Asturias exporta profesores

Asturias exporta profesores

Marchan a Estados Unidos, Reino Unido y Canadá gracias a un programa estatal | El ministerio promueve temporales, pero hay quienes no han vuelto; se han quedado en sus destinos. Cuatro docentes cuentan sus experiencias

O. ESTEBANGIJÓN.

«Es un giro en tu vida, te la cambia». Hasta tal punto, que hay quien no regresó nunca a Asturias. No hay duda, por lo tanto, de que se trata de algo que va más allá de una experiencia docente. Es el programa de profesores visitantes en Estados Unidos, Canadá y Reino Unido, que convoca el Ministerio de Educación cada año, desde hace 33, y gracias al cual medio millar de docentes españoles parten cada curso con esos destinos. Decenas de asturianos entre ellos. En el último curso había 28 profesores de la región en el programa, de los 1.300 totales. Cuatro de los que han participado o van a hacerlo cuentan sus experiencias a EL COMERCIO. Son cuatro vivencias completamente distintas, pero con un denominador común: la satisfacción y la seguridad de que es una experiencia absolutamente recomendable.

Pedro Rey es uno de los mayores defensores del programa. No solo porque fue uno de los pioneros asturianos en volar rumbo a Los Ángeles hace 20 años, sino que desde entonces permanece, de una u otra forma, ligado a él. Tenía 30 años, era profesor de inglés en Secundaria y tenía una asignatura pendiente: conocer Estados Unidos. Si a eso unimos sus ganas de afrontar nuevos retos, de ampliar la visión profesional y de conocer gente nueva, la solución estaba clara. El programa le ofreció una nueva vida. De Gijón a Los Ángeles. De Secundaria a Educación Infantil. Cuando agotó el visado, volvió. Pero ya era imposible quedarse quieto. Optó a una plaza de asesor del ministerio en el Exterior y partió de nuevo, en esta ocasión a Washington. Aquella aventura duró cinco años durante la cual fue gestor técnicos de ámbito educativo en la embajada española. Después ha sido coordinador del programa en Asturias. Lo dicho, imposible ya desligarse.

Pedro admite que no es una iniciativa demasiado conocida, pese a que él solo le ve ventajas. Dejando claro que «no es una beca ni un intercambio ni emigración laboral», y que el proceso selectivo no es fácil y son las autoridades del lugar de destino las que te eligen y contratan, no puede hacer más que animar a todos los profesores a participar en lo que considera «un intercambio cultural y educativo». Y más: «Es un chollo para España y Asturias, porque el profesorado que vuelva no solo tiene una mayor formación en idioma, sino también en metodología y gestión». Conocimientos que trae a su puesto aquí. Aunque para los interinos, marchar es una aventura porque a la vuelta habrán perdido su puesto en la bolsa, admite.

A Aida Martínez le dio igual. Es también de Gijón pero hasta 2013, año en el que se fue, solo había trabajado en Castilla-La Mancha. La situación laboral no le asustó y el 28 de junio de aquel año, cuando ella tenía 30, aterrizó en Santa Fe, Nuevo México. Participó en el programa durante tres años, pero ya desde el primero tenía claro que no regresaría, ni a Castilla La Mancha ni a Asturias. Porque a los dos meses de llegar conoció al que hoy es su marido, se adaptó a la ciudad, se enamoró del colegio y allí ha hecho su vida. Consiguió, de hecho, el permiso de residente, algo que intentan muchos y no todos logran.

Como a todos los nuevos participantes, le habían advertido de que el primer trimestre sería muy duro. Fue la excepción. Nunca se ha enfrentado a las dudas, los miedos o los agobios de los que le habían hablado. Quizás porque «siempre me ha gustado vivir fuera, me adapto muy bien».

Porque tenía experiencias previas gracias a un Erasmus y a otro año en Reino Unido. O porque encontró el amor ya en ese primer trimestre. Pero lo cierto es que su adaptación fue tan buena que desde el segundo curso de estancia no imparte clases de español, sino de inglés. Una asturiana dando clases de inglés en Estados Unidos en un curso equivalente a segundo de ESO.

«Te enriquece mucho como docente», cuenta mientras disfruta de sus últimos días de vacaciones en casa de sus padres, en Gijón. Dice que allí hay «mucha más carga de trabajo, mucho papeleo, muchas horas de preparación, mucha implicación de las familias y actividades con ellas por las tardes», además de «una educación muy personalizada». Nada que ver, asegura, con su experiencia previa en colegios de Toledo. Cuando acabó su tiempo como profesora visitante se quedó en el mismo centro. Para los nuevos, solo una advertencia: al principio hay que hacer una importante inversión, entre vivienda, papeleos, permisos y coche.

Doce estados en dos años

A todo ello se enfrentó María Vega hace dos años. Esta joven avilesina de 30 años acaba de regresar de su aventura en Kissimmee, Florida, «cerca de Orlando y, por tanto, de Disney World». Ha vuelto con pena, admite que le hubiera gustado alargar la estancia, pero estaba obligada por las circunstancias: el año pasado aprobó las oposiciones de Educación en Asturias y tras posponer un curso su incorporación para el periodo de prácticas ya no tiene más opciones. Así que ahora está en casa, disfrutando del verano, adaptándose de nuevo y recordando una experiencia «muy difícil el primer año pero muy gratificante» después. Como Aida, pasó de impartir español a dar contenidos en inglés. «Me costó», admite. Pero también reconoce que es incalculable lo que ha aprendido, entre otras cosas de gestión del aula, de dinámicas de grupo, de técnicas docentes, de innovación... Y ella, que es de Secundaria, incluso se muestra encantada de haber dado clases un año a Primaria. Entre los beneficios de haber sido profesora visitante está la posibilidad de viajar. «Doce estados diferentes en dos años», explica.

Diferente experiencia es la de Rosa Martínez, excepción en estas historias por dos cuestiones. En primer lugar, porque es la única que se va a embarcar en el programa en Reino Unido, y no en Estados Unidos. Y, en segundo lugar, porque parte con ventaja: ya vive allí. Esta maestra de Gijón, que ejerció en el colegio Atalía, donde fue incluso jefa de estudios, lleva unos años trabajando en el Instituto Español Vicente Cañada Blanch, en Londres. Es uno de los colegios que el Gobierno tiene en ciudades del mundo, especialmente dirigido a hijos de familias españolas que están residiendo allí o a descendientes de españoles.

Cubren todas las etapas educativas, de 4 a 18 años. Tras seis años, se terminaba su estancia. Pero no quería volver, «por razones profesionales y personales». Y decidió enlazar con el programa de profesores visitantes. Y así, va a empezar a ejercer de profesora de español en tres centros distintos y en un país donde aprender un segundo idioma no ha estado especialmente valorado hasta ahora. Afortunadamente, dice, «el español está cogiendo mucha fuerza».