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«El coche es mi sofá de pensar»

José Antonio Campoviejo, sobre su Audi rojo, con la costa oriental a sus pies. / DAMIÁN ARIENZA
José Antonio Campoviejo, sobre su Audi rojo, con la costa oriental a sus pies. / DAMIÁN ARIENZA

Un Audi rojo es el lugar donde cavila sobre sus platos José Antonio Campoviejo | Mientras conduce, el chef dicta a su equipo de cocina los ingredientes que le sugiere la carretera

AZAHARA VILLACORTA

Si José Antonio Campoviejo (Cangas de Onís, 1969) fuese un plato, sería un guiso en ebullición. Un chup chup humeante en una pota. Porque este chef que se autodefine como «un genio loco (o casi)» es un bulle bulle continuo. Un no parar. Un ir de acá para allá con miles de ideas rondándole la cabeza. Una jornada laboral «de catorce quince horas» con un día de descanso entre semana. Y «muy pocos días en los que odie» su trabajo. Así que por eso su lugar en el mundo es un lugar en movimiento: su coche. Su querido Audi rojo que lleva más de 400.000 kilómetros en el chasis y por el que está loco desde que lo sacó del concesionario, hace dieciséis años.

«Estoy enamorado de él. Y, cada dos o tres meses, cuando se lo mando a un fenómeno que me lo lava y me lo pule, me vuelvo a enamorar. Si tuviese que ir a los sitios en autobús, no entendería la vida».

El bólido es «el sofá de pensar» de este cocinero autodidacta que quería estudiar criminología, se sacó el carné «con 18 años y un día», se estrenó con un Renault 5 y se metió en la mili entre fogones «para ganar 10.000 pelas cuando no tenía un puto duro». Una cápsula donde nada ni nadie le molesta y aprovecha para cavilar sobre los platos que lo han hecho famoso en El Corral del Indianu, su casa, que ha colocado en lo más alto de la gastronomía desde Arriondas con creaciones como 'Interiores de pollo con ostra en estado puro', «un mar y montaña radical, que te enamora o no puedes con él, a base de ostra del Eo y corazones e hígados de pitu de caleya».

Campoviejo es igual de intensito que sus sabores. O lo adoras o te espanta. Con lo que no extraña que, de cuando en cuando, necesite bajarse de sí mismo y montarse en su buga, que, más allá de tener que cambiarle el aceite y el agua, «nunca dio una avería». Sin música. Sin radio. Solo él, el ronroneo del motor y las curvas desde las que divisa «Colunga, La Isla, La Griega, El Fitu...».

Y, en esos momentos sin prisa, porque al volante no es de correr, entre pisar el embrague y meter la marcha corta, absorto, empiezan a llegarle los ingredientes como una inspiración. «A veces, tengo que llamar a la cocina para que los apunten en una libreta». Fórmulas alquímicas que solo se le presentan como apariciones en ese trance y que dicta con el manos libres a su equipo: «Manzana, maíz, cacao».

«Ahí veo los platos. Siempre los veo antes», confiesa este obseso de la puntualidad y la limpieza que lleva un cuarto de siglo al frente de su negocio y que colocaría a Nadal «como presidente del Gobierno», aunque él juega al ping-pong. «Nosotros somos del PP. Y tú me dirás que qué tiene que ver la cocina con la política. Pues que somos de 'Pronto Pago'. No tenemos una deuda». Y habla en plural porque, junto a él, estuvo desde el principio su compañera y jefa de sala de El Corral: Yolanda Vega. «Ella lleva con mano de hierro la sala y yo la cocina, así que estamos todo el día en guerra. Nos podemos matar, tirarnos un cuchillo o una botella, pero luego llegamos a casa, nos ponemos un vino, un poco de jamón y se acabó».

Con ella ha conseguido una estrella Michelin que no le roba el sueño porque, de natural, ya no pega ojo. «La gente alucinaría si vise lo que duermo, que es cero. El otro día escuchaba que no dormir te quita años de vida y pensé que si fuese verdad yo ya tendría que estar muerto».

Y, puestos a morirse, pasa de últimas cenas: «Yo ya comí todo lo que tenía que comer. Quiero morirme con el estómago vacío, con hambre».

Pero, de momento, cuando piensa que este año cumple medio siglo, alucina. «Pero si yo soy un espíritu infantil. Si siempre pensé que iba a ser un chavalín viendo dibujos animados. De hecho, Carlota, la cría mía, que tiene catorce años, cuando me ve ponerme a su altura, se desespera y se muere de vergüenza, pero sus amigas se vuelven locas y me meten en todos los grupos de WhatsApp». Y, por si eso fuese poco, acaba de comprarse un coche. «Ahora tendré dos coches rojos, que es pasión. Solo le puse una condición al concesionario: que las ruedas fuesen Michelin. No voy a ir por ahí con unas Firestone».