Estreno brillante para una ópera compleja

Carmela Remigio, con la corona de emperatriz. /
Carmela Remigio, con la corona de emperatriz.

El Campoamor aplaudió con entusiasmo 'La clemenza di Tito', que equilibró la música con el drama | El director Corrado Rovaris y la mezzo Daniela Mack, que debutaba en España, se llevaron las ovaciones más prolongadas

RAMÓN AVELLO OVIEDO.

En los últimos años, Mozart ha dejado de ser 'rara avis' en las Temporadas de Ópera de Oviedo. Desde la última década del siglo pasado, se representaron en el Campoamor 'El rapto en el serrallo', 'Las bodas de Fígaro', 'Don Giovanni', 'Così fan tutte' y 'La flauta mágica'. Aunque 'La clemenza di Tito' se interpretó en Oviedo hace más de veinte años dentro de la Semana de Música de la Universidad, en la temporada ovetense faltaba esta obra. Y, compuesta en 1791, tres meses antes de la muerte de Mozart, para conmemorar la coronación de Leopoldo II como Rey de Bohemia, volvió ayer al coliseo ovetense en una cuidada producción de la Ópera de Lausanne.

Entre el público, en el palco de la Presidencia, estaban el expresidente de la Ópera de Oviedo, Jaime Martínez, con anteriores responsables del ciclo lírico: Luis Álvarez Bartolomé y José Antonio Caicoya Cores, además de Juan Carlos Rodríguez-Ovejero, que acaba de tomar el relevo y que asistió a un exitoso debut al frente de la institución. Eso sí: ya casi como un rito de la primera función, hubo un empate entre quienes aplaudieron y patearon la alocución inicial en asturiano en el coliseo: aproximadamente un cuarto del teatro pateó y otro cuarto aplaudió. El resto, neutros. Pero, en general, el respetable aplaudió mucho, y especialmente a la mezzosoprano argentina Daniela Mack, que debutaba en España, además de al director Corrado Rovaris.

'La clemenza di Tito' es lo que hoy llamaríamos una ópera de tesis, una alegoría musical sobre el buen gobierno destinada a mostrar cuál debería ser el perfil del gobernante ilustrado. Esta dimensión política relega el mundo de las pasiones y los afectos, tan queridos por Mozart, a un nivel secundario en el drama, aunque fundamental en la música.

El director de escena Fabio Ceresa cuida y respeta este espíritu formal de la ópera, pero también da vida y mueve a los personajes con sus pasiones, algo que se agradece.

Para ello, ayudado por los decorados de Gary McCann, arropa 'La clemenza di Tito' en una estética que recrea elementos neoclásicos -en algunas ocasiones, Tito recuerda al Napoleón pintado por David-, enriquecidos y fusionados con rasgos cercano al Modernismo o Art Nouveau.

Conscientemente, hay una ambigüedad temporal: la acción podría desarrollarse en la Antigua Roma, en el siglo XVIII, o en la época contemporánea, con la intención de resaltar la universalidad intemporal de la obra. Y, en general, es una escena muy elegante, que cuida mucho la simetría y los movimientos de grupo.

Corrado Rovaris es un director familiarizado con la OSPA, tanto en las temporadas de abono como en las de ópera. 'Ainadamar', 'La Traviata', 'Don Carlos', 'Peter Greemes' o la más reciente 'Così fan tutte' son las óperas que dirigió en Oviedo en los últimos años. Aunque su perfil es de director todoterreno, del barroco a la música contemporánea, una de sus especialidades es, sin ningún tipo de duda, Mozart. Ya en la obertura, una página de vuelo sinfónico, apreciamos un Mozart que respira por su música, tiempos muy flexibles, sonoridad limpísima y una belleza tímbrica, especialmente en el clarinete y las maderas. Los recitativos los desarrollaba un pianoforte, no un clave, lo que da mayor expresividad a estas partes de la ópera.

Los coros en 'La clemenza', aunque se circunscriben fundamentalmente al final de los dos actos, poseen una importancia simbólica equiparable a la de los coros en 'La flauta mágica'. El coro no solo es la conciencia del pueblo, sino también la encarnación de un ideal no muy alejado de aquellos coros revolucionarios de finales del XVIII. Un coro muy bien empastado, con una afinación perfecta. Y, entre lo más sobresaliente, está la escena coral del segundo acto, que recuerda a los coros de influencia masónica, comunes a 'La flauta mágica'.

Desde una óptica operística romántica se da cierto desequilibrio en esta última ópera de Mozart entre las voces masculinas y femeninas. Por las convenciones de la ópera seria, de los cuatro personajes masculinos, dos, los enamorados Sesto y Annio, escritos para castrati, los interpretan mujeres. Sin duda, esto todavía causa cierta extrañeza en parte del público, desde un punto de vista dramático, pero no vocal.

Carmela Remigio, bien conocida por el público ovetense por obras de Mozart como 'Idomeneo' o, hace dos años, 'Così fan tutte', fue una Vitellia de gran solidez, fuerza y una rica coloratura. Lo más destacado, el aria 'Non piu di fiori', con clarinete obligado.

La mezzo Daniela Mack debutó ayer en Oviedo en el papel de Sesto, el enamorado de Vitellia y traidor a Tito. Fue para el público la voz más destacada en una velada operística de gran calidad vocal. Excelente su 'parto', con una capacidad de matización y una tesitura amplia y homogénea que recuerda a las de los castrati.

El tenor Alek Shrader, como Tito, estuvo más discreto, un poco forzado en el registro agudo.

Alicia Amo interpreta una Servilia encantadora, con una voz muy fresca y un timbre de un color muy bonito.

Anna Alàs i Jove, como Annio, el enamorado de Servilia, fue otra de las más aplaudidas y, además, se mueve en escena con mucha agilidad, algo que es de agradecer en esta obra, un tanto estática.

Josep Miquel Ramón, como Publio, hace un buen papel, seguro, y en su aria canta con vigor y convencimiento.

Al final, el público salió contento. Había asistido a una gran representación de una ópera que no es fácil de seguir. En este caso, sucedió lo contrario: vimos gran musicalidad y drama.