El Comercio

Carlos López-Otín: «El futuro está en la biología sintética y la clonación de tejidos»

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Teodoro Ribera Neumann, rector de la Universidad Autónoma de Chile; Edgardo Riveros, subsecretario de Relaciones Exteriores del Gobierno de Chile; Santiago García Granda, rector de la Universidad de Oviedo, y el catedrático Carlos López-Otín. / Universidad de Oviedo.

  • El científico de la Universidad de Oviedo fue nombrado ayer doctor Honoris Causa por la Autónoma de Chile

Si alguien tuviese que presentar a Carlos López-Otín, es probable que lo hiciese como uno de los grandes científicos del momento. La Universidad Autónoma de Chile, que ayer le investía doctor Honoris Causa en el campus de Providencia, destacaba de hecho cómo «ha conducido a la identificación y caracterización de más de 60 nuevas proteasas o enzimas humanas implicadas en la progresión del cáncer y en otros procesos patológicos como los síndromes de envejecimiento prematuro». Y lo hizo, dijo él mismo en su discurso de aceptación, «desde una pequeña Universidad de provincias en un país no demasiado interesado por la ciencia». Su disertación, que llevaba por título ‘Los lenguajes de la vida en el planeta de los genes’, no fue simplemente un alegato científico, sino uno inequívocamente humanista. «La cultura es la única forma que tenemos de asegurar que podemos trabajar por una sociedad mejor», recordó a los presentes, entre los que se encontraban el rector de la institución que ayer le recibía, Teodoro Ribera, y el de la Universidad de Oviedo, Santiago García Granda, que firmaba ayer también un convenio de colaboración con la institución sudamericana.

Otín, que empezó su viaje dialéctico en la formación del universo y la llegada a él de la vida, habló de ciencia e investigación, sí. Pero con frases tales como «quizás debajo de la piel de un humano podamos encontrar la luna», en referencia a un verso de Pablo Neruda. Explicó el funcionamiento de las células, de los genes, lo que era la epigenética y cómo la vida –«la armonía molecular»– se ve truncada por la enfermedad –«la pérdida de esa armonía»– desde que la complejidad de los seres vivos les permitió desarrollarse hasta dar paso al ser humano. Recordó que, según los últimos estudios, «en 2020, uno de cada tres hombres y una de cada tres mujeres, desarrollarán un cáncer». Y es que, dijo, «la enfermedad es el precio que pagamos por la pluricelularidad». Si no, seríamos todos microbios, felices, pero seguramente sería algo muy aburrido». Tuvo tiempo de evocar los paisajes de su Aragón natal, mostrando imágenes de grandes obras artísticas, citando a Keats, a Shakespeare, a Galeano, a Gerardo Diego; recordando a Darwin –«uno de los más grandes»–, a Newton o a Einstein; mostrando cuadros de Miró o de Van Gogh. Eso sí, también defenció a la ciencia y pidió que nadie le tuviese miedo. «No hay que temer a la ciencia, nos produce esa sensación porque nos adentra en lo desconocido, es solo eso», explicó.

Habló también de sus sueños, «conocer para curar y vivir mejor»; dijo que su profesión favorita era la de «ingeniero de los sentidos». Y agradeció a los alumnos –«que siempre sois nuestro desvelo»– que asistiesen al acto, como lo hiceron también varios profesores de la Universidad de Oviedo. No se olvidó de mencionar «a mis mentores, desde los que me enseñaron a leer y a escribir hasta mis profesores en la Universidad, a los compañeros del laboratorio, a las instituciones, a mi querida Universidad de Oviedo y a todos los que han permitido que haya podido llegar hasta aquí».

Otín miró también hacie el futuro del mundo científico, que situó en los avances «en la biología sintética, ya que no solo leemos genomas, sino que hemos empezado a escribirlos», e hizo énfasis en «la clonación humana no reproductiva, capaz de sustituir tejidos». Y vio un futuro que ya es presente, con enfermos que ven en blanco y negro pero que, gracias a los avances científicos, son capaces de ver en color para cumplir su sueño de pintar. Vio un futuro de cyborgs, con seres humanos ayudados por la ciencia y la tencología a llevar una vida mejor. Y auguró que la inmortalidad, de llegar a convertirse en realidad, no sería otra cosa que el fin de la humanidad tal y como la conocemos. «Ya seríamos otra cosa, sería la época del Homo Sapiens 2.0», explicó. Un camino que quizás no esté tan lejano, porque tal y como indicó «podemos editar los genomas, corregirlos y reprogramar el epigenoma, así como intervenir en el metagenoma». ¿El objetivo? Siempre el mismo. Buscar mejorar la vida, «esa espiral de complejidades».

Carlos López Otín, que forma parte de una canditatura que opta al Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica, presentada por el Premio Nobel de Medicina Jules Hoffman, cerró su discurso mostrando en la pantalla que le respaldaba un libro dedicado por Gabriel García Márquez, en el que había sustitudo por ‘felicidad’ la última palabra de ‘Cien años de soledad’. «Fíjense cómo una alteración genómica puede cambiar las cosas», comparó. Y deseó al auditorio eso, cien años de felicidad. «Con la que he tenido hoy, yo no necesito cien años», agradeció. Y se fue entre aplausos mientras sonaba el ‘Gaudeamus igitur’.

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