«No hay mal que por bien no venga. Me vino bien entrar en la cárcel»

Un joven castrillonense explica las mejoras en su vida personal tras dejar el consumo de hachís en el centro penitenciario

C. R.

Tiene 25 años, vive en Raíces (Castrillón) y su entorno más cercano conoce tanto su antigua adicción al hachís como su entrada en prisión. Aún así, prefiere que lo llamemos, Alejandro, por ejemplo. Solo así se presta a contar una historia que decide hacer pública para demostrar que el extendido y aceptado socialmente consumo de hachís o marihuana es adictivo y tan peligroso como cualquier otra droga, pero que se puede salir. Él lo logró en la cárcel de Villabona, pero continúa la terapia en Amigos contra la Droga, asociación a la que agradece haber sentado las bases de su nueva vida.

A Alejandro se le cayó el mundo encima cuando cinco años después de haber cometido un robo con fuerza le llegó la orden de ingreso en prisión. Fue la consecuencia de haber empezado a consumir hachís a los dieciocho años y aumentar el consumo hasta los diez euros diarios. La paga de casa no daba para cubrir los gastos. «Nunca pensé que fuera un problema. Como sales a la calle y todo el mundo los consumo, no le das importancia» hasta que ingresó en la cárcel. Explica que por el robo le impusieron una condena de dieciocho meses de cárcel que, al carecer de antecedentes, le permitía esquivar el ingreso en el centro penitenciario. «Pero la abogada recurrió sin mi permiso y me condenaron a más años. Cuando vino la Guardia Civil a mi casa sentí que me partían la vida, que para entonces ya no era exactamente la misma. Me había apartado de algunas amistades», manifiesta.

La sorpresa fue descubrir que, al final, «no hay mal que por bien no venga». «Me vino bien entrar en Villabona», afirma tras confesar que descubrió lo que era «dormir y descansar mejor y tener la cabeza despejada». Cumplió catorce meses y se le presentó la posibilidad de salir a cambio de continuar el tratamiento de deshabituación en Amigos contra la Droga.

«Entrar en Villabona me puso las pilas. Igual del hachís hubiera pasado a otras drogas. Ahora me doy cuenta de que tenía el entendimiento nublado. Me costaba hacer las cosas, me levantaba a las dos o tres de la tarde,...». A su favor ha jugado el apoyo incondicional de padres y novia y los beneficios que ha descubierto en la disciplina. «Al principio era obligada, luego te sale sola y te gusta: levantarme a las ocho de la mañana y ver salir el sol, ir de ruta el fin de semana o a ver un rally, que me gusta mucho», celebra.