Manos amigas entre la tragedia

Consuelo a las puertas del San Agustín, donde 120 trabajadores se ofrecieron voluntarios. / OMAR ANTUÑA
Consuelo a las puertas del San Agustín, donde 120 trabajadores se ofrecieron voluntarios. / OMAR ANTUÑA

Conductores, vecinos de Llaranes, personal sanitario... Todos se volcaron para ayudar a los ocupantes nada más producirse el brutal impacto El accidente del autobús en Avilés desplegó raudales de solidaridad con las víctimas

MARÍA DE ÁLVARO AVILÉS.

Se dice que en los peores momentos se conoce a las mejores personas, que es en la desgracia cuando el ser humano, ese que provoca guerras y cierra las puertas y las fronteras en las narices a sus semejantes, el único animal que mata sin necesidad de hacerlo, se crece y se mira al espejo de quien tiene enfrente. Y le ve. Y se produce ese pequeño milagro que es siempre la solidaridad. Ayer fluyó a raudales y lo hizo desde el mismo instante en que el autobús de línea que cubría el trayecto entre Cudillero y Gijón se empotró contra un pilar en la variante de Avilés para acabar con la vida de cinco de sus ocupantes y cambiar para siempre la del resto. Conductores, vecinos, personal sanitario... todos los que vivieron de cerca la tragedia se implicaron hasta las últimas consecuencias.

Los primeros fueron quienes, atónitos, viajaban tras el Alsa. Todos dejaron sus coches en las cunetas, todos se ofrecieron para ayudar a los numerosos heridos. Allí estuvo también el camionero que llevaba piedra a una cantera próxima y que circulaba justo detrás. Él fue el primero en llamar a los servicios de emergencias, que tuvieron que terminar atendiéndole tras vivir momentos de verdadero terror. Pero antes cogió el teléfono. Antes hizo lo que tenía que hacer.

Instantes después llegaron los vecinos de Llaranes, que oyeron el coche como si se tratara de una bomba. Uno de ellos volvía a casa en su coche, otros directamente corrieron hacia el lugar. Hubo hasta quien, como Javier Bárcena, pasados los primeros momentos y las primeras emergencias, se preocupó de ofrecer bebidas y alimentos a quienes llevaban allí horas trabajando.

De vacaciones le pilló el siniestro al jefe de Urgencias del San Agustín. Le faltó tiempo para presentarse en el hospital, al igual que a otras decenas de compañeros: personal médico, de enfermería, celadores... Hasta 120 personas integraron la lista de voluntarios inmediatos del centro sanitario avilesino, que también recibió un aluvión de ofrecimientos de donaciones de sangre y el apoyo instantáneo de sus compañeros de Gijón y Oviedo. Todos mandaron ambulancias. Todos.

La historia se escribe a golpe de tragedias, pero también con el coraje y el trabajo de quienes cuando llega el caso se remangan y se ponen manos a la obra. Una de las víctimas lo decía ayer desde la cama del hospital: rememoraba cómo después del brutal impacto que a punto estuvo de segarle la vida solo vio manos, manos amigas que pusieron la única nota de esperanza a un día que Asturias recordará como trágico.

Información elaborada con datos aportados por Eva Fanjul, Olaya Suárez y Pablo Suárez.