Los tributos a una vida teñida de azul

Los receptores de la insignia de oro y la de platino del Real Oviedo, en el palco del Carlos Tartiere. / MARIO ROJAS
Los receptores de la insignia de oro y la de platino del Real Oviedo, en el palco del Carlos Tartiere. / MARIO ROJAS

El Oviedo entrega sus insignias de oro a los abonados con más de medio siglo de lealtad a club | «Hubo gente que nos quiso eliminar y no han podido, el sentimiento sigue vivo y eso es lo más importante», afirma el presidente oviedista

IVÁN ÁLVAREZ OVIEDO.

Más de medio siglo de amor por el Real Oviedo. Vidas teñidas de azul que ayer recibieron el reconocimiento a esa fidelidad a su idolatrado equipo en el antepalco del Carlos Tartiere.

«Es el acto más bonito que tenemos», expuso el presidente del club carbayón, Jorge Menéndez Vallina, al que se le entrecortó la voz por la emoción tras entregar las insignias de oro de la entidad a los 41 abonados que cumplen cincuenta años renovando sin interrupción sus carnés. «Este proyecto sin la gente no es nada», proclamó el máximo mandatario azul, que destacó el carácter entrañable de un evento en el que «se premia un sentimiento y una lealtad», como los demostrados por uno de sus predecesores en el cargo, Manuel Lafuente.

Clave para que el evento de ayer pudiese celebrarse debido a su contribución para sacar a la entidad de la encrucijada en la que se vio inmersa con el descenso a Tercera División en 2003, el exdirigente fue ovacionado por sus compañeros de homenaje entre gritos de «presidente» que le hicieron sentir «un orgullo tremendo y una emoción inevitable». «Es un momento que no se me va a olvidar nunca», aseguró Lafuente, que entre abrazos y peticiones de fotografías recibió el cariño de una afición que sigue teniendo muy presente su lucha en el pasado.

«Fueron años muy convulsos, muy complicados, y cada vez que uno pasa por el palco se da cuenta de lo que fueron y la gran diferencia entre los de entonces y ahora», señaló el expresidente azul, satisfecho por compartir distinción con quienes «dieron la cara, apoyaron y ayudaron» en 2003. «Gracias a ellos seguimos vivos», recordó Lafuente. «Tengo que reconocer que haber salido de aquellos tiempos no tiene parangón. Lo que uno desea son éxitos, victorias y ascensos, pero el de 2003 al 2005 es inigualable», indicó tras expresar su gratitud «a todos los que están al frente del Oviedo, que están consiguiendo que volvamos a resurgir y volvamos ser lo que fuimos en una alguna época, un gran equipo».

Una «fiebre» duradera

En ese camino para volver a la máxima categoría, uno de los motores es la afición oviedista, en la que tiene un longevo ascendente otro de los que recibieron ayer el reconocimiento a su medio siglo ligado a la entidad, Álvaro Fernández. Presidente de la Peña Azul Albeniz y vicepresidente de la Aparo, tiene grabado en su cerebro el primer partido que presenció desde la grada del antiguo Carlos Tartiere, un derbi concluido con victoria sobre el Sporting. «Ese día me entró la fiebre de lleno», afirmó sobre ese flechazo al corazón azul, con una pasión permanentemente renovada desde entonces.

Antes de cumplir los diez años, Álvaro ya era uno de los habituales en las gradas del antiguo del estadio ovetense acompañado por su tío o su padre y entrado en la quincena se abonó para iniciar su longevo idilio con el club, para vivir con intensidad alegrías y penas. Desde el ascenso a Primera y posterior presencia en competiciones europeas al segundo descenso a Tercera, que aún conserva como el momento más amargo, o la tensa espera sentado en el cemento del antiguo Carlos Tartiere en 1979 con el gol de Atilano que selló el ascenso azul a Segunda.

En una jornada que también ejerce como bisagra generacional, al presenciar los más jóvenes cómo sus familiares reciben el reflejo de su lealtad, Vallina, acompañado por la plana mayor de la entidad (el vicepresidente Manuel Paredes, el consejero Fernando Corral y el responsable de relaciones institucionales, César Martín) también entregó las tres insignias de platino del club por los 75 años de abonado. Al igual que Ramón Arenas y Manuel Menéndez, la recibió José Ramón García, que compartió el momento con su nieta Adriana, de 16 años, que acude con él al Tartiere siempre que los partidos no coinciden con los suyos en el Covadonga.

Ovetense, José Ramón heredó la pasión por el conjunto carbayón de su padre y la alimentó al ver asiduamente de cerca a sus ídolos. «La secretaría del club estaba en el primero y yo vivía arriba. Tenía cuatro años y veía a los jugadores entrar y salir», recordó. Ahora se encarga de prolongar la estirpe con la cuarta generación de oviedistas. «Hubo gente que nos quiso eliminar y no han podido. El sentimiento sigue vivo y eso es lo más importante», aseguró Menéndez Vallina. Por lo visto ayer, en un acto repleto de emotividad, quienes más años lo sintieron saben cómo transmitirlo.