«Una orquesta es como una pareja»

El maestro Pablo González, en su casa de Oviedo. / HUGO ÁLVAREZ
El maestro Pablo González, en su casa de Oviedo. / HUGO ÁLVAREZ

El nuevo titular de la sinfónica de RTVE se pasó cinco años sin poder trabajar por enfermedad. Hoy corre maratones y sube al Angliru en bicicleta

AZAHARA VILLACORTA OVIEDO.

En la vida de Pablo González (Oviedo, 1975), uno de los directores de orquesta más apasionados de su generación, hay «un antes y un después». Una línea trazada por la enfermedad que sufrió entre los 23 y los 30 años: síndrome de fatiga crónica. Cuando empieza a notar un cansancio profundo, había concluido su formación en la londinense Guildhall School of Music and Drama y, a los doce días de graduarse, había ganado la plaza de asistente en la orquesta de Bournemouth, al sur de Inglaterra. «Allí estuve dos temporadas que fueron muy intensas. Dirigí sesenta conciertos, una barbaridad. Multipliqué mi actividad intelectual por diez». Pero algo se rompió en su equilibrio vital y tuvo que abandonarlo todo para regresar a Oviedo, a casa de sus padres. El maestro estaba agotado. Ni siquiera podía caminar, escribir, leer o escuchar música. Los médicos le dijeron que se fuera acostumbrando a vivir siempre así, pero logró curarse. Y, desde su renacer, ha dirigido a las mejores orquestas del mundo y ha tenido una hija. Hoy, este devoto de Mahler preocupado «por el ascenso de Vox y por el discurso violento de Podemos» hace 3.000 kilómetros al año en bici, sube al Angliru, corre maratones y acaba de ser nombrado director titular de la Orquesta Sinfónica de RTVE tras cinco años al frente de la Orquestra Sinfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC).

-Tuvo que dejarlo todo. ¿Cómo fue?

-La enfermedad empezó a los 23, pero los dos primeros años seguí trabajando. Hasta que ya no podía más. Entonces, me propuse dejarlo seis meses. Pensaba regresar para mi debut con la Orquesta Nacional, en Madrid. Pero, al final, fueron cinco años.

-Y tuvo que buscar mucho para recuperarse.

-Si un médico te dice que va a ser para toda la vida, tú te programas. Es tremendo. Así que, después de agotar las posibilidades terapéuticas convencionales, busqué un camino en el que me ayudaron mucho el yoga, el tao y el budismo, pero no como religión, sino como filosofía.

-¿Nos lo explica?

-La enfermedad fue un viaje muy duro, pero también muy emocionante y muy revelador. Yo había crecido con los valores del esfuerzo, de acumular conocimientos. Era todo acumular y acumular. Pero las filosofías orientales de lo que hablan es de desprenderse. Una imagen típica del zen es que una taza solo es útil cuando está vacía. Y lo mismo ocurre con la mente. Si veo una puesta de sol y tengo la cabeza llena de cosas, ya no la vivo al 100%. El zen busca vaciarse para tener una experiencia que te llene del todo. Eso me ayudó mucho. Porque, hasta entonces, había pecado de llenar, llenar. Nunca había encontrado momentos para vaciarme.

-Fue el punto final a su primera vida.

-Sí. Me di cuenta de que, durante más de veinte años, había estado forzando. Tengo mucho entusiasmo y una capacidad de esfuerzo exagerada, casi patológica. Si me gusta algo, digo: «Voy a hacer esto». Y no tengo fin. Así que he tenido que aprender a equilibrar. Por eso me viene tan bien el deporte, porque necesito canalizar toda esa energía. Viajo por todo el mundo con la bici. Me la llevé a Corea y México.

-También su visión de la música es muy espiritual.

-Totalmente. Cuando la gente practica meditación, y a mí me gusta mucho meditar, lo que busca es una conexión total con el momento presente. Por eso te liberas. Porque tus pensamientos no se van ni al pasado ni al futuro. Y, durante un concierto, hay momentos en los que llegas a ese estado meditativo. La conexión es total. No tienes que pensar. Es como si la música te pensara a ti. Es darle la vuelta a las cosas. Algo muy especial.

-¿Cómo es su rutina ahora?

-Un poco esquizofrénica. En realidad, tengo dos vidas. Por ejemplo, ahora me pillas en casa y esta es la época de preparación. Suelo trabajar toda la mañana preparando partituras. Y luego, en las épocas de conciertos, voy de un país a otro. Ahora voy a Malta, en fin de año a Dresde y en enero a Colonia. Es una vida bonita porque mi trabajo me encanta. Pensar que estoy un montón de horas interiorizando música y que me paguen por ello me hace sentir muy afortunado.

-¿No le satura tanta partitura?

-Nada. Tengo una relación muy sana con ella. Siempre tengo música en la cabeza, pero nunca es un problema. De hecho, hay veces que ni siquiera soy consciente. La gente me dice: «Qué bonito eso que silbas». Y yo ni siquiera me estaba dando cuenta.

-¿Su peor pesadilla?

-Cuando empezaba y tenía poco repertorio, me asaltaba un sueño recurrente: que no me sabía la partitura. Pánico. Era una peli de terror (Ríe).

-Comenzó tocando la flauta y ahora hay veces que emplea la batuta y otras que no. ¿Por qué?

-Según la sensación. Hay música que me sale expresarla sin la batuta y otra que me la pide. Incluso dentro de una misma pieza, voy cambiando.

-¿Manías confesables?

-Suelo llevar un calcetín de cada color. Soy anti-supersticiones, pero, cuando tenía 17 años, me equivoqué un día con los calcetines y siempre los he llevado así. Además, cuando dirijo, tengo mi combinación: uno negro y otro granate. Es como una tradición. Como mi ropa de gala (Ríe).

-¿Le parece serio para lidiar con los egos de un montón de músicos?

-(Risas) Ese es el reto de un director: hay que equilibrar esas energías. Porque todos son músicos que han sido entrenados para subirse a un escenario y contar su historia, pero ahora forman parte de un colectivo. Y cada persona es un mundo: a lo mejor hay uno que está más cómodo dejándose llevar, que le encanta que le propongas algo, pero hay otro que no. En el ensayo, tienes que saber si a uno hay que dejarle tranquilo y no decirle nada o si a otro hay que dedicarle una mirada de complicidad. Es una parte muy intuitiva. Se trata de sentir a la otra persona y respetarla. De tener empatía. Porque, además, todos tienen su vida y, a lo mejor, uno está en una semana dura. Tienes que aprender a leer esas situaciones y darle a cada uno su espacio. Si encuentras la receta, cuando llega el concierto, es increíble, sucede la magia. Es el concierto ideal. Jugar con esas energías también me ayuda a crecer como ser humano.

-¿A qué lo compara?

-Las orquestas y sus directores son como una relación de pareja: tienen sus fases. A lo mejor, al principio es todo muy bonito, luego te vas acostumbrando... Y, además, una relación muy intensa, porque hay una entrega que es muy grande y muy íntima.

-Su mujer es viola en la OSPA. ¿Qué pasa cuándo la dirige?

-No es complicado porque, como pareja, estamos muy bien. Pero podría serlo si las cosas fuesen mal (Ríe).

-¿Solo escucha clásica?

-No. Escucho jazz clásico para desconectar. Y también pasé mis épocas pop. Queen me gusta y Silvia Pérez Cruz me encanta. Reconozco que no estoy al día. No tengo tiempo.

-¿No conoce a Rosalía?

-No. Y cuando salió 'Despacito', la gente me decía: «¿No la conoces? Es imposible». No se lo creían. Porque, además, en casa no ponemos la tele. Solo vemos pelis o series. La vida es demasiado hermosa para poner la tele a ver qué ponen. Echo de menos ver más cine, hacer cortos con mi hermano y teatro. Me hubiese gustado vivir muchas vidas. ¡Me quedan tantas cosas pendientes!