Un asesino desatado por los celos

Pedro, vestido de porruano, con Katia, de llanisca. / E. C.
Pedro, vestido de porruano, con Katia, de llanisca. / E. C.

Nieva, un hombre que «solo pensaba en él y en su mujer», recurrió al ambiente del trapicheo para su venganza

POR OLAYA SUÁREZ

«Me muero si te pierdo y sé que no voy a resistir perderte, llevamos toda la vida juntos. Tú eres mi único punto débil, solo tú me importas, no me importa ni mi propia vida». Ni la suya, ni la del amante de su esposa. Pedro Nieva Abaigar estaba, y está, obsesionado con no perder a Katia. Vivía por y para ella y prefirió asesinar que martirizarse con que ella pudiera seguir viéndose con Javier Ardines.

Los mensajes de móvil que se cruzó el matrimonio antes del crimen del concejal de Izquierda Unida -recogidos en el sumario de la investigación de la Guardia Civil- reflejan a un hombre obsesionado, obcecado y aferrado a una relación que para él se resquebrajaba. Para ella era lo mismo de siempre. Nada había cambiado. Porque llevaba toda una vida con su marido, pero nunca perdió su afecto por Javier Ardines. Fue, de hecho, anterior la relación con el concejal que con el propio Pedro.

Pero de eso él aún no era consciente. Creía que Katia se sentía atraída por su primo político desde hacía poco tiempo. Un año y medio como mucho. «Sé que te pierdo, te me escapas de entre los dedos», le decía por mensaje a su mujer. Desde que en diciembre de 2017 supo de la infidelidad de su esposa pasó por varias etapas: incredulidad, tristeza, desasosiego, ira... todo mientras rumiaba la venganza de quien consideraba su enemigo.

Fue en una comida de los tres en la sidrería Muros, en Nueva de Llanes, cuando se cercioró de lo que llevaba unos meses sospechando: Katia y Ardines mantenían una relación íntima. Captó una conversación entre los dos amantes, tal y como adelantó EL COMERCIO, al dejar su móvil grabando en la mesa, debajo de una servilleta. Cuando escuchó el audio entró en cólera. Le dolió tanto o más la chanza que la mentira.

Javier le preguntaba a Katia el motivo por el que no había llegado a Llanes unos días antes que su marido, sola, como habían acordado. Katia -toda una vida junto a Pedro, dedicada a sus dos hijos y a las tareas domésticas- le contesta: «Le dije a Pedro de venir yo antes para calentar la casa, pero se opuso.... Menos mal que no sabe cómo la caliento.... (risa) Si no, agárrate que vienen curvas». Ardines le contesta: «Llevamos años librando, a ver si seguimos así». Pero sus deseos no se vieron cumplidos. Las curvas llegaron y les llevaron hasta el abismo.

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Entre esa conversación de los dos amantes y el crimen de Ardines mediaron nueve meses. Durante ese tiempo Pedro tejió un plan para el que encontró, previo pago, a los colaboradores necesarios. Lo hizo valiéndose de los ambientes de trapicheos que frecuentaba y tirando de las amistades que estaban dispuestas a procurarle lo que necesitaba a cambio de dinero. Porque en el mundo en el que Pedro se movía pocas cosas no tienen precio.

Vizcaíno de 48 años, creció junto a sus padres y hermanas en Amorebieta. Allí conoció, en plena adolescencia a Katia, de padres llaniscos emigrados a Suiza y luego retornados al País Vasco, al calor de la expansión industrial. Eran los años 80. Pedro y Katia iniciaron un noviazgo mientras él cursaba estudios de Electricidad en el Instituto de Formación Profesional Urritze, también en Amorebieta. Con poco más de veinte años, montó su propia empresa. La llamó Mugarra, un monte de Vizcaya. Aprovechó el 'boom' de la construcción en el Gran Bilbao para hacer crecer la compañía y llegó a tener una treintena de empleados. Subió como la espuma y cayó en picado con la recesión económica. En 2015 entró en concurso de acreedores y desde entonces no tiene registro de actividad.

La familia se había acostumbrado pronto a la buena vida y no quiso renunciar a los lujos. Fue por eso por lo que la Guardia Civil cree que Pedro empezó a delinquir. Quería que a Katia y a sus dos hijos, ahora veinteañeros, no les faltase de nada. Chalé adosado en Amorebieta, casona asturiana comprada en Pría en 2016 y rehabilitada casi por completo, coches de alta gama, motos, ropa de marca, viajes y habituales salidas los fines de semana.

Aprovechó sus vastos conocimientos sobre montajes eléctricos y reorientó su carrera profesional: empezó a trabajar para grupos de narcotraficantes, instalando los sistemas de calor y luz en invernaderos de marihuana a lo largo y ancho del país. Allí donde reclamasen sus servicios. Pero como su matrimonio, también ese oficio hizo aguas. Fue detenido a finales de diciembre de 2018 por tráfico de drogas junto a otras tres personas, también de País Vasco, por montar una plantación de cannabis en un pueblo de Burgos. Para cuando fue arrestado la Unidad Central Operativa (UCO) y la Policía Judicial de la Comandancia de Gijón le seguían de cerca. Era ya el principal sospechoso del crimen de Javier Ardines, pero faltaba atar todos los cabos y conseguir las pruebas que sustentasen su participación y la de los tres supuestos compinches, su amigo Jesús Muguruza, que habría hecho de mediador, y el de los dos sicarios argelinos que ejecutaron su plan a cambio de 25.000 euros.

Reservado y suspicaz

Quienes han tratado a Pedro lo definen como «reservado y suspicaz». «Parecía que siempre pensaba mal de los demás, estaba como en alerta...», dicen de él. Sin embargo, tardó años en enterarse del mayor secreto de su mujer. Creía que había sido más listo que los dos amantes y se había dado cuenta prácticamente de inmediato de la infidelidad. Por eso, cuando se enteró por boca de la jueza de Llanes de que la relación de Katia y Ardines databa de treinta años atrás, se derrumbó.

Los meses previos al crimen, el presunto inductor compaginó la maquinación del plan del asesinato con diferentes maniobras para controlar a su esposa, de la que ya no se fiaba, pero a la que no estaba dispuesto a renunciar. La enfermiza obsesión por controlarla le llevó a interesarse por métodos de seguimiento remoto, como pulseras y aplicaciones espías en el teléfono móvil. Las investigaciones de la Guardia Civil apuntan a que llegó a viajar en el mismo día de Bilbao a Llanes para, posiblemente, tratar de instalar un sistema de vigilancia en su casa de Pría, a la que su mujer acudiría en agosto sin él. Esa misma vivienda a la que Katia iba antes que él con la excusa de calentarla.

Pedro no pasó el verano en Asturias, como habituaba. Tampoco le echaron en falta. «Ella es más abierta, habladora... ibas con ellos a cenar y con Katia te lo pasabas bien, pero con él no, además de que era un celoso compulsivo, era una persona que cuando estabas en grupo parecía ajena, como que no le interesaba nadie más que él y su mujer», comenta un amigo de la pandilla, la misma que ahora ha cerrado filas en torno a Nuria, la viuda de Ardines y la prima carnal de Katia, preocupados por protegerlas. A Pedro no le gustaba especialmente ir a Llanes, pero no privaba de nada a su esposa. Por ella compró una casa en Pría, por ella se vestía de llanisco en las fiestas de Nueva y con ella como argumento acabó por cometer un crimen despiadado, una emboscada en la que Javier Ardines fue apaleado y asfixiado por dos sicarios contratados por Pedro Nieva.