Padilla y Roca Rey salen a hombros de El Bibio

Cogida a Juan José Padilla. /Foto: Damián Arienza
Cogida a Juan José Padilla. / Foto: Damián Arienza

El pirata de Jerez, que pasó por la enfermería tras ser prendido sin consecuencias por su primer toro, corta dos orejas en su despedida de Gijón | El gran triunfador fue el torero peruano, que se llevó tres orejas, mientras que Morante dejó que sonaran los tres avisos en el quinto, que volvió vivo a los corrales

JOSÉ ANTONIO RODRÍGUEZ CANAL

Juan José Padilla se despidió de la plaza de El Bibio con una salida a hombros después de cortar dos orejas al cuarto toro de la tarde. Le acompañó en el paseo en volandas el peruano Roca Rey, que había desorejado a su primer enemigo y cortó otro apéndice al toro que cerró plaza, convirtiéndose en el gran triunfador de la tarde. Morante de la Puebla, sorprendentemente laborioso y con ganas de agradar en sus dos toros, cortó una oreja al primero y de manera ostensible dejó que sonaran los tres avisos al no hacer todo lo posible para pasaportar al quinto toro de la tarde.

Tarde soleada, tres cuartos de entrada, con lleno aparente en la sombra y huecos en el sol. La corrida duró dos horas y 45 minutos. Se lidiaron seis toros de Montalvo, de Salamanca. Mucha carne y poca leña en las cabezas. Los dos primeros fueron mansos y más aprovechables los otros cuatro, en especial el tercero y el cuarto. Les pegaron poco en varas, salvo al quinto, que hizo dos entradas al caballo.

Padilla estuvo en su línea, pero en el toro que abrió plaza no pudo echar mano del repertorio habitual porque el toro manseaba y no era colaborador del diestro. Lo mató de un pinchazo, una estocada corta y dos descabellos. Salió prendido de la suerte y pasó a la enfermería, pero se reincorporó a la lidia sin mayor novedad. Fue ovacionado. En el cuarto, el jerezano banderilleó, pero los tres pares fueron de defectuosa colocación. Había lanceado a la verónica y llevado al toro al caballo con un vistoso galleo por chicuelinas. Con la muleta, empezó de hinojos y luego aprovechó la embestida noble, pastueña del montalvo, al que enjaretó varias tandas de redondos y alguna serie de naturales acelerados para terminar con adornos para la galería y una estocada tendida. Le dieron dos orejas y salió a hombros.

Morante se esforzó con su primer enemigo, que como el que abrió plaza había salido abanto y huía de los capotes. Lo picaron de mala manera entre las rayas, fuera de donde se debe ejecutar la suerte. Cristóbal Cruz fue el picador autor del estropicio. Pasó al último tercio con solo tres palos el toro, al que Morante recibió con dobladas y una trinchera de cartel. Después fueron pases sueltos, pero con temple y suavidad, sobresalientes. Sobre todo con la mano derecha. De una estocada caída liquidó al astado y le dieron una oreja. En el quinto, que tenía mejor son, el de La Puebla empezó la faena de muleta con ese duende que de vez en cuando muestra, muy de vez en cuando, y también con suavidad enorme, mando y temple ligó varias tandas para acabar con kikirikíes y otros adornos por alto. Después de cinco pinchazos, sin llegar a descabellar, dejó que pasara el tiempo, le dieran los tres avisos y el toro fuera devuelto al corral. Y no pasó nada. A este hombre se le permite todo o casi todo.

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El triunfador de la tarde fue sin duda el peruano Roca Rey, que se mostró arrollador. A su primer toro, el más chico del encierro, al que le dieron solo un picotazo y después hubo un desastre banderillero, el matador lo toreó mandón en series de redondos en las que intercaló solo una tanda de naturales que fue de menos a más en calidad. Una estocada de efectos fulminantes fue el pasaporte para que le concedieran dos orejas. Repitió la actuación en el toro que cerró plaza, al que le hizo una faena a derechas con temple, ligazón y mando para terminar con un arrimón refrendado con un bajonazo del que salió trompicado. Con buen criterio el palco solo le dio una oreja, la que corresponde al pueblo soberano, porque la segunda no la mereció por la defectuosísima colocación de la espada. Y allá se fueron por la puerta grande hacia la carretera de Villaviciosa Padilla y Roca Rey, mientras Morante se volvía tranquilamente al hotel después de su descarada inhibición a la hora de matar, que es la función principal del matador de toros, y sin ningún asomo de arrepentimiento, en aparencia. Estas no son formas de pasar a la historia de la tauromaquia.

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