Horror en la Colonia Dignidad

Vista de Villa Baviera, conocida como 'Colonia Dignidad'./Roberto Candia (AP)
Vista de Villa Baviera, conocida como 'Colonia Dignidad'. / Roberto Candia (AP)

La periodista Claudia Larraguibel registra en 'Sprinter' la historia de abusos de la secta fundada en Chile por el nazi Paul Schäfer

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

En mitad de Chile, en un territorio de 6.000 hectáreas (60 kilómetros cuadrados), se instaló el horror en 1961. Aquel año, un grupo de exiliados alemanes ultraconservadores dirigidos por Paul Schäfer, un oscuro militar de pasado nazi y con denuncias de pederastia en su país natal, fundó en esas recónditas tierras una colonia a la que llamaron Dignidad. Pocos nombres acabarían resultando tan impropios.

Porque en la Colonia Dignidad se vivieron todo tipo de indignidades que la cineasta y periodista Claudia Larraguibel registra en su novela 'Sprinter' (Salto de Página). Con el final del régimen de Pinochet y la caída de muchos de los velos que taparon la dictadura, la autora chilena (Santiago, 1968) conoció de la existencia de esta terrorífica secta y pensó primero en hacer un guión que luego se transformó en novela. Pero algo hay de cine en esta obra literaria que utiliza recursos como el 'storyboard' para acercar al lector el horror.

«Desde que llegaron hasta 1968, pasaron siete años en que en Chile nadie supo nada de la Colonia Dignidad», cuenta Larraguibel. Los primeros residentes fortificaron el terreno (con el tiempo, instalaron la más avanzada tecnología de vallas electrificadas y cámaras) y Schäfer hizo de la colonia un infierno, sobre todo para los niños. Los drogaban y abusaban sexualmente de ellos. Les pegaban y los explotaban. Eran los llamados 'sprinters' a los que alude el título de la obra. «Y el régimen no hizo nada. Al contrario, lo avalaba. Jerarcas de la dictadura visitaban Colonia Dignidad y cuando volvían, decían que todo lo que ocurría era normal», recuerda la periodista. Los productos que se elaboraban en Colonia Dignidad y el flujo de dinero que generaban eran una garantía de silencio. Dinero que acababa en paraísos fiscales o en los bolsillos de políticos y jueces que miraban para otro lado. Ni siquiera la huida de un joven que, robando un caballo, logró llegar hasta la Embajada de Alemania en Santiago de Chile hizo saltar las alarmas.

Pasaron tres décadas sin nada cambiara. La Policía no entró en la colonia hasta los años 90 y solo entonces fue encarcelado Schäfer, que, sin embargo, nunca se arrepintió de sus crímenes. En cualquier caso, el régimen de terror cayó entonces y ahora viven allí unas 100 personas que han convertido Colonia Dignidad en un centro de agroturismo con un alojamiento y un restaurante que se llaman Hotel Baviera. «Lo que hay es una cosa muy extraña», explica Larraguibel, que ha visitado el lugar en dos ocasiones y en ambas ha tenido la sensación de que le enseñaban «solo lo bonito». «La sociedad chilena está dividida sobre aquel drama», culmina la autora; «algunos quieren recordar, pero otros quieren olvidar».

 

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