Homenaje a los guerrilleros del Eo

Asistentes al  homenaje en el cementerio de San Tirso de Abres :: E. C.. /
Asistentes al  homenaje en el cementerio de San Tirso de Abres :: E. C..

«Mi infancia estuvo marcada por la represión, pero lo que recibía en casa era el silencio», afirma Fernanda Cedrón, nieta de uno de los fusilados | San Tirso honra a los represaliados del franquismo con una placa en el cementerio

ANDREA ARRUÑADASAN TIRSO DE ABRES.

El 25 de junio de 1948, Fernanda Cedrón solo tenía dos años cuando la dictadura franquista le arrebató en el paredón a su abuelo, Luis Trigo, conocido como 'O Gardarríos', un histórico guerrillero gallego antifalangista, pero su imagen le ha acompañado toda su vida; una vida dedicada a mirar de frente a su pasado familiar y a contar su historia para que «no caiga en el olvido». «Mi infancia estuvo marcada por la represión, pero lo que recibía en casa era el silencio. Sé que mi madre y hermanas estuvieron en varias cárceles asturianas. Las iban trasladando como rehenes según avanzaban los golpistas», recuerda Cedrón, nieta de uno de los fusilados en la cuenca del Eo que estuvo ayer presente en el homenaje en el cementerio de San Tirso de Abres. Al final, las familiares de Fernanda fueron recluidas en el campo de concentración de Ribadesella, pero no «sabe por cuánto tiempo», solo que el día que las soltaron tuvieron que recorrer los más de 260 kilómetros que separan esta localidad de Cabanas, su hogar en Galicia, caminando por las noches durante cinco días.

El tributo en San Tirso consistió en el descubrimiento de una placa en recuerdo de los vecinos de los ayuntamientos de la zona asesinados por el franquismo y que permanecen enterrados sin identificar. También dio una conferencia Ramón García Piñeiro, profesor de Historia en el IES Marqués de Casariego de Tapia. La placa fue colocada en las proximidades de una de las fosas comunes existentes en el camposanto de la localidad, donde están enterrados seis vecinos del occidente asturiano.

Alumnos ante la puerta de la escuela de San Martín de Trabada.
Alumnos ante la puerta de la escuela de San Martín de Trabada. / Archivo de la familia del maestro Pablo Martínez-Crespo Mazo

A día de hoy solo se conoce la identidad de una de las seis personas enterradas en la fosa común de San Tirso el 15 de septiembre de 1936. Esa persona es Pablo Martínez-Crespo Mazo, un maestro muy querido y reconocido en los municipios del Eo, que ejercía en aquel momento en la localidad de Abres del Ayuntamiento de Trabada y que con motivo de las vacaciones escolares se encontraba en el domicilio familiar de Barres.

Martínez-Crespo Mazo, natural de Enciso, en La Rioja, se trasladó a Castropol desde Santander en compañía de su esposa, la también maestra riojana Felicitas Ezquerro, ejerciendo en localidades como Castropol, Tol, Tapia o Abres de Trabada no tardó en ganarse la estima de alumnos y familiares por su gran dedicación al trabajo y sus cualidades como docente.

Otro de los asistentes al homenaje fue Francisco Martínez, de 94 años, conocido como Quico, uno de los últimos guerrilleros antifranquistas vivo.

«La República era el gran proyecto de modernidad del siglo XX. Tenía una gran vocación de libertad y de conocimiento. Todo eso nos lo arrebataron los fascistas porque no lo podían soportar», señala. Antes de formar parte de la guerrilla armada de León-Galicia entre 1947 y 1951, cuando se exilió a Francia tras ser condenado a muerte por el régimen, ya era muy activo políticamente. Evoca con especial cariño a su profesor en la escuela republicana, quién les enseñó la importancia de organizarse en pos de una causa y a crear lazos en comunidad. «Al final me lo mataron (al profesor). Perdí a mucha gente, como toda mi generación y todavía quedan muchos compañeros que no se sabe qué fue de ellos ni dónde están», relata.

Charlas a los alumnos

En los últimos años, ha dedicado su vida a difundir su historia, marcada por todos los vaivenes del último siglo, en charlas con alumnos de Secundaria y Bachillerato, y se sorprende cuando algunos partidos califican su mensaje como «abrir viejas heridas». «Estamos hablando de memoria, de conocer nuestro pasado, no de revancha. Lo que no puede ser es que tengamos unos juicios sumarísimos, que nunca fueron anulados, donde se nos llama a mí y a mis compañeros asesinados bandoleros», subraya.