba a los investigadores. «Los resultados nos dicen que el castro está datado entre los siglos VIII y V antes de Cristo, mucho antes de la época romana. Hay también evidencia de que hubo actividad metalúrgica».

Se sabe cuándo se puso en pie, pero también cuando dejó de estar ocupado. «Su abandono es anterior a los siglos IV y III antes de Cristo. No conoció los tiempos de la gran explotación romana».

Esa gran explotación llegaría en los siglos I y II después de Cristo. «Cuando llegan los romanos el cambio de escala es grande. El emperador Augusto impone el oro y la plata como patrón moneda y la necesidad de mineral es muy grande», explica Ángel Villa Valdés, redactor del proyecto.

El hecho de que en la zona del suroccidente asturiano hubiera reservas de oro se unió entonces al hecho de que hubiera una población local que conocía las técnicas de la minería del oro, aunque a una escala menor. Mano de obra cualificada al servicio del imperio.

Los mineros romanos contaban con técnicas muy agresivas para extraer el oro. Grandes depósitos de agua y canalizaciones servían para romper las montañas y extraer el mineral, unas técnicas que aplicaron en infinidad de lugares. Los métodos de los astures eran mucho más modestos. «Buscaban el oro que el agua deja por arrastre y reconocían el cauce aguas arriba hasta llegar al lugar del que creían que procedía. Luego excavaban, vaciaban y entibaban, si era necesario hacerlo», señala Rubén Montes. Prueba de estas técnicas son los cuadros de entibado que se han logrado recuperar en la zona.

Todos estos datos obtenidos en diferentes épocas han acabado por convertir el entorno de Boinás en un filón para los investigadores. Por primera vez se ha descubierto un entorno en el que se juntan un castro con ocupación muy temprana y evidencias de actividades metalúrgicas, zonas de explotación de oro con minería compleja anteriores a los romanos y grandes frentes de extracción con técnicas más avanzadas tras la ocupación. «Lo que hace especial a este yacimiento es el nivel de estudio al que se puede llegar», explica Ángel Villa Valdés, redactor del proyecto.

Lo que también ha desvelado el entorno de Boinás es una gran cantidad de incógnitas. Los restos encontrados en las excavaciones realizadas en la corona del castro, las terrazas aún están vírgenes de estudio, están repartidos en seis laboratorios diferentes. De los resultados que arrojen esas pruebas dependen muchas hipótesis que aún no han podido ser comprobadas. «Sabemos que hubo una ocupación muy temprana, pero no podemos ligarla a la explotación del oro. Estamos pendientes se saber si hubo minería compleja entre los siglos VIII y III antes de Cristo», explica Rubén Montes.

No es la única incógnita. El castro de Pena Aguda fue un asentamiento fortificado estable, pero poco se sabe de sus moradores. «No sabemos si toda la población vivía en los castros o si se trataba de una élite», señal Ángel Villa Valdés. Los restos de polen, semillas, fauna o madera encontrados en los sedimentos durante las excavaciones contribuirán a clarificar estas y otras cuestiones, de forma que se pueda hacer un retrato más ajustado de lo que ocurrió en Boinás hace más de 2.500 años.

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