«Asturias le debe una gran exposición»

Javier Fernández, en el velatorio de Alejandro, en el Tanatorio de Cabueñes./Damián Arienza
Javier Fernández, en el velatorio de Alejandro, en el Tanatorio de Cabueñes. / Damián Arienza

Decenas de personas despiden a Alejandro Mieres en el Tanatorio de Cabueñes

Azahara Villacorta
AZAHARA VILLACORTAGijón

Una corona con los colores republicanos y otra enviada por el Ayuntamiento de Astudillo, su localidad natal, abrazan el féretro de Alejandro Mieres en la Sala 3 del Tanatorio de Cabueñes, presidida por una vidriera y varios cuadros de su hijo mayor, Federico, y que está siendo durante toda la mañana el escenario de una cálida despedida para el patriarca del arte asturiano, que se ha ido a los noventa años dejando tras de sí todo un universo artístico y humano de primer orden, siete hijos (Federico, Lourdes, Iskander, Rosa, Juan, Marina y Manolo), cuatro nietos (Álex, Iris, Helena y Diana) y dos bisnietos (Enol y Yoel).

«Mi padre se fue tranquilo después de una vida plena», explicaba Federico Mieres, que, sin embargo, cree que «Asturias le debe una gran exposición porque hay buena parte de su obra, sobre todo de sus inicios, que se ha visto muy poco y que creo que interesaría al público, pero todo depende de la Consejería de Cultura o, en su caso, del Ayuntamiento de Gijón. Lo que está claro es que en Asturias tenemos espacios expositivos infrautilizados. Sin ir más lejos, las grandes salas del Antiguo Instituto, vacías durante buena parte del año».

También otra de las hijas de Mieres que siguió sus pasos para dedicarse al arte, Lourdes, llamó «a quien tenga el poder de ponerla en marcha a organizar esa gran muestra» y recordó que la última, titulada 'Alejandro Mieres y los extremófilos', que ella misma comisarió, se clausuró el pasado 7 de enero en la Fundación Díaz Caneja de Palencia. «Creo que mi padre no ha sido lo suficientemente reconocido a pesar de que está al nivel de pintores españoles que todos conocemos», defendió Lourdes Mieres.

Precisamente algunos de esos 'extremófilos' -como Alejandro Mieres bautizó al grupo en sus tradicionales tertulias de los martes en el Antiguo Instituto- acudieron esta mañana a despedir a quien consideran su «patriarca», en palabras de Ramón Fernández.

«Los extremófilos son gentes que sobreviven en circunstancias extremas», apuntó, por su parte, Nani Kulansky, quien definió a Alejandro Mieres como «un maestro de maestros, el maestro por antonomasia». Un artista total que, además, «apostaba mucho por los jóvenes, algo que no hace todo el mundo, lo que da idea de lo generoso que era».

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También a su «enorme generosidad» se refirió el poeta Fernando Menéndez, que destacó, asimismo, «su ironía y su lucidez. Su vida era la pintura y su creación le ha acompañado hasta el final». Un hombre «sociable, que leyó mucho, al que le gustaban la mar y escribir haikus entremezclados con sus pensamientos y que disfrutó con reconocimientos como la Medalla de Plata del Principado».

El dramaturgo Eladio de Pablo, la socialista Carmen Veiga, fotógrafos como Javier Canteli, poetas como Joseba Ayensa y artistas de toda condición como José Paredes, Bonhome, Fernando Díaz o Álvaro Noguera tuvieron palabras de afecto para «un referente para varias generaciones de artistas asturianos». Alguien que, como recordó otro poeta, Francisco Álvarez Velasco, «a pesar de ser un hombre de carácter, siempre tenía la sonrisa en la boca».

«Se va un personaje entrañable y magnífico», resumía Rafael Arroyo, también extremófilo. Porque mucho de superviviente hay en Alejandro Mieres, defendía la historiadora del Arte y catedrática jubilada de la Universidad de Oviedo Julia Barroso, que destacó «su tesón y su capacidad para imprimir su sello personal. Incluso en su vertiente política era muy poco ortodoxo y discutía con todos ellos. Era alguien muy firme para hacer las cosas tal y como las quería». En suma, «un rompedor al que hay que ubicar en la dureza de la España de la posguerra. Él llegó a Gijón desde Madrid en los sesenta, un tiempo donde en Asturias no había nada o, si lo había, estaba escondido. Aquello fue un desafío y él lo afrontó como nadie».

 

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