«Me voy enamorado de Asturias»

Rossen Milanov saludó uno por uno a sus músicos al término del recital y recibió un ramo de flores de manos de Ana Mateo. /  ÁLEX PIÑA
Rossen Milanov saludó uno por uno a sus músicos al término del recital y recibió un ramo de flores de manos de Ana Mateo. / ÁLEX PIÑA

El maestro búlgaro dirigió anoche una colosal 'Sinfonía nº 8 en do menor' de Bruckner en el Auditorio Príncipe Milanov se despide a lo grande tras siete años en la OSPA: con flores y un 'Gracias, Rossen'

A. VILLACORTAOVIEDO.

Una obra colosal que estuvo a punto de llevar a su compositor al suicidio, escrita y reescrita de forma compulsiva en los límites de la obsesión, la 'Sinfonía nº 8 en do menor' de Anton Bruckner, la que muchos consideran 'la sinfonía de las sinfonías', despidió ayer de su público asturiano por todo lo alto al maestro búlgaro Rossen Milanov, que deja la OSPA para asumir a partir de septiembre la dirección de la Orquesta Sinfónica de la Radio y Televisión de Eslovenia. Siete años de lo más prolíficos que merecen obviar un final agridulce, porque el hasta ahora director titular de la formación tomó la decisión de abandonar la sinfónica después de que tanto la gerente de la orquesta, Ana Mateo, como buena parte de sus músicos reclamaran su salida.

Pero todo eso ya es historia, como quiso dejar claro Rossen Milanov poco antes de su último recital, dando las gracias «al público asturiano y los profesores» de la OSPA a través de una grabación: «Para mí, Asturias ha sido un descubrimiento enorme. Me marcho completamente enamorado de su cultura, de su naturaleza, de la generosidad de la gente y de su forma de vida. Ha sido muy especial. Quiero agradecer a todo el mundo esta oportunidad, porque es algo de lo que voy a acordarme toda mi vida».

Así que, como no podía ser de otra forma, Milanov abordó anoche en el Auditorio Príncipe el recital que abrochaba la temporada «muy emocionado» y con una orquesta volcada desde la primera parte de un programa que arrancó con 'Mar ao Norde', de Fernando Buide del Real, de aires vanguardistas, con un acentuado protagonismo de la sección de chelos e inspirada en un poemario de Álvaro Cunqueiro. Una obra de carácter calmo y tranquilo a pesar de que en diversos momentos emergieron intervenciones agitadas de los chelos. Una agitación que llegó incluso a trasladarse al conjunto de la orquesta, atravesando algún instante de violencia y tensión, y que concluyó con Buide del Real sobre el escenario, aplaudido con ganas por los músicos y el público.

Fue el preludio perfecto a la composición monumental del gran genio austriaco en la versión de Robert Hass, la más popular entre los directores bucknerianos, con una OSPA en estado de gracia que abordó con poderío y majestuosidad una obra llena de expresionismo wagneriano y de una belleza abrumadora.

Pero, antes de que sonase el último de los cuatro movimientos de «una de sinfonías más grandes del mundo», el más admirable, el que muestra la mayor grandeza, el 'Finale', con su imponente coda en Do mayor, el maestro búlgaro también echó la vista atrás para recordar «muchos momentos inolvidables» que se llevará «grabados en el corazón».

«Tengo el orgullo de que, junto con los músicos y con Ana Mateo, hemos hecho una programación en Oviedo que es la de un centro mundial de la música. Podríamos haber hecho esta misma programación en Nueva York, en París o Londres». En otras palabras: «La OSPA es ahora más abierta, más contemporánea y más diversa».

Y no quiso dejar la batuta sin mirar hacia el futuro y lanzar unas últimas directrices a la formación: «Hay que elegir bien cuáles son las cosas que hacen de un concierto un recital de nivel mundial. Cuáles son las fuerzas que nos proyectan hacia adelante y cuáles son las que nos frenan. Eso es lo más importante, porque, a veces, no tenemos una visión como colectivo. Y, para una orquesta con ambición de ser mejor, hay que tener devoción a la música. Eso es lo primero. Lo más importante».

Ese y no otro ha sido su leitmotiv desde hace siete años: «Cada concierto ha sido algo inolvidable, porque, para mí, no hay una dirección y una orquesta, sino que, cuando estamos haciendo música, la hacemos juntos. Esa ha sido mi máxima en todos las orquestas en las que he trabajado. Siempre pienso en mí como en un colaborador, porque, para mí, la música es siempre más importante que yo».

Toda una filosofía que anoche se condensó, como un testamento, sobre las tablas del Auditorio: «Aquí se crea un mundo que nos hace un poco más nobles. Es una dimensión completamente diferente en la que las cosas existen de una forma ideal, muy armónica, muy estimulante. Si la música tiene una misión en nuestra vida, es esa. Todos nosotros, como músicos, tenemos una misión más grande que sobrevivir en nuestra vida diaria. Cuando interpretamos la música de Bruckner, y esta sinfonía en particular, tenemos la oportunidad de elevarnos, de transcender, y ese es un privilegio enorme».

«Música colectiva» para una OSPA imponente de la cuerda a los vientos y con una magistral coda. Un final portentoso e impresionante al igual que la despedida del propio Milanov, que recibió un ramo de flores blancas de manos de Ana Mateo tras saludar uno por uno a todos sus músicos en medio de una calurosísima y prolongada ovación. Y, a modo de bis, se proyectó un vídeo que hizo repaso de sus años en Asturias, ya para siempre su casa, y que concluyó con un unánime 'Gracias, Rossen'.