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«Volveríamos mañana mismo»

«Volveríamos mañana mismo»
Eduardo Salgado, con sus hijas, Victoria e Inés.

El arquitecto Eduardo Salgado trabaja en Basilea para Herzog & de Meuron

M. F. ANTUÑA

Eduardo Salgado Mordt (gijonés de 1973 nacido en Madrid) trabaja en uno de los estudios de arquitectura más prestigiosos del mundo. Basilea es ahora su lugar en el mundo. Antes lo fueron Madrid, donde estudió, y Ceuta y Zaragoza, donde trabajó hasta 2003, cuando regresó a Gijón y montó estudio con los arquitectos Alfonso Moral e Isabel Lerín. No les fueron las cosas mal hasta que la crisis se empeñó en torcerlo todo. «Conseguimos ganar algunos concursos, como la Casa Consistorial de Salas, la reforma de la grada Oeste de El Molinón o la plaza del Parchís de Gijón, que nos dio acceso a proyectos de mayor dimensión», recuerda. Pero siempre hay un pero. Y en 2012, la bajada de honorarios y otros hándicaps de la vida del autónomo hicieron que su existencia fuera solo trabajo, trabajo y más trabajo. Y dijo 'no': «Mi situación personal, con dos hijas muy pequeñas a las que prácticamente no veía, se me hacía cada vez más cuesta arriba. En ese momento, surgió la posibilidad de irme a trabajar a Herzog & de Meuron a Basilea. Por un lado, irme a una de las firmas más prestigiosas a nivel mundial era una oportunidad profesional, y por otro me ofrecía la posibilidad de poder conciliar mi vida familiar y laboral de una manera razonable».

Y allí está, trabajando en una empresa que desarrolla proyectos por todo el mundo y mantiene a la par un fuerte espíritu suizo. «Esa doble vertiente tan cosmopolita y tan local a la vez hace que haya un ambiente extremadamente enriquecedor. A lo largo de estos seis años he podido trabajar con suizos, alemanes, portugueses, coreanos, chinos, italianos, franceses... y he coordinado proyectos en México, Suiza o Corea del Sur», explica. Eso significa que a la técnica y el diseño que se le presupone a la tarea del arquitecto hay que unirle la sabiduría para abordar los proyectos dependiendo de las culturas. O lo que es lo mismo: «Aprender a darle la importancia no solo al qué, sino también al cómo y a ser extremadamente flexible»

Trabaja en inglés y alemán. Y todavía de vez en cuanto protagoniza con la segunda lengua alguna situación divertida. «Hace unos meses, en una reunión, le decía a un cliente ante su cara de sorpresa, y luego de risa, que la solución a un problema era 'fusilar a una calle entera' (erschiessen die ganze Strasse), cuando lo que quería decir era urbanizar (erschliessen... con 'l')». Dicho lo cual, el sentido del humor es la mejor arma.

Él y su familia están felices. Su principal problema es la comunicación. «En la Suiza germanoparlante se hablan dialectos del alemán, con lo que una vez que consigues hablar alemán, todavía te queda un segundo salto que dar para realmente conseguir esa cercanía».

Añora familia y amigos y lamenta perderse lo que ocurre en estas tierras en su ausencia. «Algo verdaderamente duro e inesperado es que cuando te vas, Gijón queda congelado para ti en ese punto que te fuiste y cuando vuelves nada es igual. Todo evoluciona y te sorprendes llevándote disgustos al descubrir que un comercio ha cambiado de sitio o que han cerrado el bar donde te tomabas las cervezas con tus amigos. Y lo peor son los que faltan. Te vas y estás en un universo paralelo y cuando vuelves es cuando verdaderamente echas en falta a los que ya no están».

Eso sí, hay añoranzas que tienen alguna vacuna gracias a internet. «Puedo desayunar leyendo EL COMERCIO, escuchar la radio o conocer el día a día de mis amigos siguiendo sus discusiones por WhatsApp», dice. Y no duda en mirar atrás: «Imagino que la pena de los emigrantes de hace solo 30 años no es ni comparable».

La posibilidad de regresar siempre está ahí: «Volveríamos mañana mismo. La cuestión es que, después del camino recorrido, no vale volver por volver. Lógicamente depende de a qué y en qué condiciones. Lamentablemente, no parece una opción realista ni a corto ni a medio plazo».

En Asturias -dice- hay mucha gente preparada sin posibilidades de desarrollo y eso le apena. Pero prefiere pensar en positivo: «Me queda la esperanza de que en algún momento tomemos conciencia de que somos todos nosotros quienes debemos cambiar las cosas. De otro modo, todo seguirá como siempre y la única salida para muchos será marcharse».

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