El pueblo más pobre de España busca su salvación en el carbón

Un carbonero de Zahínos vigila la combustión./J. M. Romero
Un carbonero de Zahínos vigila la combustión. / J. M. Romero

Los vecinos de Zahínos (Badajoz) quieren salir del pozo con los hornos que proporcionan brasas a barbacoas de todo el mundo. Tras años de espera, ya tienen los permisos ambientales

ANTONIO GILGADO

La Agencia Tributaria ha puesto a Zahínos en el mapa. En su informe anual de rentas medias por municipios, este pueblo del sureste de Badajoz de 2.800 habitantes ocupa el farolillo rojo. Es el municipio más humilde de España. Sus vecinos ganan una media de 11.166 euros al año. Al menos eso es lo que declaran a Hacienda, casi siete veces menos que los de Pozuelo, el más rico de Madrid y de todo el país. La conclusión es que cada pocos meses los paisanos de Zahínos se topan con algún equipo de reporteros interesados en contar la vida de los pobres.

Al girar por la Ex-112 y serpentear por la carretera provincial que discurre entre los encinares resulta fácil cruzarse con camiones cargados de troncos de eucalipto o que arrastran remolques de leña. En las cunetas se amontona el carbón y los hornos levantan columnas de humo en el horizonte. En el corazón de la dehesa de encinas más poblada del sur de Europa, chirría el contraste. En el punto con menor renta media se respira -literalmente- una intensa actividad industrial.

José Rangel da algunas razones para entender la antítesis. Este ingeniero abrió una asesoría técnica en el pueblo y tramita desde 2008 los expedientes para legalizar los hornos de carbón vegetal de Zahínos. Más de la mitad ya ha salido del ostracismo, el resto no tardará porque todos cuentan con autorización ambiental unificada. El proceso, explica, lleva su tiempo. Muchos viajes a la capital, Mérida, muchas reuniones con representantes de la Junta de Extremadura y estudiar al detalle cada instalación. Las carboneras necesitan casi tanta documentación como una refinería por sus elevadas emisiones de monóxido de carbono.

Rangel pone número a la actividad: en este pueblo hay 86 hornos quemando leña para hacer carbón. Si se suman los 33 de Higuera de Vargas, los 18 de Oliva y los seis de Jerez de los Caballeros, en un radio de quince kilómetros cuecen carbón en 143 instalaciones. Alimentarlos durante todo el año requiere 250 puestos de trabajos directos y 40.000 jornales cargando en verano o podando en otoño. Los jornales en el campo no pasan de 50 euros al día y los carboneros son empresarios que sacan para vivir sin lujos. No hay millonarios que tiren de la renta del pueblo hacia arriba.

La quema del carbón es un recurso relativamente reciente. Hace veinte años apenas había tres o cuatro vecinos que empezaron prendiendo en el suelo. Les bastaba un poco de paja y tierra para cubrir la hoguera y trabajaban en la pira a mano. Una forma de ganarse la vida en una zona muy limitada industrialmente por la protección de la dehesa. Lejos de la siderúrgica del grupo Gallardo, en Jerez de los Caballeros, y de los frutales de Olivenza, los de Zahínos tenían las encinas a la puerta de casa y había que sacarles algún partido. Se ofrecían como podadores a los propietarios de las fincas, se llevaban la leña por el trabajo y la convertían en carbón. Esos inicios los recuerda sin demasiada nostalgia Juan Rodríguez Díaz. Debutó con los tizones a los trece años acompañando a su padre. Entonces sacaban 500.000 kilos al año y podían vivir con lo que ganaban. Hoy saca cuatro millones de kilos anuales en sus siete hornos de ladrillos y chapa. Y las cuentas casi no le salen. Se acabó la materia prima gratis. Ya no quedan encinares cercanos por podar y tienen que surtirse de las ramas de eucaliptos que se cortan a más de cien kilómetros de distancia. El precio sigue subiendo -ahora se vende a siete céntimos el kilo- porque las plantas de biomasa también demandan madera.

Juan llena sus siete hornos a diario, cierra las puertas, les da fuego con un trozo de papel y gasolina, abre algunos respiraderos en el techo de chapa para que entre oxígeno y deja la leña cociéndose durante 48 horas a más de 300 grados. La madera ya se ha reducido a carbón. Vacía los depósitos y extiende las trizas negras bajo techo para que se enfríen. En esta última fase toca vigilancia permanente. Siempre quedan tizones ardiendo que pueden avivar las llamas y dejarlo todo en un manto de ceniza.

Columnas de humo a la entrada del pueblo.
Columnas de humo a la entrada del pueblo. / Casimiro Moreno

Pendiente toda la noche

Cuando Juan habla de un trabajo que exige 24 horas diarias no exagera. Su jornada arranca a las seis de la mañana -a las cinco en verano- y termina a las once de la noche. Ya en casa, el móvil le suena cada dos horas. A través de una aplicación conectada a las cámaras de la nave, comprueba que el carbón enfriándose en el suelo no se ha prendido. Más de una vez ha tenido que saltar de la cama de madrugada por alguna estaca encendida. «Con el tiempo te acostumbras, pero renuncias a dormir tranquilo para siempre». Mueve mucho volumen, pero sabe que no puede permitirse el lujo de perder ni un solo gramo de producción. Para conseguir un kilo de carbón necesita cuatro y medio de madera. Si la madera ya te vale 7 céntimos el kilo, la rentabilidad llega si el carbón no baja de los 28 céntimos. De momento, este año cotiza a entre 30 y 40 céntimos. Los carboneros juegan en el límite de la navaja. A base de créditos para comprar leña que después tienen que pagar con los beneficios del carbón. Y por si fuera difícil cuadrar los números, en invierno, con la madera húmeda, las heladas y el frío la combustión se reduce. «Nuestro negocio depende del volumen, en mover muchos kilos de material y en aprovechar todo lo que podemos en primavera y verano. De mayo a octubre estamos todo el día sin parar».

Los carboneros saben que en invierno no renta cocer. Algunos paran y otros mantienen la actividad porque tienen firmados contratos de suministro con clientes. Juan, por ejemplo, coloca el cien por cien de lo que saca a un envasador que suministra a una cadena nacional de supermercados, que vende la bolsa de ocho kilos a 3 euros.

Como el negocio viene por el volumen, hay que acarrear mucha leña de donde se pueda recoger, cocer sin parar y darle pronto salida. La producción de carbón vegetal ha pasado de algo familiar y temporal a industrializarse. En estos veinte años se han multiplicado los hornos y la capacidad de producción. Barbacoas de Europa, Asia y Estados Unidos se alimentan con las brasas de Zahínos. Ahora toca lo más complicado. Dotar a este sector de seguridad jurídica para seguir operando. Toda instalación industrial necesita un cumplimiento ambiental y urbanístico. En este último apartado, hay que conseguir que una actividad industrial se pueda desarrollar en suelo rústico. En el caso de Zahínos, se trata de parcelas pequeñas y la inmensa mayoría se concentra en dos o tres kilómetros. En el planeamiento inicial, la norma exigía un distanciamiento para no concentrar la emisión de contaminantes en poco espacio. José Rangel recuerda que una batalla clave fue la modificación puntual de la norma por el carácter excepcional de Zahínos. Se tuvo en cuenta su tradición carbonera y que las leyes de protección de la dehesa y de las aves que la habitan limitan otras alternativas económicas. Con tantas restricciones, las empresas prefieren instalarse en otros sitios.

En el entorno de Zahínos pueden seguir operando las carboneras sin tener en cuenta el requisito de distanciamiento. Además, el carbón da trabajo a una masa laboral de difícil encaje en los pueblos: los jóvenes poco cualificados. «Sin el carbón y la leña, muchos se habrían ido del pueblo hace tiempo. Ahora algunos se plantean ampliar la carbonera del padre o trabajar en las que se están abriendo», explica Rangel, que valora la predisposición de la Administración local y autonómica para dar salida al problema.

Con este balón de oxígeno para su economía, Zahínos espera que con el paso del tiempo se hable menos de su renta media y más de su carbón. Y para eso hace falta la regulación plena del sector. Ponerse al día requiere muchos expedientes ambientales. La transmutación de la leña en carbón deja un rastro voluminoso de monóxido de carbono, óxido de nitrógeno o dióxido de azufre en el aire. La normativa de emisiones se ha ido actualizando y muchas carboneras de otras comunidades autónomas han tenido que cerrar por sobrepasar los niveles.

En Extremadura, en cambio, se ha hecho una interpretación flexible. No se valora la emisión, sino la inmisión que llega al suelo urbano más cercano. De momento, la calidad del aire en Zahínos no peligra. El que envuelve al pueblo no debe superar los 10 miligramos por metro cúbico de monóxido de carbono. Las mediciones que se hicieron este verano, según Rangel, «quedaron muy lejos».

El humo de los hornos es muy volátil, se diluye a los pocos metros y no alcanza el casco urbano. Para determinar todos estos valores, los carboneros presentan en su documentación un modelo de emisión de contaminantes. Hasta ahora, el humo del carbón no ha afectado a la calidad del aire, así que en Zahínos respiran mucho más tranquilos.