«Oímos un estruendo enorme»

Un grupo de vecinos observa el lugar del accidente desde Las Niñadas. / JORGE PETEIRO
Un grupo de vecinos observa el lugar del accidente desde Las Niñadas. / JORGE PETEIRO

Los vecinos de Llaranes, conmocionados ante la brutalidad del suceso | Decenas de personas siguieron durante horas las labores de los servicios de emergencias desde Las Niñadas, en Llaranes Viejo

EVA FANJUL AVILÉS.

«Oímos un ruido tremendo y salimos a la calle, cuando vimos esto no nos lo podíamos creer», decía Mario García, un joven de Llaranes que junto a decenas de vecinos observaban desde la zona de Las Niñadas las labores del operativo de emergencia que asistió a los heridos en el trágico accidente de ayer.

«Un vecino mío fue de los primeros en llegar al autobús tras el golpe y está muy afectado, no quiere ni hablar de lo ocurrido», aseguraba Mario García. El muchacho se refería así a otro joven del vecindario que, junto a un transportista, fue testigo directo del brutal impacto y no se lo pensó dos veces para bajarse de su automóvil y acercarse inmediatamente a socorrer a las víctimas del autobús siniestrado.

Cómo García, muchos vecinos de Llaranes Viejo no terminaban de creerse lo que había sucedido. Algunos, conmocionados, se echaban las manos a la cabeza mientras repetían «parece una película, es terrible, nunca sabes donde la debes».

Otros llamaban por teléfono para contar lo sucedido o mandaban mensajes sin parar a través de las redes sociales, mientras otros, cariacontecidos, solo guardaban silencio.

El fuerte ruido que provocó el impacto del autobús siniestrado resonó en toda la zona y no presagiaba nada bueno. «Primero oímos un estruendo enorme y poco después comenzaron a sonar sirenas, pero como vivimos cerca de la autopista pensamos que habría pasado algo pero en ningún momento imaginamos que fuera de este calibre», explicaba Javier Bárcena, residente en Llaranes. Según su relato, «fue cuando el cartero nos dijo lo que había pasado cuando nos dimos cuenta de la verdadera dimensión de la tragedia».

Poco a poco las inmediaciones del camino de La Niñada se fueron llenado de gente. En minutos a la presencia de los residentes se sumó la de numerosos profesionales de medios de comunicación, que acudieron a informar de lo sucedido.

Tras la conmoción y de la tensión del momento, Javier y su mujer Zulima Lago se ocuparon de llevar agua y otras bebidas, así como de piezas de fruta, a quienes trabajaban en las inmediaciones de la autovía. Un gesto que sirvió para aliviar en cierto modo las largas horas de tensión y calor de quienes permanecieron sin moverse en el lugar.