El Cigala, un genio todoterreno

Diego El Cigala, con su banda, sobre las tablas del Auditorio de Oviedo. / PABLO LORENZANA
Diego El Cigala, con su banda, sobre las tablas del Auditorio de Oviedo. / PABLO LORENZANA

El artista celebró en Oviedo los 15 años de 'Lágrimas negras' y puso en pie al auditorio | Desde la salsa y el blues del inicio al recital más introspectivo al piano, el cantaor remató con varios clásicos y se llevó todos los aplausos

DIEGO MEDRANO OVIEDO.

Diego El Cigala celebró ayer en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo los quince años de su disco 'Lágrimas negras', acompañado por Jaime Calabuch al piano, Israel Suárez en la percusión y Julio César Valdés al contrabajo. Ramón Jiménez Salazar, que así se llama, nacido en 1968, se inicia en la música con el mítico 'Undebel' (1997). Consiguió gran éxito de crítica y público con 'Entre vareta y canasta' (2000). Un año después, llegaría 'Corren tiempos de alegría', donde colaboran algunos músicos que habían participado en la película 'Calle 54', entre ellos Bebo Valdés y Jerry González. 'Piratas del flamenco' (2002) y el concierto que graba con Niño Josele se convierte en monumento indiscutible al flamenco.

Pero 'Lágrimas negras' tiene el poso de la leyenda. Desde 2003 se convierte en 'boom' internacional y recibe innumerables premios. El disco, como el concierto de ayer, se refugia en una voz íntima y un corazón gitano, junto a la reactualización de un repertorio cubano, con profundas raíces españolas que lo hacen una absoluta pieza de joyería en cuanto a mestizaje y fusión intergeneracional. Ofreció ayer para deleite de todos una versión de diez minutos de 'Lágrimas negras', la canción que da título al disco, que fue aplaudida constantemente y ovacionada al final. El tema de los años 30, compuesto por Miguel Matamaros, ni envejece ni pasa el tiempo por él. Es bolero y luto, es lujo del idioma al mismo tiempo que conocimiento privilegiado del amor, profundidad y evanescencia, materialidad líquida y avistamiento de la amada a través de su ausencia. 'Lágrimas negras' -quedó demostrado ayer en el Auditorio Príncipe Felipe- es ritual en el imaginario colectivo, lo que se dice un clásico: alma lastimada, lágrimas y lluvia, la melancolía como la felicidad lujosa de estar triste. Y solo por esa versión ya hubiese merecido la pena haberse acercado al auditorio, pero aún quedaba mucho más.

Primero con la banda, en tonos más salseros, después a solas con su voz rasgada, con la compañía inseparable del piano, El Cigala navegó por boleros, recitó poesía latina, cantó por Nino Bravo, cantó 'Soledad', se pasó por el flamenco puro y puso a la gente en pie. Diego El Cigala conoce bien la magia del directo, mastica las palabras como si las comiese, su voz es humo, la nostalgia flamenca le hace indestructible y su ritmo es salsa y también Caribe.

'El Sinatra del flamenco', con su copa en la mano -vodka con naranja, seguramente-, sentado casi siempre, apoyado ante el piano en ocasiones, se pasó al 'Amigo del alma' de Roberto Carlos, se refugió en las 'Dos gardenias' del otro lado del charco, tocó jazz, blues, se alargó hasta el 'Toda una vida' (me pasaría contigo) y arrasó a su paso por el Auditorio de Oviedo. Un auténtico genio todoterreno.

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